^ Capítulo 3 -Carta a los lugares que me habitaron

CAPÍTULO 3

— Carta a los lugares que me habitaron


«No elegimos dónde nacemos, pero algo en nosotros —una brújula secreta, un murmullo ancestral— decide dónde echar raíces. Y a veces esas raíces no tocan la tierra: crecen en el aire, en la memoria, en un gesto que no sabemos nombrar.»


He vivido en muchos lugares, pero solo unos pocos me han habitado.

La diferencia es sutil y sin embargo lo cambia todo. Uno puede pasar años en una ciudad: aprender sus rutas, memorizar el olor de sus estaciones, pagar sus impuestos, figurar en sus registros como un número más. Y aun así sentirse huésped. Sombra de paso. Y luego están los otros —los inesperados, los que se instalan sin pedir permiso, como ciertas plantas silvestres que brotan en el jardín sin que nadie las haya sembrado. Lugares donde uno estuvo apenas unos meses, a veces semanas, y que sin explicación se quedan viviendo adentro, echan raíces en un rincón del pecho y desde ahí acompañan, corrigen, consuelan.

Los lugares también nos siembran. Nos siembran recuerdos, heridas, formas de mirar el mundo que no elegimos y que sin embargo cargamos.

Esta carta es para esos lugares. Los que me formaron sin anunciarse. Los que me rompieron sin disculparse.

Todo paraíso se reconoce después, cuando ya lo hemos perdido.

San Carlos era cafetales que bajaban por las laderas como oleajes verdes detenidos en el tiempo. Era el canto del azulejo al amanecer. Era el olor del café recién tostado mezclándose con el humo de la leña en la cocina, ese olor que no tiene traducción en ningún idioma que haya aprendido después. Era mi padre Juan saliendo temprano hacia el cafetal, con ese paso suyo que yo imitaba sin saberlo, midiendo mis pasos pequeños contra la huella de sus botas en la tierra húmeda.

No sabíamos que éramos pobres. O lo sabíamos y no importaba, porque todos lo éramos y la pobreza compartida se parece mucho a la igualdad. No sabíamos que ese mundo tenía fecha de vencimiento. Teníamos lo necesario: un techo, comida suficiente, y ese lujo invisible que solo los niños conocen —la certeza de que mañana será igual que hoy. Los adultos hablaban de política, de violencia, de tierras lejanas, pero sus voces eran solo un murmullo de fondo. Jugábamos en las calles de tierra inventando mundos con piedras y palos. La infancia olía a tierra mojada después del aguacero, a guayaba madura cayendo del árbol, a café —siempre café— porque el café era el aire que respirábamos.

A veces, cuando el insomnio me visita en las noches largas de Montreal, cierro los ojos y vuelvo. No físicamente —ese San Carlos ya no existe, o existe de otra manera que ya no me pertenece. Pero vive en mí. Y por un instante vuelvo a tener seis años, mi padre está vivo, el mundo todavía no ha empezado a romperse.

De San Carlos salimos porque ya no teníamos dónde vivir.

Cuando murió el gran patrón don Delio Yepes, la finca de Dinamarca entró en sucesión. Los herederos llegaron con sus abogados y sus papeles. Nosotros no teníamos ni abogados ni papeles. Solo teníamos que irnos. Así de simple. Así de brutal.

Medellín nos recibió con su ruido y su polvo. Éramos campesinos en la ciudad, y la ciudad lo sabía antes que nosotros. Aprendí a caminar más rápido, a hablar menos, a leer los silencios de ciertas esquinas. Pero también aprendí algo que nunca olvidé: la felicidad puede brotar en los lugares más improbables, como esas plantas que encuentran tierra en las grietas del asfalto. Dentro de la casa había risas. Había música en el radio. Había peleas entre hermanos y reconciliaciones antes de dormir. Había amor construido no con tierra sino con resistencia, con esa terquedad silenciosa de los que deciden no dejarse doblegar.

Medellín me enseñó que el hogar no es un lugar. Es la forma en que unos se sostienen a otros cuando el mundo afuera se vuelve incierto.

Llegué a Montreal con treinta y tantos años y el español atravesado en la garganta. El francés me sonaba a música imposible —bella y cerrada, como una puerta que no sabe que es una puerta. Caminaba por las calles escuchando conversaciones que no entendía, con esa invisibilidad particular del extranjero: no la de quien no existe, sino la de quien existe en un idioma que nadie alrededor habla.

La nieve me asombró la primera vez. Esa blancura que lo cubría todo, ese silencio que traía consigo como si la ciudad entera guardara luto por algo que nadie había perdido todavía. Pero pronto la nieve dejó de ser asombro. Se volvió frío. Se volvió obstáculo. Se volvió el recordatorio diario de que estaba lejos —esa distancia que no se mide en kilómetros sino en la cantidad de cosas que uno no puede explicar a nadie porque pertenecen a otro idioma, a otra luz, a otro olor de lluvia.

Los primeros años fueron duros, no por falta de trabajo sino por esa soledad del que no pertenece, que es distinta a todas las soledades: más fría, más sin bordes, más parecida al exilio que al simple estar solo. Montreal me enseñó lo que San Carlos y Medellín no podían enseñarme: la paciencia del árbol trasplantado, ese árbol que arrancan de su tierra y plantan en otra y que debe decidir si se deja morir o si echa raíces nuevas. Elegí echar raíces. No porque fuera fácil, sino porque no había otra opción —y porque algo en mí entendió que rendirse era también una forma de traicionar a todos los que me habían precedido. A mi padre con sus botas en el barro de San Carlos. A mi madre con sus manos oliendo a café y a leña.

Con los años ocurrió algo que no esperaba. Montreal dejó de ser el lugar donde vivía y pasó a ser el lugar donde había vivido lo suficiente como para tener recuerdos. Y los recuerdos —lo aprendí aquí, en este apartamento que huele a invierno y a libros viejos— son una forma de pertenencia que nadie puede quitarnos.

La noche ha caído sobre Montreal mientras escribo, aquí en el cuarto piso de la rue De Rigaud, con la ventana empañada y la ciudad abajo continuando su ruido: sirenas lejanas, jóvenes riendo, autobuses que pasan tarde como si ellos también dudaran adónde ir.

No sé bien dónde está mi hogar.

Quizás esa pregunta ya no necesita respuesta. Quizás el hogar no es un lugar al que uno llega sino un peso que uno aprende a llevar —ligero con los años, como se vuelven ligeras ciertas penas que al principio creímos que nos aplastarían.

Llevo conmigo todos los lugares que me formaron. San Carlos vive en mi manera de caminar. Medellín en mi forma de resistir. Montreal en esta paciencia que todavía no termina de aprender su propio nombre. Y México, donde nació Mauricio, late como un corazón secreto: allí descubrí que el hogar también puede ser un cuerpo pequeño que respira en mis brazos, una patria íntima que no se mide en fronteras sino en la certeza de que la vida continúa.

Afuera alguien ríe en la calle y el sonido sube hasta esta ventana sin destino, sin permiso, sin saber que llega. Y yo, al escucharlo, entiendo que mi hogar está hecho de voces y presencias que me acompañan aunque nunca se dejen atrapar del todo.

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