*** 78 El puente invisible de la memoria
Capitulo 78
El puente invisible de la memoria
Hay recuerdos que no envejecen; apenas cambian de luz, como lámparas viejas que aún saben encenderse en la penumbra. A veces me buscan en estas madrugadas de Montreal, cuando el silencio del apartamento parece acompañarme como un perro fiel y la nieve, del otro lado de la ventana, cae con esa paciencia que sólo tienen las cosas que nunca se resignan a desaparecer. Entonces regreso —sin llamarlos, sin poder impedirlo— a mi pueblito de infancia, San Carlos, que sigue esperándome en algún rincón tibio de la memoria, intacto como un latido que se quedó suspendido en el tiempo.
Regreso al campo donde crecí, a esa primera patria de tierra húmeda, agua clara y montañas interminables que todavía sostienen buena parte de lo que soy. Allí aprendí que el mundo podía caber en el canto de un gallo al amanecer, en el olor del café recién tostado o en el sonido de los machetes abriendo camino entre los cafetales. San Carlos fue el primer idioma de mi memoria; una lengua hecha de barro, de lluvia y de silencios nobles.
Yo era un niño que corría descalzo entre potreros, creyendo que la vida tendría siempre el tamaño de aquellas montañas. No sabía todavía que la existencia es experta en arrancarnos del lugar donde creemos haber echado raíces.
La muerte de mi padre llegó cuando yo apenas comenzaba a entender el mundo. Tenía once años. A esa edad uno todavía cree que los padres son una especie de árbol eterno contra el cual el viento jamás se atreverá. Pero una mañana el árbol cayó, y con él se derrumbó también la inocencia de la casa.
Nos fuimos entonces a Medellín.
Todavía puedo recordar el desconcierto de aquella llegada: el ruido de los buses, las calles agitadas, el humo pegándose a la ropa, la sensación de haber sido expulsado de un paraíso que apenas había aprendido a nombrar. Medellín no tenía el silencio verde de San Carlos; tenía prisa. Y la prisa, descubrí muy temprano, envejece a la gente antes de tiempo.
La adolescencia me encontró entre carencias discretas y pequeñas dignidades. Había días en que el dinero alcanzaba apenas para sostener la semana, pero aun así encontrábamos espacio para reír. El fútbol se convirtió entonces en refugio.
Jugábamos en calles polvorientas o en canchas improvisadas donde los sueños valían más que los zapatos rotos. Corríamos detrás de una pelota con un hambre que no era solo deportiva: era hambre de alegría, de pertenecer a algo, de seguir siendo muchachos aunque la vida ya comenzara a endurecernos el rostro.
Creo que allí empezó realmente mi educación sentimental: entre el recuerdo del campo perdido y la necesidad feroz de adaptarme a la ciudad. Uno aprende mucho cuando el mundo lo obliga a dejar atrás aquello que ama. Aprende a observar. Aprende a callar. Aprende incluso a disimular la tristeza para no preocupar a los demás.
Con los años entendí que mi vida ha sido una larga sucesión de despedidas. Algunas inevitables; otras necesarias. Dejé San Carlos, luego dejé Medellín, después dejé Colombia entera como quien abandona una casa incendiada llevando apenas unas cuantas fotografías salvadas del humo.
Y, sin embargo, cada pérdida me fue empujando hacia otra versión de mí mismo.
A veces pienso en los trabajos que tuve, en los lugares donde intenté construir una identidad estable. Durante mucho tiempo creí que el trabajo era algo más que una manera de sobrevivir; era una forma de justificar mi existencia. Nos acostumbramos tanto a la rutina que terminamos confundiéndola con el alma. Por eso, cuando una etapa termina —un empleo, una ciudad, una relación, incluso una juventud— sentimos que algo nuestro se queda atrapado allí, respirando todavía en habitaciones donde ya no vivimos.
Recuerdo el vérigo que sentí al dejar atrás ciertos oficios que habían sostenido mis días durante años. La nostalgia llegaba como un huésped silencioso a sentarse conmigo en la cocina. Me preguntaba quién sería yo sin aquella rutina, sin esos horarios, sin la identidad que había construido pacientemente como quien levanta una casa ladrillo por ladrillo.
Pero el tiempo —ese viejo jardinero que poda incluso aquello que creemos imprescindible— termina enseñándonos algo extraño: no somos únicamente lo que hicimos. También somos aquello que fuimos capaces de reconstruir después de perderlo.
La reinvención no ocurre de golpe. No tiene música triunfal ni discursos heroicos. Sucede despacio, casi en secreto. Como las raíces bajo la nieve.
Uno continúa llevando consigo todas las versiones anteriores de sí mismo: el niño de San Carlos que corría entre cafetales; el muchacho que jugaba fútbol en Medellín para espantar la pobreza; el inmigrante que llegó a Montreal con el alma llena de incertidumbre; el hombre que trabajó durante décadas intentando merecer su lugar en una tierra extraña; y este anciano que ahora escribe mientras escucha el zumbido lejano de los radiadores en invierno.
Todos siguen viviendo dentro de mí. A veces discuten. A veces se reconcilian.
He comprendido también que el cambio no siempre viene a destruirnos. Muchas veces llega para obligarnos a descubrir habitaciones interiores que nunca habríamos abierto por voluntad propia. Hay puertas que solo se revelan después del derrumbe.
Quizás por eso ya no le temo tanto a las transformaciones. He perdido demasiado para seguir creyendo en la permanencia absoluta. Las ciudades cambian, los cuerpos envejecen, los hijos crecen lejos, los amigos desaparecen lentamente como luces apagándose en un vecindario antiguo. Incluso los recuerdos terminan modificándose; la memoria también inventa para poder sobrevivir.
Pero hay algo que permanece.
No sé si llamarlo amor, terquedad o simplemente esperanza.
Es una pequeña brasa que sigue ardiendo incluso cuando el invierno parece interminable.
A veces, mientras preparo café en las mañanas, me descubro sonriendo al recordar ciertos instantes mínimos: el olor de la tierra mojada en San Carlos, el eco de una pelota golpeando contra un muro en Medellín, la primera nieve que vi caer en Montreal, la risa de mi hijo atravesando años y fronteras como un pájaro que todavía conoce el camino de regreso.
Entonces comprendo que nada se ha perdido del todo.
La vida no nos pide olvidar lo vivido para seguir adelante. Nos pide cargarlo con menos amargura. Aprender a caminar con nuestras ausencias sin convertirlas en cadenas.
Y quizás eso sea envejecer dignamente: reconciliarse poco a poco con todas las vidas que no pudimos vivir.
Esta noche, mientras la ciudad se cubre otra vez de silencio y las luces lejanas parecen pequeñas fogatas suspendidas en la niebla, siento que todavía sigo cruzando un puente invisible entre el muchacho que fui y el hombre que lentamente me estoy despidiendo de ser.
Del otro lado no hay respuestas definitivas.
Solo este rumor suave de la memoria…
y la extraña sensación de que, incluso ahora, algo en mí continúa comenzando.
Excelente, siempre que leo tus escritos me digo que escribes con el alma, relatas todo con el corazon no solo cuentas tus historias sino que me dejan una huella, me emocionan y me tocan porque tienen una magia para expresar todo un abrazo Dolly
ResponderEliminarHola Dolly, tus palabras me abrazaron. Saber que mis escritos te tocan y te acompañan me recuerda por qué escribo: para tender puentes, para dejar pequeñas luces en el camino. Gracias por leerme con tanta sensibilidad y por hacerme sentir que lo que nace del corazón encuentra su eco. Un abrazo grande.
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