68 — La orilla del sueño
Capítulo 68
— La orilla del sueño
En las noches más silenciosas, cuando mi aposento respira con un murmullo apenas perceptible y el mundo parece retirarse hacia una lejanía sin nombre, se libra en mí una antigua contienda: la de permanecer o entregarme. Hay un instante, breve y frágil, en el que la conciencia titubea como una llama indecisa, y es allí donde el sueño comienza a llamarme desde su territorio sin mapas.
Nunca he logrado considerarlo un simple descanso. El sueño es otra cosa, lo presiento ahora con mayor claridad: no un refugio, sino un regreso. No sé bien a dónde, pero cada noche, cuando la conciencia empieza a desprenderse como una hoja que se suelta del árbol, algo en mí vuelve a un lugar que no existe en el día. Es un territorio sin orillas, hecho de brumas y de memorias que no viví, donde las cosas no tienen nombre y, sin embargo, me reconocen.
Para cruzar hacia ese sitio es preciso renunciar, aunque sea por unas horas, al peso de lo vivido, a la memoria que me sostiene, incluso a esa íntima convicción de ser alguien. Y esa renuncia, cada noche, exige una forma de valor que no siempre poseo.
Por eso, en ese umbral incierto, recurro a un gesto que ya se ha vuelto ritual. Imagino una mano que emerge desde la penumbra. No tiene rostro, ni historia, ni nombre, pero su presencia es inconfundible: tibia, paciente, inevitablemente cercana. No habla, no insiste; simplemente aguarda. Y en esa espera encuentro el coraje que me falta.
Con ella avanzo.
Me adentro en esa oscuridad como quien se interna en un mar desconocido, confiando apenas en una luz remota que no ilumina, pero promete. Hay noches en que incluso esa compañía inventada resulta insuficiente, y el sueño se abre ante mí como un abismo: una puerta sin retorno hacia un lugar donde todo lo que amo, todo lo que he sido, deja de existir por completo. Entonces dudo. Entonces me aferro por un instante más a la orilla del mundo despierto.
Pero siempre termino cediendo.
Hay una forma de rendición que no es derrota, sino regreso. Caigo en el sueño como cae una hoja madura en mitad del otoño: sin resistencia, sin estrépito, obedeciendo a una ley que no necesita ser comprendida. Y al cruzar ese umbral, los sueños llegan como mensajeros que hablan en un idioma que solo entiendo al despertar, cuando ya es tarde.
Me muestran escenas que no busqué, rostros que no recuerdo haber amado, caminos que no sé si recorrí o imaginé. Y sin embargo, al abrir los ojos, queda en mí la certeza de haber estado en un sitio verdadero, aunque no pueda describirlo.
En ese otro lado de la noche —porque sé que existe, aunque no pueda probarlo— se abre una región secreta donde las pérdidas pierden su filo y el tiempo deja de herir. Allí, los rostros ausentes regresan sin sombra ni reproche, y me miran con una ternura intacta, como si nunca se hubieran ido. Las palabras no hacen falta; basta la presencia, basta esa quietud luminosa donde todo encuentra su lugar.
A veces creo que el sueño es la parte más honesta de mi vida. Allí no finjo, no sostengo nada, no tengo que ser nadie. Soy apenas una sombra que flota entre otras sombras, una voz que se escucha desde dentro, un cuerpo que se abandona sin miedo. Y en ese despojo hay una verdad que la vigilia no sabe pronunciar.
En ese territorio invisible, el alma se libera de su propio peso. Olvida por unas horas su historia, sus culpas, sus nostalgias. Descansa, no del mundo, sino de sí misma. Y en ese descanso profundo, casi sagrado, comprendo —sin necesidad de pensar— que hay formas de existencia que no pertenecen al día.
Y quizás por eso, con el paso de los años, he dejado de resistirme tanto a la noche.
Hubo un tiempo en que temía ese instante en que todo se desvanecía: los nombres, las certezas, incluso el rostro que creía reconocer como mío. Me aferraba a la vigilia como quien se aferra a una baranda en medio de la tormenta. Pero la vida —con su paciencia implacable— me ha ido enseñando a soltar.
He aprendido que no todo lo que se pierde desaparece, que hay presencias que solo regresan cuando dejamos de buscarlas, y que el olvido, a veces, no es una traición sino una forma de descanso.
Tal vez por eso sigo imaginando esa mano.
No porque la necesite como antes, sino porque en ella reconozco algo más antiguo que mi propio miedo: una confianza silenciosa, una certeza sin palabras de que al otro lado de la noche no todo es vacío.
Luego, inevitablemente, regreso.
Despierto con la luz tenue filtrándose por la ventana, como si el mundo insistiera en nombrarme de nuevo, en devolverme a mi forma. Pero algo queda: una huella leve, una certeza suave que se resiste a desaparecer. Una calma inexplicable, como si durante la noche hubiera conversado con una parte de mí que el día no sabe escuchar.
Y entonces comprendo —aunque sea por un instante— que tal vez la vida no transcurre únicamente en lo que recordamos, sino también en esos viajes silenciosos donde nadie nos ve partir.
Porque cada noche, al cerrar los ojos, no me pierdo.
Regreso.
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