Capítulo 72 El Reino Sombrío

 

Capítulo 72  

El Reino Sombrío

Dejo la ventana apenas entreabierta, para que el frío entre y no me encuentre demasiado a gusto en mi tristeza. Afuera, la nieve cubre las bancas y los árboles se recortan como una escritura desnuda contra el cielo gris de Montreal. En la mesa hay una taza que ya perdió el calor y, junto a ella, el cuaderno donde vengo dejando estas páginas: migas en un bosque para no extraviarse del todo.

Llamo El Reino Sombrío a ese territorio interior donde habita mi tristeza. No porque sea una condena, sino porque allí se me reúnen las pérdidas, las culpas, los errores que me enseñaron más que los aciertos, y la dignidad callada con que debí seguir andando. Es una patria austera. Allí me esperan la voz de mi madre, el rostro de los amigos que ya no están, el muchacho que fui antes de partir, y también el hombre que hoy envejece despacio en una lengua adoptada.

No aprendí la escritura del alma en aulas ni en manuales. La aprendí en la herida antigua que me habita, en el silencio que a veces se me sienta al lado como un perro viejo, en el eco de lo que ya no está. Mientras otros decoraban sus fachadas con versos de seda, yo descendía al sótano de mis incendios para rescatar las brasas que aún respiraban. Escribir, para mí, nunca fue un oficio; fue el modo en que mis manos aprendieron a sostener el fuego sin deshacerse en ceniza.

Mi musa no es una deidad de luz. Es una presencia de manos frías que desordena mi paz para obligarme a la verdad. Me enseñó que la palabra no es un adorno sino una cicatriz que ha ganado el derecho a hablar. No busco la perfección de la métrica, sino la honestidad del pulso: a veces roto, a veces furioso, pero siempre vivo.

Hay días en que Montreal me parece un espejo de mi alma: silenciosa, bilingüe, paciente, con esa luz oblicua que en invierno vuelve más largas las sombras. Camino por calles donde la nieve borra las huellas casi al mismo tiempo que las dejamos, y pienso que así ha sido mi vida muchas veces: una marcha hacia adelante en la que cada paso debe merecerse de nuevo. Un árbol trasplantado que aprendió, por fin, a beber del suelo nuevo sin renegar del primero.

A veces me descubro hablándole al joven que fui. Lo veo sentado en un borde de la memoria, con la soberbia intacta y el corazón sin cicatrices visibles. Quisiera decirle que el exilio no será solo una herida sino también un maestro; que el orgullo, si no se doma, se vuelve una jaula; que hay una culpa silenciosa por haber sobrevivido cuando otros quedaron en la orilla. Pero él no me escucha. Mira hacia adelante con ese temblor de los que creen que la vida todavía se puede corregir a tiempo. Yo ya sé que no se corrige: se interpreta.

Cuando callo demasiado, la tristeza crece como un bosque oscuro y empieza a ocuparme la casa. Por eso vuelvo a la página, a esta humilde lámpara, a la respiración breve de la noche. Escribir no me salva, pero me sostiene. Es una manera de decir aquí estoy sin levantar la voz, como quien lanza una botella al mar del tiempo y acepta que quizá la encuentre un desconocido, quizá nadie, y que aun así valiera la pena haberla arrojado.

Una escena vuelve con frecuencia: yo caminando por el Mont-Royal en otoño, entre hojas que caen como si el árbol se despojara de un idioma, y junto a mí el recuerdo de mi hijo en otra estación de la vida, más pequeño, más cerca de mis manos, más dispuesto a creer que su padre podía resolverlo todo. Ahora lo veo de otro modo: más lejos y a la vez más cercano, como si el tiempo hubiese puesto entre nosotros una mesa larga donde seguimos hablándonos sin alcanzar siempre a tocar la mano del otro. Esa distancia ya no duele de la misma manera. Enseña.

He comprendido que el silencio también es una forma imperfecta de amor. Hay cosas que no se dicen por pudor, por torpeza, por lealtad mal entendida. Y el afecto permanece en los gestos pequeños: una puerta abierta, una llamada breve, la manera en que se guarda una fotografía vieja sin mostrarla. He amado así muchas veces: sin proclamas, con la discreción de quien sabe que lo esencial casi nunca hace ruido.

Montreal me enseñó a vivir entre dos lenguas como quien habita dos inviernos distintos. En una nombro la casa; en la otra, el trabajo, la calle, la nieve. Pero en ambas sigo nombrando la ausencia. La frontera verdadera no está en el mapa, sino en el corazón que aún recuerda de dónde fue arrancado. Y ya no la siento como una herida sin fondo: la siento como una cicatriz que me ha dado forma.

He descubierto que la belleza más pura es aquella que se atreve a mostrar su grieta. Mi fuerza no reside en la integridad sino en la fragilidad que persiste. La muerte está al fondo, sí, pero ya no la miro como una enemiga. La miro como se mira una estación lejana: con respeto, con la calma de quien ha decidido dejar encendida una luz tenue para quien venga después.

A esta altura de la vida, no busco grandes revelaciones. Me basta la claridad de un amanecer sobre la nieve, el paso lento de la tarde sobre los edificios, la certeza de que todavía puedo escribir una página limpia antes de que anochezca. Si este reino tiene una corona, no es de poder sino de memoria.

La ventana sigue entreabierta. El frío entra despacio, con la paciencia de quien sabe que no tiene prisa.

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