Capítulo 9 El Centinela del Olvido

 

Capítulo 9

El Centinela del Olvido

Existe un territorio invisible al que se llega sin mapas ni brújulas. No aparece en los atlas ni en los discursos de los médicos, pero todo hombre que envejece termina cruzando sus fronteras con los inviernos acumulados en las sienes.

Al principio no me doy cuenta. La vida continúa con su ruido habitual: los autobuses pasan, los edificios se iluminan al anochecer, la ciudad sigue respirando con la misma indiferencia de siempre. Pero algo imperceptible empieza a cambiar en el interior. Las voces que antes me rodeaban se van apagando una a una, como lámparas que alguien olvidó encendidas en habitaciones lejanas.

Entonces aparece la soledad.

No la soledad dramática que temía de joven —esa que llegaba envuelta en urgencia y en miedo—, sino otra más silenciosa. Una soledad que se instala en los huesos con la naturalidad con que el musgo reclama las piedras viejas.

A esta edad habito una casa distinta. No me refiero al apartamento de la rue De Rigaud —aunque también—, sino a la casa interior que el tiempo ha ido construyendo dentro de mí. Tiene pasillos largos, habitaciones llenas de ecos, ventanas desde donde se ve un paisaje que ya no existe fuera.

En esas habitaciones viven los rostros que antes poblaban las mesas familiares, los domingos ruidosos de Colombia, las conversaciones que duraban hasta que la noche enfriaba los vasos. Pero esos rostros han comenzado a evaporarse lentamente, como fotografías antiguas expuestas demasiado tiempo a la luz.

Y descubro, con una mezcla de serenidad y desconcierto, que me he convertido en algo inesperado: el último guardián de un pequeño reino de memorias.

Camino por el apartamento en silencio y escucho mis propios pasos. El sonido rebota en las paredes con una cadencia extraña, como si alguien marcara el tiempo desde el otro lado de la casa. Antes ese eco se mezclaba con otras voces. Ahora me pertenece.

A veces pienso que envejecer consiste precisamente en eso: en volverme custodio de historias que ya nadie recuerda con la misma precisión. Los nombres que para otros son apenas palabras borrosas, para mí siguen teniendo peso, temperatura, respiración. Recuerdo el color de ciertos atardeceres en Antioquia. El sonido de la lluvia cayendo sobre los techos de zinc. El olor de la tierra húmeda después de una tormenta. Recuerdo voces, gestos, risas que ya no existen en el mundo visible pero que siguen caminando conmigo por estos pasillos interiores.

A veces intento explicarlo y descubro que las palabras se vuelven torpes. Hay cosas que no tienen traducción: el peso exacto de una tarde ocurrida hace sesenta años, la forma en que una voz ya desaparecida sigue viviendo en el oído como una nota que nadie tocó del todo.

Los recuerdos se parecen a monedas antiguas. Tienen un valor inmenso para quien los conserva, pero resultan incomprensibles para quienes ya no usan esa moneda. El pasado se convierte así en un territorio privado al que puedo entrar cerrando los ojos, respirando despacio, mientras los demás solo ven una verja cerrada desde afuera.

Llevo cosido en algún lugar del pecho un mapa que durante años preferí no abrir. No pesa, y tal vez por eso tantas veces lo dejé doblado, olvidado entre los pliegues de los días que no quería tocar. He pensado mucho en eso: en cómo no es el pasado lo que encadena, sino ese hueco que a veces elegí preservar, esa zona de silencio voluntario que de tanto ignorarla terminó volviéndose laberinto. Creí que olvidaba para sobrevivir. Y quizás al principio fue así. Pero hay recuerdos que no se borran del todo: se quedan esperando bajo la piedra del camino, y tarde o temprano tropiezo con ellos sin entender por qué, sin reconocer que llevan grabado un nombre que yo mismo elegí no pronunciar.

He aprendido a caminar por ese territorio con cuidado. No todos los recuerdos necesitan ser visitados todos los días. Algunos conviene dejarlos dormir bajo la tierra, como semillas que germinan solo cuando llega la estación correcta. La vejez enseña también esa prudencia: dejé de luchar contra el paso del tiempo y empecé a observarlo desde la orilla.

El mundo continúa su marcha con una energía que ya no me pertenece del todo. Los jóvenes caminan deprisa, hablan deprisa, aman deprisa por las calles de Montreal como barcos que cruzan el océano sin mirar las islas pequeñas. No es crueldad. Es simplemente la ley silenciosa del tiempo, que avanza hacia lo nuevo con la misma indiferencia con que el río olvida las piedras que dejó atrás.

Pero en esa aparente invisibilidad encuentro una forma inesperada de ligereza. Ya no hace falta competir con el ruido del mundo. La vida se vuelve más transparente, como si el aire circulara mejor entre las habitaciones del alma. Y las memorias más dolorosas comienzan a perder sus bordes afilados; las culpas se vuelven menos pesadas. Incluso los errores —aquellos que durante años parecieron montañas imposibles de mover— empiezan a verse como colinas lejanas en el paisaje.

Por eso ya no temo tanto a la soledad.

La soledad de esta edad no es un desierto. Es más bien un archipiélago poblado de presencias invisibles: una risa que vuelve de pronto, una canción escuchada hace medio siglo, el gesto de alguien que ya no vive pero que aparece en la memoria con la nitidez de algo recién ocurrido. He aprendido a convivir con esos visitantes. No irrumpen: llegan despacio, como llega la tarde.

Cuando cae la noche sobre Montreal —esa noche larga del norte que no tiene prisa— me siento frente a la ventana del apartamento y observo cómo las luces de la ciudad se encienden de a una. Cada ventana iluminada es una vida. Cada vida, un pequeño universo que también un día se convertirá en recuerdo para alguien que todavía no ha nacido.

Y mientras pueda todavía ver ese cielo encendiéndose, seguiré aquí, cumpliendo este oficio silencioso que no elegí del todo pero que me eligió a mí: el de centinela. El de guardián de un reino pequeño que el mundo, sin saberlo, continúa respirando en algún lugar.

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