^ Capítulo 8 - La felicidad
Capítulo 8
— La felicidad
«El invierno tarda en retirarse de esta ciudad. Todavía en abril, la luz llega oblicua, como quien pide permiso antes de entrar.»
Hijo mío:
Nunca te hablé de la felicidad mientras la vivíamos.
No sé exactamente por qué. Quizás porque nombrarla parecía demasiado parecido a pedirle que se quedara, y yo había aprendido, en los años anteriores a que nacieras, que la felicidad no acepta ese trato. Se va cuando le da la gana. No avisa. Y si uno empieza a retenerla con demasiada fuerza, se escurre antes de tiempo —como el agua en las manos abiertas, que dura más que en las manos cerradas.
Así que viví los años contigo en silencio respecto a eso. Los disfruté sin catalogarlos. Sin decirme: esto es felicidad, guárdalo bien.
Ahora, desde este cuarto donde el invierno todavía deja su frío residual en las paredes aunque el calendario diga otra cosa, puedo mirarlo hacia atrás y reconocer los momentos con más calma de la que tenía entonces.
Había uno que volvía de distintas maneras.
Tú dormías. Yo estaba en la sala —con un libro, con un café, con nada en particular— y la casa tenía ese silencio que solo tienen las casas cuando hay alguien dormido adentro. Un silencio distinto al silencio vacío. Más denso. Más habitado.
En esos momentos no pensaba en nada importante. No resolvía nada. No planeaba. Solo estaba ahí, en esa quietud que olía a tu champú y al frío de Montreal entrando por las rendijas, y sentía algo que tardé años en encontrarle nombre: suficiencia. La sensación de que lo que había en ese cuarto —esa pequeña vida dormida, ese apartamento con sus grietas y sus crujidos— era exactamente lo que debía haber.
No más. No menos.
Eso fue felicidad para mí. No lo que imaginé cuando era joven —que era algo más parecido al triunfo, a la llegada, a la sensación de haber cruzado una meta. Sino eso: la suficiencia silenciosa de una noche cualquiera.
No te lo dije entonces porque no sabía decirlo. Y porque había algo en nombrarlo que me parecía peligroso —como si la palabra pudiera romper algo que se sostenía, precisamente, en no ser examinado.
Hubo también otra clase de felicidad que no me esperaba.
Fue una tarde —tú tendrías unos ocho o nueve años, calculo— en que llegaste de la escuela con una hoja doblada en el bolsillo del abrigo. La habías doblado tú, con esa forma irregular que tienen los niños de doblar el papel, como si el contenido importara más que la envoltura.
Era un dibujo. Una casa, un árbol, dos figuras. Abajo, con tu letra de entonces que mezclaba mayúsculas y minúsculas sin criterio aparente, habías escrito algo en francés que ya no recuerdo con exactitud —algo sobre la familia, sobre casa, el vocabulario que aprendían ese mes.
Una de las dos figuras era más alta que la otra. La alta tenía canas —líneas grises en la cabeza, trazadas con el lápiz plateado que usabas para las estrellas.
No dijiste nada. Me la diste como se dan las cosas que no necesitan explicación, y fuiste a la cocina a buscar algo.
Yo me quedé con esa hoja en la mano.
Y sentí —no sé si llamarlo felicidad o su hermano más callado— que toda la distancia recorrida para llegar hasta ahí había valido. No los logros. No los documentos firmados ni los idiomas aprendidos. Sino eso: ser la figura alta con canas en el dibujo de un niño que te entrega el papel sin ceremonia y va a buscar algo a la cocina.
Te cuento esto porque creo que la felicidad, cuando uno mira hacia atrás, siempre fue más pequeña y más cotidiana de lo que uno esperaba encontrar.
Y creo también —esto lo digo con cierta urgencia que la edad vuelve más nítida— que los momentos más felices de tu vida probablemente estén ocurriendo ahora mismo, mientras los vives sin reconocerlos. Que el día en que los identifiques como lo que fueron habrá pasado ya, y lo que tendrás será el recuerdo.
Eso no es una pérdida. Es simplemente la manera en que funciona.
Lo que uno puede hacer —lo único que yo encontré que servía— es aflojar el puño. No perseguir la felicidad como si fuera una deuda que la vida tiene contigo, sino aprender a reconocerla cuando pasa: en el silencio de una casa donde alguien duerme, en un dibujo con canas trazadas con lápiz plateado, en una tarde cualquiera que el tiempo no marcó como especial pero que el cuerpo recuerda mejor que las fechas importantes.
El cuerpo sabe. Siempre sabe antes que la cabeza.
Fíatede él.
Tu padre
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