79 - La inquilina silenciosa
Capitulo 79 La inquilina silenciosa Llegó una tarde de febrero, sin llamar, como llegan las deudas, las malas noticias y aquellos amores que uno no sabe cómo dejar ir sin perder un pedazo de sí mismo. Montreal estaba cubierto por una nieve apagada y silenciosa, detenida en los bordes de la acera como un pensamiento que no se atreve a terminarse. La ventana devolvía la ciudad borrada a medias, como si Dios hubiera comenzado a corregirla con un borrador torpe y cansado, sin prisa por concluir. Quizá por eso tenía un vaso de vino entre las manos. Un vaso de vino alegra el espíritu, dicen, pero yo lo sostenía por algo más íntimo: porque en su tibieza uno puede engañar, aunque sea por un instante, la aspereza de la realidad. El vino tiene esa cortesía antigua de arder sin exigir explicaciones, de acompañar sin juzgar. Y mientras lo bebo, puedo fingir que lo hago por gusto y no por la necesidad de suavizar la noche que llevo dentro. Fue entonces cuando la vi. No apareció: se reveló , como si...