Capitulo 30.... El Jardín de las Puertas Invisibles
Capítulo 30
El Jardín de las Puertas InvisiblesMe miro al espejo y descubro, con una mezcla de asombro y resignación, lo que los años han ido esculpiendo en mi rostro. El Tiempo —ese artesano silencioso que trabaja incluso mientras dormimos— ha tallado mis rasgos sin pedirme permiso, como si mi piel fuera un mapa que él necesitara corregir a su antojo. A veces pienso que mientras yo vivía, él se entretenía en mis mejillas, mis párpados, mis manos, como un niño que dibuja sobre la arena húmeda antes de que la marea borre todo.
Ahora que reviso mi vida, como quien abre un baúl lleno de cartas amarillentas, comprendo que nunca tuve el control absoluto. Al final, somos arena obediente que la corriente arrastra hacia un silencio que no elegimos. Y sin embargo, en ese arrastre hubo momentos de luz, de fuego, de ternura, como si el universo quisiera recordarme que incluso la arena puede brillar cuando el sol la toca.
Mi vida no fue un camino recto ni libre, sino un jardín lleno de puertas invisibles. Algunas se abrían solo cuando yo no estaba mirando; otras se cerraban con un suspiro apenas audible, dejándome del lado equivocado sin que pudiera hacer nada. Recuerdo noches enteras caminando entre esas puertas, sintiendo que alguna debía conducirme a un lugar donde por fin pudiera descansar. Pero muchas veces, al acercarme, la puerta se desvanecía como un espejismo, dejándome con las manos extendidas hacia la nada.
Con los años aprendí que muchas de esas puertas no eran del mundo, sino mías: puertas que no vi, que no quise ver, o que me dio miedo tocar. Algunas estaban cubiertas de maleza emocional; otras tenían cerraduras que yo mismo fabriqué con mis dudas. Y hubo puertas que se abrieron demasiado tarde, cuando ya no tenía fuerzas para cruzarlas.
No deseo que me recuerden con tristeza ni con lágrimas que pesen como piedras. Prefiero que me piensen como una lluvia suave que humedece la tierra y se marcha sin hacer ruido, dejando apenas un aroma de frescura. Quisiera ser una huella tibia, no una herida. Caminé por rutas ásperas, abrí senderos con mis propias manos —estas manos que hoy tiemblan como hojas cansadas— y aun así seguí avanzando. En ese trayecto, el Destino siempre fue un paso por delante, marcando mis pasos antes de que yo supiera hacia dónde me dirigía. A veces lo veía de reojo, como una sombra que se movía entre los árboles; otras veces lo sentía respirando detrás de mí, empujándome hacia decisiones que no entendía.
“Arrepentirse es llorar por las personas que pudimos ser y que dejamos morir por miedo.”
Cargo con el peso de lo que no hice: las palabras que me tragué por orgullo, las oportunidades que dejé escapar como trenes nocturnos que pasan una sola vez. Recuerdo uno de esos trenes: lo vi detenerse frente a mí, iluminando la estación vacía con una luz amarilla y temblorosa. Escuché la puerta abrirse, como invitándome. Pero mis pies se quedaron clavados al suelo, y cuando el tren partió, sentí que se llevaba una versión de mí que nunca conocería.
Mi Memoria, que a veces es cruel y otras veces compasiva, me recuerda que el pasado es un país al que ya no se puede regresar. Por más que rece, suplique o me lamente, no puedo hacer germinar una semilla que nunca me atreví a plantar. Y sin embargo, hay noches en que cierro los ojos y veo ese país a lo lejos, como una isla rodeada de niebla. Escucho voces, risas, pasos que ya no son míos. Pero cada vez que intento acercarme, la isla se aleja un poco más.
Aun así, con mis torpezas y mis sombras, intenté cuidar a los demás. Sostuve el dolor ajeno con el mismo cuidado con el que se sostiene un vaso de agua en plena oscuridad, temiendo derramarlo. Recuerdo rostros que se apoyaron en mis hombros, manos que temblaron entre las mías, silencios que compartimos sin necesidad de palabras. Si alguna vez fui refugio para alguien, si logré que un corazón se sintiera menos solo, entonces mi vida habrá tenido sentido.
Luché mis batallas internas contra la tristeza, contra ese vacío que a veces se instala como un huésped silencioso, y traté de que el amor circulara, para que no se estancara ni se pudriera en rincones olvidados. Hubo días en que el amor era un río generoso, y otros en que apenas era un hilo de agua que yo mismo tenía que proteger del viento.
Hoy, mis errores y mis pérdidas son cicatrices que ya no duelen, pero brillan cuando la nostalgia me roza. Me enseñan que vivir es, en esencia, aprender a elegir qué cosas estamos dispuestos a dejar ir sin rompernos. Y también qué cosas debemos sostener aunque nos corten las manos.
Si mi recuerdo se volviera frío o pesado, preferiría que me olvidaran. No hay castigo más triste que atravesar el mundo sin haber iluminado el camino de nadie. Pero mientras siga respirando, confío en que algo de mí quedará suspendido en el aire. Tal vez una palabra, un gesto, una mirada que alguien recuerde sin saber por qué.
Hay personas que no desaparecen del todo; se quedan en el viento, en la luz que entra por una ventana, en esa sensación inexplicable de saber que, a pesar de todo, fuimos amados. Y si algo de mí logra quedarse así —como un susurro, como un destello, como un perfume que no se sabe de dónde viene— entonces habré vivido lo suficiente.
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