74 Los sastres invisibles del mundo
Capitulo 74
— Los sastres invisibles del mundo
Hay frases que no se leen: se quedan respirando dentro de uno como un brasero encendido en mitad del invierno. Mientras releía aquella que me había detenido la tarde anterior, me vi a mí mismo sentado junto a la ventana de este apartamento en Montreal, mirando caer la nieve sobre los techos grises de la ciudad, preguntándome si todavía vale la pena remendar el mundo cuando el mundo parece empeñado en romperse una y otra vez.
De ahí nació esto.
En la Hacienda Dinamarca, en San Carlos, había una lámpara de caperusa que parecía cansada de alumbrar tanta oscuridad. Mi madre, Otilia, cosía bajo esa luz amarillenta y escasa, y sus dedos se movían con una paciencia que yo entonces no sabía reconocer como valentía. La observaba desde el corredor, inmóvil, mientras afuera la lluvia golpeaba los tejados de zinc como si quisiera arrancarlos del mundo.
Aquella noche —o era otra noche, porque las noches de infancia tienden a fundirse en una sola— mi madre cosía mi cobija de retazos. La había ido armando durante semanas con pedazos de tela de distintos colores, cada uno proveniente de alguna prenda ya inservible, ya gastada hasta el hilo. Aquella cobija no era una cobija: era un mapa de lo que habíamos sido, de lo que teníamos, de lo que no teníamos.
La guardé por muchos años. Más de los que sería razonable confesar.
No mucho después de aquellas noches, mi padre murió. Leticia, la mayor de nosotros, tenía catorce años. Mi madre no se detuvo. Siguió cosiendo. Siguió remendando lo que la vida dejaba roto sobre la mesa. No recuerdo haberla visto rendirse —no porque fuera una mujer sin grietas, sino porque sus grietas las cosía también, en silencio, por la madrugada, cuando creía que nadie la miraba.
Entonces yo no entendía nada.
Creía que coser era apenas unir telas rotas.
Muchos años después descubrí que mi madre estaba intentando salvar algo más profundo: la dignidad. Porque hay roturas que no se ven. Roturas en el alma de las familias. En los países. En los hombres. Y ésas son las más difíciles de reparar porque no tienen un hilo del color correcto, no tienen una aguja suficientemente fina.
Cuando llegué a Montreal, en aquel julio de 1988, traía el corazón descosido. Colombia se había convertido en un animal herido que mordía incluso a sus propios hijos. Las bombas abrían huecos en las calles y también dentro de nosotros. Uno aprendía a caminar mirando hacia todos lados, como si la muerte pudiera salir de cualquier esquina disfrazada de motocicleta o de silencio.
Recuerdo una tarde particularmente gris, aquí, en Canadá. Trabajaba limpiando pisos en un edificio del centro. Desde las ventanas veía ejecutivos caminar deprisa con sus maletines negros, mientras yo arrastraba mi balde de agua sucia como quien empuja los restos de otra vida.
Sentí vergüenza.
No por el trabajo —el trabajo nunca envilece— sino por la sensación íntima de haber sido arrancado de mí mismo. Como si el hombre que había sido en Medellín hubiera quedado atrapado en alguna explosión lejana.
Aquella noche regresé al apartamento exhausto. Abrí una lata de sopa barata. Me senté frente a la ventana. Nevaba.
Y de pronto comprendí algo que desde entonces no he podido sacudir: el mundo no se salva con héroes. Se salva con gente obstinada que sigue cosiendo. Con manos torpes y cansadas que siguen tejiendo en silencio, sin que nadie lo pida y sin que nadie lo vea. La justicia —esa palabra enorme— no aparece de golpe como un relámpago celestial. Va apareciendo lentamente, igual que la felicidad, igual que el amor, igual que las cicatrices que necesitan años para dejar de doler cuando cambia el clima.
Los árboles tardan décadas en dar sombra.
Y ciertos hombres necesitan toda una existencia para aprender a perdonarse.
Ahora, desde este apartamento donde el invierno golpea los vidrios con dedos de fantasma, pienso en todos los que se niegan a abandonar la aguja y el hilo. Los que todavía creen que vale la pena reparar, aunque el mundo vuelva a romperse mañana, aunque las manos tiemblen. Ellos son los sastres invisibles —los que trabajan de madrugada, sin nombre en ningún registro, sin estatua en ninguna plaza.
Mi madre fue uno de ellos.
No sé dónde quedó aquella cobija. Quizás en alguna mudanza, en alguna caja que no llegué a abrir. Quizás alguien la tiene sin saber lo que contiene. Quizás se deshizo sola, como se deshacen todas las cosas hechas de retazos cuando ya nadie las sostiene.
Pero esta noche, mientras la nieve cae sobre Montreal con esa calma que tienen las cosas que no necesitan ser vistas para ocurrir, la siento todavía. Su peso sobre los hombros. Su olor a tela vieja y a humo de lámpara.
Como si nuestra madre siguiera cosiendo en algún lugar del tiempo que no tiene nombre.
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