75 Las migas de la sabiduría

 Capitulo 75

Las migas de la sabiduría

A mis setenta y cuatro años, la santidad me sigue pareciendo un oficio para personas con huesos de otra madera; una madera rígida, incorruptible, que nunca conoció la humedad del trópico ni el frío seco que hoy se adhiere a los adoquines de la calle De Rigaud. Yo no tengo esa osamenta. Mis huesos, lo sé bien al mirarme las manos de papel cebolla frente al ventanal del apartamento 413, están hechos de sedimentos más ordinarios: de dudas acumuladas, de huidas a medianoche con una maleta demasiado ligera y del peso de los errores que uno comete creyendo que el futuro es un territorio infinito.

El tiempo, ese viejo animal doméstico que ahora duerme a los pies de mi mecedora, ya no me ruge al oído exigiendo hazañas. Nos miramos en silencio. A veces le hablo en voz baja, no para pedirle que se detenga, sino para negociar una tregua mansa. Le digo que lo que pretendo en esta orilla de la vida, en esta tambaleante práctica espiritual que es mi vejez, es apenas una limpieza de otoño. Un barrido lento. Querría desarmar, con la paciencia de quien desanuda un arte de pesca viejo, esos sentimientos oscuros que todavía entorpecen mi caminata.

No es tarea fácil. La rabia, por ejemplo, que durante los años del exilio fue un carbón encendido en el pecho, ya no me sirve para calentar el invierno de Montreal. He pasado meses intentando soplar sobre sus cenizas, no para apagarla del todo, sino para transformarla en energía creativa, en una fuerza limpia que empuje la pluma sobre estas páginas. Y la culpa... ah, la culpa es una hiedra persistente. En lugar de arrancarla a dentelladas —lo que solo consigue fortalecer sus raíces—, he comenzado a mirarla con una sonrisa de soslayo, una burlona aceptación de mis propias fallas. Al final, ser un padre imperfecto o un hombre que a veces confundió el horizonte no es un crimen; es la simple cuota de entrada a la condición humana.

Hoy bajé a la cocina y, mientras esperaba que el café filtrara su aroma espeso, me puse a observar las motas de polvo que danzaban suspendidas en el único rayo de sol que lograba romper la grisura de la tarde. Pensé en la arrogancia. En la vanidad de los años jóvenes, cuando uno camina por el mundo como si fuera el dueño del muelle y no un simple polizón. Qué alivio da ir perdiendo todo eso. Qué descanso da abrir la puerta del apartamento y barrer hacia afuera, hacia el pasillo del olvido, los restos históricos de mi propio orgullo.

No me hago ilusiones. Sé perfectamente que nunca alcanzaré el desprendimiento absoluto de los ascetas, ni la auténtica compasión de quienes aman sin pedir nada a cambio, ni esos estados de éxtasis de los iluminados que describían los libros religiosos en la biblioteca de mi infancia sureña. Aquellos barquitos de papel que soltábamos en los arroyos del sur nunca buscaban el océano; les bastaba con flotar unos metros antes de deshacerse en el barro. Yo soy como esas naves frágiles. No aspiro al banquete de los justos; me conformo, con una secreta gratitud, con recoger las migas de la mesa de la vida.

¿Y cuáles son esas migas? Menos ataduras en la memoria. Un poco de cariño espontáneo hacia el vecino que me saluda en un francés que apenas deletreo. La alegría sutil, casi transparente, de irme a la cama cada noche con una conciencia limpia, o al menos lo suficientemente despejada como para que el ruido de mis pensamientos no opaque el murmullo lejano del río San Lorenzo.

Ya no escribo cartas para buscar la aprobación de nadie, ni siquiera la de mi hijo, que camina bajo otros cielos. Escribo estas líneas como quien lanza un mensaje dentro de una botella al océano del tiempo, solo para que el viento del futuro sepa que por aquí pasó un hombre común que amó con grietas y aprendió a bendecir su propio naufragio.

Afuera, la claridad comienza a retirarse del Mont-Royal y las primeras luces de la ciudad se encienden una a una, como si alguien al otro lado del tiempo estuviera preparando una ceremonia silenciosa. Mañana, si el sol vuelve a rozar el hielo de la ventana, continuaré apartando las hojas secas del camino...

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