**Capítulo 13 - — "Lo que el invierno disuelve"
Capítulo 13
— "Lo que el invierno disuelve"
Hay una edad en que el alma empieza a soltar sin que nadie se lo pida. No es un gesto heroico ni una revelación aprendida en los libros: es un cansancio sereno, casi vegetal, como cuando el árbol deja caer sus hojas porque comprende que el invierno no admite negociaciones y que aferrarse sería una forma de ingenuidad. Entonces uno suelta —no por valentía, sino por sabiduría—, del mismo modo en que la naturaleza renuncia a lo que ya no puede sostener, confiando en que, después del frío, algo volverá a brotar.
Durante muchos años creí que vivir consistía en sostener: los sueños, los amores, las promesas que uno hace cuando todavía desconoce la fragilidad de los días. Me aferraba a todo como quien teme que una sola grieta pueda desmoronar el mundo entero. Con el tiempo fui entendiendo otra cosa. La vida no se sostiene: se atraviesa. Y en ese cruce silencioso vamos dejando cosas en la orilla, no por abandono, sino porque llega un momento en que el cuerpo sabe lo que la mente tarda en aceptar: que cargar con todo no es fortaleza, sino una forma costosa de miedo. Entonces uno suelta, no por renuncia, sino por sabiduría; porque hay pesos que ya no nos pertenecen y porque avanzar exige, a veces, caminar más liviano.
Esta mañana el frío ha dibujado finas venas de escarcha sobre el cristal de la ventana. Afuera, los árboles de la calle sostienen la nieve con una quietud que parece ensayada, como si hubieran aprendido a convivir con el invierno mejor que nosotros. Me sirvo el café, me hundo en el sillón de siempre y, por un instante, no pienso en nada concreto. Solo dejo que el mundo sea.
Es en estos momentos —cuando la casa respira despacio y la luz apenas roza los objetos— cuando emerge con mayor claridad algo que tardé décadas en comprender: ya no necesito perseguir. Hay una paz inesperada en ese reconocimiento, una especie de tregua silenciosa entre lo que fui y lo que queda de mí.
He tardado años en entender también que la soledad no es un vacío donde el alma se extravía. Es más bien un espacio interior, sin ventanas que den a la mirada ajena, donde por fin uno escucha su propia voz sin que nadie la corrija ni la traduzca. Aprendí, casi sin proponérmelo, a caminar con una cadencia propia —la de quien ya no espera que otra sombra le dicte el rumbo—, confiando en esa voz que murmura verdades antiguas, sin urgencia, como quien ha dejado de tener prisa por convencer a nadie, empezando por sí mismo. Hay en eso una fuerza callada, no la del que ha vencido, sino la del río que encuentra su cauce y simplemente lo sigue.
No lo digo como quien proclama una victoria. Lo digo como quien constata, un poco sorprendido, que la urgencia de demostrarse ha ido cediendo sin aviso. Hubo un tiempo en que necesitaba que mis palabras convencieran, que mis decisiones resistieran el juicio ajeno, que la suma de mis años tuviera la coherencia de un argumento bien construido. Ya no. No busco el reconocimiento externo, que es siempre una moneda que vale menos de lo que parece. Me basta esta paz que he aprendido a habitar entre estas paredes —una claridad sin nombre donde mis miedos, cuando los nombro, pierden algo de su peso. La vida no se justifica con argumentos. Ocurre, y esa ocurrencia —con sus errores y sus tardes luminosas— es el único testimonio que vale.
Recuerdo a mi padre guardando silencio en la penumbra del corredor de la casa en Antioquia. Era un hombre que no hablaba mucho, pero tenía una manera de mirar las cosas —las herramientas en el patio, los árboles del fondo, el cielo antes de la lluvia— que entonces me parecía distancia y ahora reconozco como contemplación. La edad, por sí sola, no vuelve a nadie mejor ni más sabio; apenas acentúa, con una luz más cruda, lo que cada uno ha sido siempre. Mi padre no llegó a esa quietud: siempre fue ese hombre, y los años fueron haciéndolo legible, como una escritura que solo se descifra con cierta distancia. Quizás yo también estoy siendo descifrado, lentamente, por alguien que todavía no sé quién es.
He perdido mucho. No lo digo como queja; lo digo porque forma parte de lo que soy. Las personas que amé han tomado distancias diversas —algunas voluntarias, otras definitivas—, y los lugares que me vieron crecer los llevo en algún repliegue del cuerpo, no como herida sino como costumbre antigua, como el acento que uno no pierde aunque lo intente. Las cicatrices de otro tiempo ya no sangran como antes; son marcas que uno aprende a leer, señales de lo que resistió y de lo que, al resistir, dejó de doler de la misma manera. Incluso las versiones de mí mismo que construí con tanto esfuerzo —el hombre que quería demostrar algo, el que alimentó sus orgullos más tiempo del necesario— se han ido desprendiendo solos, como capas que el invierno disuelve sin pedirle permiso a nadie.
A veces me pregunto en qué momento empezó esta distancia. No hubo un gesto, ni una palabra, ni un portazo. Solo un deslizamiento lento, casi imperceptible, como si mis pasos se hubieran ido desviando sin consultarme. Nada en el mundo vale la pena como para alejarse de los que uno ama, y sin embargo, estoy apartándome, sin saber por qué. Tal vez porque hay heridas que no cicatrizan hacia afuera, sino hacia adentro, empujando todo lo que tocan.
El peso vuelve una y otra vez, como si conociera el camino de regreso mejor que yo mismo. Se posa en el corazón con la suavidad de algo que lleva demasiado tiempo ahí, se desliza por la vida sin anunciarse y en el alma late con esa insistencia que uno aprende a reconocer incluso en la oscuridad. A veces pienso que nunca se fue, que simplemente espera el momento de recordarme su presencia, como si fuera parte de mi sombra. Y cuando regresa —porque siempre regresa— trae consigo la sospecha de que quizá eso es lo único que queda de mí: ese peso que me acompaña desde quién sabe cuándo, ese pulso que vuelve sobre sí mismo, que me rodea, que me nombra, y que termina devolviéndome a un lugar que todavía no termino de reconocer del todo.
Pero hay cosas que permanecen de otra manera. No con la solidez de los monumentos, sino con la constancia de lo que realmente importó: lo que fuimos capaces de amar, lo que aprendimos del dolor —no como lección sino como marca—, la memoria de ciertos rostros que pronunciaron nuestro nombre con cariño y que ahora viven en ese territorio sin geografía donde habitan los que ya no están.
El desapego del que hablo no es indiferencia. No es la frialdad de quien ya no espera nada. Es más bien una forma de mirar sin aferrar, de recibir sin exigirle a lo recibido que permanezca. Como cuando se sostiene agua en las manos —unos segundos, nada más— y uno siente todo su peso antes de que se vaya.
Hay días en que salgo a caminar por estas calles y me sorprende la ligereza con que ahora observo el mundo. Los jóvenes pasan hablando de futuros que todavía creen ilimitados. Los viejos caminamos más despacio, no porque hayamos perdido el sentido de la urgencia, sino porque aprendimos que la urgencia fue durante mucho tiempo una respuesta al miedo, y que el miedo, con los años, ha ido perdiendo parte de su poder sobre nosotros.
Esta tarde el cielo adquirió ese azul profundo que solo existe en los inviernos del norte, justo antes de que la oscuridad se instale. Me quedé mirándolo desde la ventana hasta que las farolas comenzaron a encenderse, una a una, como si la ciudad se recordara a sí misma. Y pensé que así funciona también la memoria: no como un archivo ordenado sino como esas luces que se encienden solas cuando la oscuridad llega, sin que nadie les pida que alumbren.
Todavía hay preguntas que no sé responder. Todavía hay cosas que duelen si las toco demasiado directamente. Pero ya no necesito resolverlo todo para seguir viviendo. He aceptado —o quizás simplemente aprendido a habitar— que la vida no se entiende de una vez y para siempre. Se vive como se vive este apartamento: con sus corrientes de aire y su luz de invierno, con sus silencios que a veces parecen llenos de algo que no tiene nombre.
Escribo estas líneas y afuera la nieve ha vuelto a caer. Mañana las calles estarán cubiertas otra vez, y la ciudad tendrá esa pausa blanca que me recuerda, cada vez, que el mundo sabe reiniciarse solo. Yo también he aprendido algo de eso. No sé si es suficiente. Pero es lo que hay, y por ahora es más que bastante.
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