80 Lo que se lleva la noche
Capitulo 80
Lo que se lleva la noche
Me desperté esta mañana con la sensación de que algo había cambiado mientras dormía. No sabría decir si fue real o si el sueño todavía no terminaba de soltarme cuando lo noté, pero estaba ahí: esa certeza vaga de que una parte de mí se había adelantado durante la noche, había tomado algo consigo y se había marchado sin avisar, dejándome con la tarea de descubrir qué fue lo que se llevó.
Porque siempre se lleva algo.
No objetos, no recuerdos grandes. Se lleva esas pequeñas convicciones que uno acumula sin saber muy bien para qué sirven —la seguridad de que uno todavía es quien cree ser, la certeza de que ciertos afectos siguen en el mismo lugar donde los dejó— y que cuando faltan dejan un hueco difícil de nombrar, como el espacio que ocupa un mueble que alguien retiró en silencio y que uno sigue bordeando por costumbre, semanas después de que ya no está.
Me levanté despacio. Fui a la cocina.
El agua tardó en hervir, como suele hacer en las mañanas en que uno tiene poco apuro y mucho en qué pensar. Miré caer el chorro oscuro en la taza, ese movimiento que mis manos ya no necesitan deliberar, y pensé que quizás la vida es justamente esto: una sucesión de pérdidas tan graduales que solo se perciben cuando uno se detiene y mira el conjunto, y entonces se pregunta en qué momento dejó de ser quien era. Si fue por descuido. Por cansancio. O por esa tendencia tan humana de creer que siempre habrá tiempo para recuperarlo todo.
Pero mientras daba el primer sorbo comprendí —y no fue una revelación sino más bien el regreso de algo que ya sabía y había olvidado— que no se trata de recuperar nada. Lo perdido no vuelve. Y si volviera no sería lo mismo. Y si fuera lo mismo, probablemente no sabríamos reconocerlo: lo miraríamos con la desconfianza con que se mira lo que ya no nos pertenece del todo.
Así que mejor aceptar que somos esta mezcla: lo que ya no está y lo que todavía no llega. Los restos de lo que fuimos y los comienzos torpes de lo que vamos siendo. Caminando con la torpeza de quien aprende a cada paso algo que debería haber sabido desde hace años, y que quizás ya supo, y olvidó, y volverá a aprender de otra manera.
Hay una especie de serenidad en admitirlo. No la serenidad de quien ha resuelto algo, sino la del que ha dejado de exigirle a la vida que sea distinta de lo que es. Como si la existencia, al verse descubierta en su mecanismo, decidiera mostrarse un poco más amable. No mucho. Apenas lo suficiente para que uno siga avanzando, aunque sea despacio, aunque sea con esa duda persistente que acompaña incluso los días más tranquilos.
Nadie está completamente a salvo de ella.
Escribo estas líneas sin saber muy bien si sirven para algo. Quizás solo sirvan para recordarme mañana que hoy intenté entenderme, aunque fuera un instante, antes de que la vida vuelva a mover las piezas en silencio y yo amanezca otra vez con esa sensación de que algo se fue durante la noche.
La taza está vacía sobre la mesa.
Afuera, la mañana de Montreal avanza con esa indiferencia suya que ya no me ofende: la ciudad no necesita saber que por aquí pasé. Basta con que yo lo sepa, aunque mañana tampoco esté completamente seguro de cuánto de lo que soy hoy seguirá aquí cuando despierte.
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