***73 Una vela encendida al otro lado del tiempo
Capitulo 73
Una vela encendida al otro lado del tiempo
El tiempo es un sastre anciano que trabaja a oscuras; cose los días con un hilo invisible, remendando los desgarros de la memoria hasta que el dolor pierde su filo y se convierte en costura, en cicatriz mansa. Hoy, desde la ventana alta de la calle De Rigaud, el invierno de Montreal parece haber firmado una tregua efímera. La nieve, esa mortaja brillante que duerme sobre las aceras, ha comenzado a sudar bajo un sol pálido que no calienta, pero que hiere el hielo con destellos de plata.
Al ver las gotas resbalar por el vidrio, como lágrimas frías que buscan la tierra, no puedo evitar pensar en la cita de Albert Camus que tanto repetíamos en los años de juventud y militancia, cuando creíamos que el mundo se podía refundar con la fuerza de un poema o el estallido de una verdad: la enorme, la sobrehumana tarea de volver a coser lo que la desgracia del siglo ha roto.
A mis setenta y tres años, habitando el silencio tibio del apartamento 413, he comprendido que la justicia y la felicidad no son monumentos de mármol que se erigen de golpe, sino pequeños pedazos de tela que uno intenta unir con dedos torpes. Mis manos, que ahora exhiben la transparencia frágil del pergamino viejo, ya no tienen la firmeza para sostener banderas ni para escribir aquellas largas cartas que antes le enviaba a mi hijo, buscando acortar con tinta los océanos del exilio y los abismos de mis propios errores.
Las cartas cesaron porque entendí que las palabras obligadas pesan como cadenas. Ahora prefiero soltar mis pensamientos sin rumbo, conffiándolos a estas páginas cuadriculadas como quien arroja una botella de vidrio al oleaje del tiempo, con la secreta e inocente esperanza de que algún náufrago del futuro las recoja y sepa que por este rincón del norte pasó un hombre del sur que amó con grietas y sobrevivió al naufragio.
El olvido es un animal doméstico que se sienta conmigo a la mesa. Es un perro viejo que ya no ladra; solo me mira con sus ojos nublados, disputándome los recuerdos. A veces gana él, y los nombres de las calles de mi infancia o el aroma exacto de la tierra mojada tras los aguaceros de mi pueblo se me escapan entre los dedos como arena fina. Pero hoy, mientras sostengo la taza de café y observo cómo el humo danza en los rayos de sol, la memoria decide ser piadosa y me devuelve el tintineo de las copas en la mesa familiar, las risas de mis hermanas calzando alpargatas nuevas y el eco de los barquitos de papel que soltaba mi hijo en los arroyos de la acera. En aquel entonces, el tiempo era un río infinito que corría hacia adelante sin pedirnos cuentas. No sabíamos que la historia, con sus zarpazos imprevistos, nos arrancaría de raíz para arrojarnos a un mapa ajeno, donde la voz tuvo que aprender a abrigarse para no congelarse en el desamparo.
El exilio te enseña a habitar la extrañeza. Al principio, este invierno septentrional se sentía como una aguja fría clavada en los pulmones, un castigo de escarcha para quienes nacimos con el sol cosido a la piel. Pero los años te otorgan la paciencia del verde, esa obstinación callada que duerme bajo la nieve esperando su turno. He aprendido a perdonar mis torpezas, las veces que fui un puente demasiado rígido para mi hijo, queriendo protegerlo con mis silencios cuando lo que él necesitaba era el calor de un abrazo sin armaduras.
Los padres cometemos el error de creer que somos los dueños del destino de los hijos, olvidando que solo somos la orilla desde la que ellos toman impulso para perderse en sus propios mares. No le pido perdón al viento; solo espero que en el rincón del mundo donde él se encuentre, sus manos estén sanando las mismas grietas que yo no supe remendar.
Afuera, la tarde comienza a arrastrar sus faldas grises sobre el perfil imponente del Mont-Royal. Las luces de la ciudad se van encendiendo una a una, como si alguien, al otro lado de la existencia, estuviera prendiendo velas para una ceremonia de la que todavía formo parte. No tengo prisa por encender la lámpara del pasillo. Me gusta dejar que la penumbra invada la habitación de manera gradual, obligándome a mirar hacia adentro, allí donde los fantasmas del pasado ya no asustan, sino que acompañan con una piedad silenciosa.
Sé bien que la tarea de hacer la felicidad concebible en un mundo envenenado sigue siendo sobrehumana, pero ya no me abruma su magnitud. Me basta con limpiar el polvo de mi mesa, mirar con gratitud el deshielo que gotea en la ventana y mantener el corazón abierto, latiendo desordenado y sin anestesia.
Mañana, si la claridad decide regresar a golpear el cristal con la misma timidez con la que hoy se retira, buscaré en el fondo del cajón una hoja en blanco para intentar un nuevo doblez, dejando que la corriente me lleve a donde el tiempo disponga...
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