70 El trabajo del silencio

 

Capitulo 70

El trabajo del silencio

Esta mañana el apartamento tenía una quietud distinta. No la quietud del reposo, sino la de algo que espera. Me quedé un rato en la silla frente a la ventana —el frío de afuera dibujaba su aliento blanco sobre el vidrio— y sentí que el silencio no estaba vacío: respiraba.

Pensé en mi hijo Mauricio. Hay años en que dos personas viven en el mismo tiempo pero en mundos distintos, y ninguna sabe muy bien cómo cruzar la distancia. Él era adolescente y yo era el padre que llegaba tarde a todo: a las preguntas, a los momentos, a las palabras que habrían bastado si hubieran encontrado la forma de salir. No las encontraron. Las guardé para otro momento que nunca llegó con claridad, o llegó disfrazado de urgencia, de cansancio, de la rutina que todo lo devora.

He aprendido que las palabras que no se dicen no mueren: se transforman. Se vuelven golpes sordos que resuenan en el pecho, pequeñas agujas que pinchan desde adentro, brasas que queman sin hacer humo. El silencio, cuando es impuesto o temido, destruye los tejidos del cuerpo y del espíritu. Uno cree que callar es proteger, pero a veces es exactamente lo contrario: es dejar que la herida siga trabajando en la sombra.

No pienso en esos silencios con culpa. La culpa, a esta edad, es un peso que ya no sé dónde dejar, y cargarlo no le devuelve nada a nadie. Pienso en ellos como se piensa en una herramienta que usé mal: no por malicia, sino por no haber aprendido todavía su peso verdadero.

Hubo silencios antes de Mauricio. Los que no pude romper frente a mi madre cuando ella esperaba algo que yo no sabía darle. Los que dejé en San Carlos sin recoger, y que el tiempo fue llenando de tierra como se llena una zanja. Los que el exilio instaló entre yo y las personas que quedaron atrás, y que después de un tiempo dejaron de tener nombre.

El silencio más largo que he cargado no fue entre dos personas: fue entre yo y yo mismo. Años en que no me pregunté lo que necesitaba preguntarme. Años en que la supervivencia —pagar el alquiler, aprender el francés, existir sin papeles en una ciudad que no sabía mi nombre— ocupó todo el espacio donde debería haber habido conversación interior.

Ahora, en este apartamento donde el tiempo avanza con otro paso, empiezo a escuchar esas preguntas que quedaron suspendidas. No todas tienen respuesta. Algunas sólo necesitaban ser formuladas.

El frío sigue afuera. La ciudad hace su ruido sordo de martes. Y yo aquí, en esta silla, escribiendo —no para reparar lo que ya no tiene reparación, sino para dejar constancia de que lo vi, de que lo entendí tarde pero lo entendí, de que el silencio también fue maestro aunque fuera un maestro severo.

Hay una grieta en el techo de este cuarto que nunca he pedido que arreglen. La miro a veces y pienso que las grietas también tienen algo que decir.

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