* Prólogo - Antes de entrar al jardín

PRÓLOGO

Antes de entrar al jardín

No sé exactamente cuándo comenzó este libro.

Tal vez fue una madrugada de invierno en Montreal, cuando el insomnio —ese amigo fiel que no pide permiso ni se disculpa al irse— me sentó frente a la ventana. Afuera nevaba sobre la calle De Rigaud con esa indiferencia que tiene la nieve para con los hombres que la miran. Las palabras empezaron a caer también, aunque de manera más torpe. No como copos. Más bien como cosas que uno ha olvidado sobre una mesa y que de pronto vuelven a la mano.

O quizá empezó mucho antes, en alguna tarde sin fecha en San Carlos, cuando mi padre regresaba del cafetal con olor a tierra mojada en la ropa, me sentaba en sus rodillas y contaba historias que yo no entendía del todo. No me importaba no entenderlas. Me bastaba el peso de su voz, la manera en que pronunciaba ciertas palabras como si las estuviera inventando.

O tal vez —y esto es lo que más creo— comenzó el día en que sostuve a mi hijo por primera vez. Fue en otra ciudad, en otra vida que ya no puedo tocar pero que sigo llevando. Entonces comprendí, sin necesidad de pensarlo, que debía dejarle algo más que objetos. Una voz. Algo que no ocupa lugar pero que pesa.

Pasaron los años. Mi hijo creció. Fue primero un niño que perseguía mariposas en la ruelle nevada. Después un muchacho en cuyos ojos yo reconocía mis propias tormentas —y me asustaba reconocerlas—. Y un día, sin que nadie lo anunciara, fue un hombre con sus propios silencios. Con un equipaje que yo jamás conoceré del todo y que no me corresponde conocer.

Mientras tanto, yo fui envejeciendo. Las rodillas empezaron a quejarse en las escaleras. El cabello se fue sin drama. El sueño se volvió un asunto irregular, como visita que ya no avisa. Y las madrugadas se convirtieron en otro territorio: ese lugar donde la memoria trabaja sin consultarme.

Creí durante mucho tiempo que recordar era abrir un cajón y encontrar las cosas donde uno las había dejado. Los años me enseñaron que la memoria se parece más a la niebla que sube del río San Lorenzo en los amaneceres de noviembre: a ratos lo envuelve todo con una claridad fantasmal y, al siguiente suspiro, se desvanece.

Fue en esas madrugadas donde este libro tomó forma. No de golpe y no con plan. Como crece algo en un terreno que nadie cuida del todo: despacio, sin pedir permiso, echando raíces antes de mostrar nada.

Primero fueron notas, garabatos en servilletas de cafeterías que ya no existen. Frases escritas en los márgenes de libros ajenos. Después, cartas. A mi hijo. A mi padre muerto. A versiones de mí mismo que ya no reconozco pero que siguen habitándome como inquilinos en un apartamento demasiado grande para uno solo. Escribo, más que nada, para descifrar el mapa de mis propios pensamientos; para saber qué veo y cuánto pesa lo que veo.

Y un día comprendí que tenía un jardín entre las manos.

No es un jardín ordenado. No tiene la simetría de los que uno encuentra en ciertos parques de esta ciudad, donde los setos obedecen y los caminos saben adónde van. Creció como pudo, mezclando flores con maleza sin pedir disculpas por la mezcla. Hay plantas que sembré con cuidado. Otras llegaron solas, traídas por vientos que no supe nombrar. Hay rincones luminosos. Y hay zonas de sombra que prefiero no visitar con frecuencia, aunque sé que también forman parte del terreno. Uno no elige su jardín del todo. Solo decide qué hacer con lo que ya está ahí.

Pasé gran parte de mi vida persiguiendo el futuro con esa urgencia febril de quien todavía cree que el tiempo es un recurso inagotable. Hoy cuento otra cosa: lo que alcancé a rescatar del incendio de los días. No hay aquí grandes batallas ni fechas exactas. Lo escribí con la lentitud de quien se pasa el dedo por una cicatriz vieja, no por dolor, sino por comprobar que sigue ahí.

No entres esperando respuestas. No las tengo. Las pocas que encontré son tan frágiles que se deshacen al tocarlas, como esas flores secas que guardamos entre las páginas de un libro. Lo que hay aquí son preguntas vestidas de otra forma: historias, fragmentos, confesiones que me costó escribir. Silencios que intenté pasar a palabras, sabiendo que las palabras siempre traicionan un poco a los silencios. Escribir es también aprender a vivir con esa traición.

Encontrarás a un hombre en el umbral de sus últimas estaciones. Que mira hacia atrás sin querer volver, y hacia adelante con menos miedo que antes, porque el miedo no desaparece del todo. Encontrarás errores que ya no me avergüenzan. Amores que me sostuvieron cuando yo no podía sostenerme. Pérdidas que me enseñaron que soltar es un oficio que se practica toda la vida y nunca se aprende. Eso no lo digo con orgullo. Lo digo porque es verdad, y a esta edad la verdad es lo único que vale la pena escribir.

Escribí estas páginas pensando en mi hijo. Pero también pensando en ti, que no sé quién eres. No conozco tu nombre. No sé qué llevas en los bolsillos ni qué dejaste sin decir. Si este libro llegó a tus manos, por el camino que sea, es porque algo en ti lo llamó. Así funcionan ciertas palabras cuando nacen de un lugar verdadero: no van a todas partes. Van adonde las necesitan.

Lee despacio, si puedes.

Este libro no pretende enseñarte a vivir. Nadie puede enseñarle a otro a caminar por un terreno que solo él conoce. Pero creo en los libros que acompañan: los que no explican nada y sirven de prueba de que alguien más anduvo a oscuras y no se quedó ahí para siempre. Desde ahí escribo. Y cuando entro en las zonas oscuras de estas páginas, lo hago con la esperanza modesta, sin garantías, de que quien me lea pueda entrar también en las suyas.

El jardín está ahí, con su desorden y sus sombras y sus pequeñas flores que nadie plantó. Entra cuando quieras. Quédate el tiempo que necesites.

Yo estaré al fondo, arrodillado, sacando maleza que volverá a crecer.

«Lo que no alcancé a decirle a mi padre se lo estoy diciendo a mi hijo.»

A mi hijo Mauricio, que me enseñó a mirar el mundo con un corazón más amplio.
A mi familia, que sostuvo mis silencios y celebró mis despertares.
A mis amigos, que caminaron conmigo incluso cuando no sabía hacia dónde iba.

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Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
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Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

Comentarios

  1. Cómo calificar tus escritos, no pudiera. Siento que llegan con un profundo sentido, el que me parece que pusiste al escribir.
    Al leer tu libro, veo también el alma que le pones a cada palabra. Con gran profundidad.
    Para mí el libro es un hijo, tu segundo hijo, no dedicado a tu hijo sino a través de Mauricio. Transmites experiencias, que sin mencionar a tu hijo van mostrando tu corazón, tu amor, que me parece que lo quisieras esconder pero que salta en cada párrafo. ~B.C.~

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