Capítulo 67 El país que aún respira en mí
Capítulo 67
El país que aún respira en mí
A veces, cuando la tarde cae sobre Montreal con esa delicadeza de ceniza que tienen los inviernos cansados, me sorprende un deseo que viene de lejos: el de volver a la tierra que me nombró por primera vez.
No llega como una urgencia. Ni como esos patriotismos ruidosos que necesitan banderas para existir.
Es algo más pequeño y más hondo. Un estremecimiento que apenas se atreve a nacer.
Una carencia que no duele, pero insiste por volver a ver los campos húmedos después de la lluvia, las montañas donde el sol parecía quedarse dormido entre la neblina, las calles donde crecí creyendo que el mundo terminaba unas cuadras más allá de la plaza principal. A veces incluso extraño las fábricas, esos edificios sin belleza donde hombres y mujeres levantaban el día con las manos endurecidas por el trabajo y la necesidad. Había dignidad en aquellos rostros cansados, aunque entonces yo no supiera verla.
La vejez tiene esa extraña manera de iluminar lo que la juventud atravesó distraídamente.
Pienso en la patria como en un cuerpo inmenso que me sostuvo antes de que yo aprendiera a sostenerme solo. Un cuerpo lleno de heridas y contradicciones, sí, pero también de voces, olores y gestos que todavía viven dentro de mí como animales silenciosos.
Porque uno no abandona del todo el país donde aprendió a pronunciar la palabra “madre”.
A veces cierro los ojos y regreso sin moverme del sillón.
Veo otra vez las montañas de Antioquia respirando bajo la lluvia de la tarde. Escucho el golpe metálico de las cucharas en las cocinas humildes. El pregón lejano de un vendedor ambulante. El ladrido de los perros cuando anochecía en San Carlos y el viento empezaba a bajar frío desde los cafetales.
Y entonces comprendo algo que antes ignoraba: la memoria no conserva únicamente los grandes acontecimientos. Conserva sobre todo aquello que parecía insignificante.
La forma en que mi madre sacudía el mantel desde la puerta.
El ruido de las monedas en el bolsillo de mi padre.
El olor del café recién colado antes del amanecer.
Las manos de los obreros limpiándose el sudor con pañuelos arrugados.
Quizá por eso el exilio nunca termina del todo.
Uno aprende idiomas nuevos.
Aprende otras costumbres.
Aprende incluso a amar otros inviernos.
Pero hay una región del alma que sigue hablando con el acento de la infancia.
No sé qué me esperaría si volviera.
Tal vez nada.
Y con los años he aprendido que el “nada” también merece respeto.
Puede que encuentre calles irreconocibles, edificios levantados sobre los escombros de mi memoria, muchachos que no sepan quién fui —ni falta que hace—. Tal vez la tierra que recuerdo ya no exista excepto dentro de mí, como esas ciudades antiguas que sobreviven únicamente en los mapas viejos y en la nostalgia de algunos ancianos.
Incluso podría esperarme la muerte.
Y, curiosamente, esa idea ya no me perturba.
La juventud cree que la muerte es una interrupción. La vejez comprende que quizá sea apenas otra forma del regreso. Como si la vida entera fuera un largo viaje circular donde terminamos buscando el mismo polvo que un día se quedó pegado a nuestros zapatos de niño.
Si la muerte me sorprendiera allá, no tendría reproches.
He vivido lo suficiente para entender que la vida jamás firma contratos con nuestras expectativas.
Nos da días luminosos y también noches que parecen no terminar nunca. Nos concede abrazos y ausencias con la misma naturalidad con que el invierno deja caer la nieve sobre los techos de esta ciudad.
Pero a los míos —mi familia, a quienes todavía amo aunque el tiempo haya levantado océanos de silencio entre nosotros—, a ellos les deseo otra cosa.
No la paz inmóvil de los cementerios.
No esa tranquilidad fría que algunos llaman descanso eterno.
Les deseo la paz imperfecta de la vida cotidiana. La que nace mientras alguien prepara café en la madrugada. La que aparece en una conversación sencilla al final del día. La que se canta sin darse cuenta mientras se barren las tristezas del alma junto con el polvo del corredor.
La verdadera paz nunca hace ruido.
Se parece más a una lámpara encendida en una cocina humilde.
A un niño durmiendo sin miedo.
A dos personas compartiendo el silencio sin necesidad de llenarlo todo con palabras.
Quizá por eso mi manera de mirar la patria también cambió con los años.
Antes pensaba en ella desde la herida.
Ahora la pienso desde la reconciliación.
Como quien contempla desde lejos un paisaje que lo formó y, aun así, aprende finalmente a dejarlo ir.
Porque amar un país no siempre significa regresar.
A veces significa aceptar que ciertas cosas permanecen vivas precisamente porque ya no intentamos poseerlas.
La noche comienza a caer detrás de la ventana. Las luces de Montreal titilan sobre la nieve reciente como pequeñas hogueras resistiendo el invierno. Y mientras observo esta ciudad que terminó adoptándome —con sus silencios, sus fríos interminables y su manera discreta de querer— siento que dentro de mí todavía conviven dos territorios.
Uno donde nací.
Y otro donde envejecí.
Entre ambos quedó suspendida mi vida entera, como un puente construido con recuerdos.
Y tal vez eso sea finalmente la patria cuando uno llega a viejo: no un lugar exacto sobre el mapa, sino aquello que continúa respirando en nosotros aun cuando aprendemos, lentamente, a vivir lejos.
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