Capitulo 29 El transeúnte de la bruma


Capitulo 29

El transeúnte de la bruma

Hay tardes en esta ciudad de Montreal en que el aire se vuelve una exhalación profunda y lenta, un suspiro de piedra que emerge desde las aceras donde el invierno permanece agazapado, esperando su turno para devorarnos. Hoy he salido del apartamento 413, no con la altivez de quien busca conquistar imperios, sino con la humilde urgencia de quien sale a negociar su rendición con el Tiempo. Camino por la calle De Rigaud y el asfalto me devuelve un eco antiguo; ya no soy un transeúnte, sino un intruso que camina sin permiso por las estancias de un pensamiento ajeno.

Las vitrinas de los comercios tiritan bajo el reflejo de vidas que no me pertenecen. Observo a los otros —esos seres urgentes que compran, que venden, que conspiran contra el reloj— mientras la aguja de plata del minuto exacto se clava, con una puntualidad que me resulta ofensiva, en el costado mismo de mi sombra. La ciudad es hoy un animal herido de eternidad que respira con una fatiga de siglos. Me detengo ante los balcones y en cada uno descubro una liturgia doméstica: una camisa que se rinde al viento, una maceta que ha muerto de frío, una bicicleta pequeña que es el fantasma de un verano que no volverá. Cada balcón es una historia suspendida, un secreto que gotea sobre el pavimento húmedo.

Avanzo ligero de equipaje, pues hace tiempo que el Tiempo me obligó a soltar el lastre de las certezas y el metal oxidado de las ambiciones. Sin embargo, voy cargado hasta la médula de una sustancia que pesa más que el plomo: la Memoria. Bajo mis pasos, el suelo guarda la temperatura de todas las huellas que se han perdido en la bruma: amantes que se juraron eternidades de cristal, inmigrantes que trajeron su patria doblada en el pecho como un pañuelo de duelo, y hombres que, como yo, han aprendido que el destino no es un camino, sino un naufragio lento hacia la propia esencia.

Me pregunto si estas calles me recordarán cuando el silencio se adueñe del todo de mi nombre. Sé, con una certeza que hiela la sangre y aclara el juicio, que si alguien gritara hoy mi nombre en esta esquina, no escucharía una voz, sino el rebote de un eco contra los muros del olvido. Si alguien decidiera esperarme donde siempre, no encontraría a un hombre de carne y hueso, sino a esta bruma que camina aprendiendo la delicada, casi sagrada, tarea de desaparecer.

Pero incluso en este despojo, una sonrisa secreta florece en mi pecho. Porque entiendo que la bruma también es una huella, un rastro invisible en el aire gélido de Quebec. Quizás mañana, alguien que camine por esta misma acera sienta un escalofrío repentino, una calidez inexplicable en medio de la nieve, y sepa que no está solo. Sabrá que por aquí pasó un hombre viejo, un transeúnte de la nada, que amó la vida con la misma intensidad con la que hoy se entrega a su misterioso desenlace.

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