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80 Lo que se lleva la noche

 Capitulo 80 Lo que se lleva la noche Me desperté esta mañana con la sensación de que algo había cambiado mientras dormía. No sabría decir si fue real o si el sueño todavía no terminaba de soltarme cuando lo noté, pero estaba ahí: esa certeza vaga de que una parte de mí se había adelantado durante la noche, había tomado algo consigo y se había marchado sin avisar, dejándome con la tarea de descubrir qué fue lo que se llevó. Porque siempre se lleva algo. No objetos, no recuerdos grandes. Se lleva esas pequeñas convicciones que uno acumula sin saber muy bien para qué sirven —la seguridad de que uno todavía es quien cree ser, la certeza de que ciertos afectos siguen en el mismo lugar donde los dejó— y que cuando faltan dejan un hueco difícil de nombrar, como el espacio que ocupa un mueble que alguien retiró en silencio y que uno sigue bordeando por costumbre, semanas después de que ya no está. Me levanté despacio. Fui a la cocina. El agua tardó en hervir, como suele hacer en las...

79 - La inquilina silenciosa

Capitulo 79 La inquilina silenciosa Llegó una tarde de febrero, sin llamar, como llegan las deudas, las malas noticias y aquellos amores que uno no sabe cómo dejar ir sin perder un pedazo de sí mismo. Montreal estaba cubierto por una nieve apagada y silenciosa, detenida en los bordes de la acera como un pensamiento que no se atreve a terminarse. La ventana devolvía la ciudad borrada a medias, como si Dios hubiera comenzado a corregirla con un borrador torpe y cansado, sin prisa por concluir. Quizá por eso tenía un vaso de vino entre las manos. Un vaso de vino alegra el espíritu, dicen, pero yo lo sostenía por algo más íntimo: porque en su tibieza uno puede engañar, aunque sea por un instante, la aspereza de la realidad. El vino tiene esa cortesía antigua de arder sin exigir explicaciones, de acompañar sin juzgar. Y mientras lo bebo, puedo fingir que lo hago por gusto y no por la necesidad de suavizar la noche que llevo dentro. Fue entonces cuando la vi. No apareció: se reveló , como si...

*** 78 El puente invisible de la memoria

 Capitulo 78 El puente invisible de la memoria Hay recuerdos que no envejecen; apenas cambian de luz, como lámparas viejas que aún saben encenderse en la penumbra. A veces me buscan en estas madrugadas de Montreal, cuando el silencio del apartamento parece acompañarme como un perro fiel y la nieve, del otro lado de la ventana, cae con esa paciencia que sólo tienen las cosas que nunca se resignan a desaparecer. Entonces regreso —sin llamarlos, sin poder impedirlo— a mi pueblito de infancia, San Carlos, que sigue esperándome en algún rincón tibio de la memoria, intacto como un latido que se quedó suspendido en el tiempo. Regreso al campo donde crecí, a esa primera patria de tierra húmeda, agua clara y montañas interminables que todavía sostienen buena parte de lo que soy. Allí aprendí que el mundo podía caber en el canto de un gallo al amanecer, en el olor del café recién tostado o en el sonido de los machetes abriendo camino entre los cafetales. San Carlos fue el primer idioma de mi...

77 ' Lo que el tiempo dejó atrás

  Capitulo 77 Lo que el tiempo dejó atrás La sabiduría popular nos enseña a no desperdiciar la vida persiguiendo fantasmas. Y, sin embargo, durante muchos años fui un cazador obstinado de sombras. No hablo de esos espectros que asustan a los niños en las noches de tormenta, ni de las figuras transparentes que habitan las leyendas de los pueblos. Los verdaderos fantasmas son más silenciosos y persistentes. Viven dentro de uno. Se sientan a nuestra mesa cuando cae la tarde y nos acompañan incluso en medio de las calles llenas de gente. Son los anhelos inconclusos, las promesas que alguna vez nos hicimos frente al espejo, creyendo que el tiempo tendría misericordia de nuestros deseos. Durante años perseguí el fantasma del regreso. Hay quienes se marchan con la llave aún tibia en el bolsillo, convencidos de que el mundo esperará por ellos. Yo fui uno de esos hombres. Cerré puertas creyendo que bastaría regresar algún día para encontrar intactos los muebles del alma, la misma luz entran...

76 - El peso luminoso de los recuerdos

 Capitulo 76 — El peso luminoso de los recuerdos Escuchen, caminantes del amanecer, ustedes que todavía avanzan con el corazón encendido y el alma colmada de auroras...   Escuchen este murmullo que llega desde la otra orilla del tiempo, donde los días comienzan a volverse más lentos y la memoria adquiere el extraño resplandor de las lámparas antiguas. He aprendido —demasiado tarde, quizá— que el Tiempo no tiene misericordia ni crueldad. Simplemente pasa. Esa es su manera de existir. Avanza como un río oscuro bajo los puentes invisibles de la vida, llevándose consigo los rostros, las casas, los juramentos, las canciones que creíamos eternas. A veces pienso que los seres humanos somos apenas hojas desprendidas de un árbol inmenso: damos algunas vueltas luminosas en el aire y luego desaparecemos en la corriente sin hacer demasiado ruido. Cuando era joven imaginaba que la vida era una montaña que debía conquistarse. Creía que el sentido estaba allá arriba, en alguna cima secreta d...

75 Las migas de la sabiduría

 Capitulo 75 Las migas de la sabiduría A mis setenta y cuatro años, la santidad me sigue pareciendo un oficio para personas con huesos de otra madera; una madera rígida, incorruptible, que nunca conoció la humedad del trópico ni el frío seco que hoy se adhiere a los adoquines de la calle De Rigaud. Yo no tengo esa osamenta. Mis huesos, lo sé bien al mirarme las manos de papel cebolla frente al ventanal del apartamento 413, están hechos de sedimentos más ordinarios: de dudas acumuladas, de huidas a medianoche con una maleta demasiado ligera y del peso de los errores que uno comete creyendo que el futuro es un territorio infinito. El tiempo, ese viejo animal doméstico que ahora duerme a los pies de mi mecedora, ya no me ruge al oído exigiendo hazañas. Nos miramos en silencio. A veces le hablo en voz baja, no para pedirle que se detenga, sino para negociar una tregua mansa. Le digo que lo que pretendo en esta orilla de la vida, en esta tambaleante práctica espiritual que es mi vejez, ...

74 Los sastres invisibles del mundo

Capitulo 74 — Los sastres invisibles del mundo Hay frases que no se leen: se quedan respirando dentro de uno como un brasero encendido en mitad del invierno. Mientras releía aquella que me había detenido la tarde anterior, me vi a mí mismo sentado junto a la ventana de este apartamento en Montreal, mirando caer la nieve sobre los techos grises de la ciudad, preguntándome si todavía vale la pena remendar el mundo cuando el mundo parece empeñado en romperse una y otra vez. De ahí nació esto. En la Hacienda Dinamarca, en San Carlos, había una lámpara de caperusa que parecía cansada de alumbrar tanta oscuridad. Mi madre, Otilia, cosía bajo esa luz amarillenta y escasa, y sus dedos se movían con una paciencia que yo entonces no sabía reconocer como valentía. La observaba desde el corredor, inmóvil, mientras afuera la lluvia golpeaba los tejados de zinc como si quisiera arrancarlos del mundo. Aquella noche —o era otra noche, porque las noches de infancia tienden a fundirse en una sola— mi ma...