*** 69 - Las heridas que no duermen
Capítulo 69
Las heridas que no duermen
Hay días en que el alma amanece con un cansancio de otros inviernos, como si hubiera pasado la noche entera defendiendo sus fronteras invisibles. No son gestas heroicas ni tragedias dignas de un canto; son batallas mudas, libradas en los pasillos más profundos del espíritu, allí donde la luz apenas se atreve a entrar y donde uno avanza a tientas, guiado solo por el roce tibio de su propia sombra. En esos territorios secretos, el corazón aprende a reconocerse sin testigos, a sostenerse con la delicadeza de quien carga un vaso lleno hasta el borde, temiendo que un solo temblor derrame lo que aún no sabe nombrar.
A veces abro los ojos antes del amanecer y permanezco inmóvil en la penumbra. Escucho el zumbido de la calefacción, el crujido de las tuberías, el rumor apagado de algún automóvil atravesando la nieve allá abajo. Montreal tiene una forma extraña de acompañar la soledad: incluso el silencio parece respirar junto a uno. Y yo, acostado entre sombras, intento reunir las piezas dispersas de mí mismo antes de poner los pies sobre el suelo frío de otro día.
Sonrío para no inquietar a nadie. La sonrisa, a estas alturas, es un gesto aprendido, casi una artesanía del alma: una forma discreta de proteger a los otros de mis derrumbes interiores. Por dentro, sin embargo, en ciertos amaneceres, me deshago como una casa vieja que cruje con cada ráfaga de viento, consciente de sus grietas pero todavía en pie por pura terquedad.
No es dramatismo; es la verdad sencilla de quien ha vivido demasiado y ha guardado demasiado también. Hay recuerdos que pesan como muebles heredados, emociones que uno acomoda en rincones donde nadie mira, y silencios que se vuelven compañeros fieles. Y aun así, uno sigue sonriendo, no por engaño, sino por cariño: porque a veces la mayor forma de amor es no cargar a otros con el temblor que uno sostiene por dentro.
Cada noche intento recomponerme. Recojo mis pedazos con la paciencia de un jardinero que junta hojas caídas sabiendo que mañana habrá más, porque así es la vida cuando ya se ha vivido lo suficiente: un ciclo de desprendimientos silenciosos. Me digo que el sueño curará lo que el día abrió, que el silencio hará su trabajo, que el tiempo —ese artesano testarudo que nunca se rinde— sabrá suturar lo que aún sangra en rincones que ni yo mismo alcanzo a nombrar.
Pero ciertas heridas no obedecen al calendario. No gritan, pero tampoco se cierran. Permanecen ahí, discretas y obstinadas, como un hilo rojo que atraviesa los años y cose, sin pedir permiso, todas mis versiones anteriores. A veces creo que ese hilo es lo único que me mantiene unido; otras, que es la marca indeleble de lo que he amado, perdido y sobrevivido. Y aun así, cada noche vuelvo a recogerme, porque en ese gesto humilde también late una forma secreta de esperanza.
Pienso, a veces, que la vida ha sido un largo rodeo hacia mí mismo. Caminé entre sombras creyendo que el peligro venía de afuera, sin comprender que la verdadera intemperie siempre anidó adentro: en los rincones donde guardé lo que no supe nombrar, en los afectos que no supe defender a tiempo, en las decisiones tomadas a ciegas y nunca del todo revisadas.
Y sin embargo, incluso en los días más oscuros —los de ciertos eneros en Montreal, cuando el frío vuelve extraño hasta lo familiar— hubo algo que insistió en no extinguirse. No la felicidad, que es visitante de otra condición, sino algo más tenue y sin aspavientos: una claridad que llegaba precisamente cuando dejaba de huir de mis propias ruinas, cuando me detenía a escuchar el murmullo que siempre había estado allí, esperando que el ruido del mundo se apagara lo suficiente.
Con los años he comprendido que no todas las cicatrices están destinadas a sanar. Algunas se quedan como guardianas silenciosas, recordándonos quiénes fuimos, qué perdimos, qué amamos con una intensidad que todavía arde bajo la piel. Pero hay más: cada herida guarda, en su interior más recóndito, un pequeño núcleo de luz. No para consolarnos, sino para obligarnos a mirar de frente aquello que hemos evitado. El dolor enseña —pero no con palabras: enseña con presencia, con esa insistencia sorda que permanece debajo del ruido cotidiano hasta que uno aprende, tarde y a veces sin elegirlo, a escucharlo sin defenderse.
No son un castigo; son una forma de memoria, una escritura que el cuerpo conserva cuando las palabras ya no alcanzan.
Y en ese jardín de lo vivido —ese territorio donde conviven lo que floreció y lo que se marchitó antes de tiempo— esas marcas abiertas dialogan con los instantes que aún iluminan, con las pequeñas victorias que nadie ve pero que sostienen el alma. Son señales de que hemos sobrevivido, de que seguimos aquí, imperfectos y luminosos, llevando en la piel la historia completa de lo que fuimos capaces de sentir.
Cuando camino por las calles de Montreal en invierno, el frío entiende mejor que nadie ese cansancio. El viento helado me atraviesa como si quisiera llevarse algo de mi peso, y por un instante lo consigue. Camino despacio por las aceras cubiertas de nieve, observando las ventanas empañadas, los cafés tibios donde otros conversan, las manos que se buscan bajo los abrigos. Entonces comprendo que cada ser humano carga una batalla secreta, aunque el mundo siga avanzando como si nada.
En las tardes tibias de verano, cuando el sol cae sobre los balcones del Plateau Mont-Royal, me sorprende una nostalgia que no sé si es de Medellín, de mi juventud, o de una versión de mí que ya no existe. La memoria es un animal extraño: muerde cuando quiere, acaricia cuando menos lo esperamos.
A veces basta el olor de un café recién hecho para devolverme, de golpe, a la cocina de mi madre en San Carlos. O el sonido lejano de una carcajada para recordar a Mauricio niño, corriendo con esa alegría limpia que solo poseen quienes todavía no conocen el peso del mundo. Entonces entiendo que el tiempo nunca se marcha del todo; simplemente aprende a esconderse dentro de las cosas pequeñas.
El mundo, lo sé, está saturado de muerte y de horror. No necesito mirar demasiado lejos para sentir cómo la oscuridad se filtra por las rendijas de la vida cotidiana. Y sin embargo, en medio de ese paisaje devastado, sigo intentando consolar mi corazón. No es un acto heroico; es apenas un gesto de supervivencia.
Recojo lo que subsiste en medio del infierno. Lo pequeño, lo frágil, lo que nadie nota. Las cosas que se sostienen entre las ruinas, como si la vida tuviera la insolencia de seguir insistiendo donde ya no debería haber nada.
Una anciana ayudando a otra a subir al autobús. El vapor que sale de una panadería en invierno. Un niño riéndose en el metro. El árbol solitario que reverdece después de meses bajo la nieve. A veces pienso que son esas pequeñas persistencias las que mantienen unido al mundo.
Y quizá también a mí.
A veces pienso que esa insistencia es mi maestra. Que me enseña a resistir sin estridencias, a sostenerme sin grandezas, a encontrar un respiro en lo que queda. Porque incluso en la noche más larga, siempre hay algo que insiste en vivir. Y yo, cansado pero terco, me aferro a esa insistencia.
No me avergüenzo ya de mi cansancio. El alma se fatiga simplemente por haber sentido demasiado. Y sin embargo, incluso en ese agotamiento, hay una belleza discreta: la de seguir aquí, respirando, avanzando, sosteniendo la vida con esa fragilidad que, aun herida, no se rinde.
La muerte no asusta a quien ha vivido mucho; es apenas una puerta más. Lo que verdaderamente estremece es el camino hacia ella, ese territorio donde he visto a los míos desgastarse entre dolores y abandonos involuntarios, porque cada quien carga sus propias batallas y no siempre alcanza para acompañar a los que se van.
He visto hospitales donde el tiempo parece detenerse bajo luces blancas y pasillos interminables. He visto cuerpos cansados aferrándose todavía a una última conversación, a una mano, a una presencia. Y he comprendido que el verdadero miedo no es dejar este mundo, sino desaparecer lentamente mientras los días continúan su marcha indiferente allá afuera.
Quizá por eso me conmueven tanto los gestos pequeños de ternura. Una voz que permanece junto a una cama. Un hijo que vuelve aunque sea tarde. Una mano anciana buscando otra mano en medio de la noche. Hay amores que no salvan del dolor, pero logran hacerlo más humano.
En ciertas noches me siento frente a la ventana y observo las luces de la ciudad. Cada ventana encendida es una historia, un dolor, una esperanza, un secreto. Pienso entonces que quizá no estoy tan solo en mis batallas invisibles. Que todos, de alguna manera, cargamos algo que no duerme.
Algunos lo esconden detrás de risas ruidosas. Otros lo convierten en silencio. Yo lo escribo.
Escribir es mi forma de no desmoronarme del todo: darle un cauce al dolor para que no se estanque, convertir la herida en palabra, encontrar en esa palabra un aire más respirable.
A veces, mientras escribo, siento que converso con todas mis edades al mismo tiempo: el niño que corría entre cafetales, el hombre asustado que llegó exiliado a Canadá, el padre que no siempre supo cómo acercarse a su hijo, y este anciano que ahora contempla la nieve caer sobre la calle De Rigaud como si el cielo intentara cubrir de silencio las heridas del mundo.
Quizá eso sea lo que queda al final: seguir caminando con este peso a cuestas, sin exigirle que desaparezca, sin pedirle que se vuelva otra cosa. Aceptar que algo sangra todavía, pero que aun así la vida cabe en estas manos, aunque a veces tiemblen.
Porque incluso ahora, cuando el tiempo comienza a estrecharse como un sendero entre la niebla, sigo descubriendo pequeños destellos de belleza: el aroma del café en la madrugada, una llamada inesperada, el recuerdo intacto de la voz de mi madre, la nieve cayendo lentamente sobre la ciudad, la certeza humilde de haber sobrevivido.
En ese equilibrio frágil —entre lo que duele y lo que sostiene— se escribe mi existencia.
Y también este libro.
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