20 El diálogo con la penumbra

Capítulo 20


El diálogo con la penumbra

Contemplo el vacío desde esta ventana del cuarto piso y en él, sorprendentemente, me reconozco.

Montreal respira en voz baja. La nieve se posa sobre los techos con la paciencia de quien ya no necesita demostrar nada, y yo la observo como si mirara caer los años uno por uno, sin prisa, sin lamento. Hace ya algún tiempo —no sé si meses o estaciones— que tomé la determinación de entregarme al ejercicio de la escritura. No fue un gesto literario ni una ambición tardía. Fue una forma rudimentaria de respiración: una máscara de oxígeno hecha con palabras torpes y una caligrafía que temblaba más por dentro que por fuera.

No escribía para dejar obra. Escribía para no dejar un silencio todavía más pesado a quienes amo.

Al principio lo hacía como quien se asoma al borde de un edificio muy alto y siente el vértigo subiéndole por las piernas. El abismo se instaló a la distancia justa: no tan lejos como para olvidarlo, no tan cerca como para obligarme a saltar. Cada noche regresaba como un perro viejo que conoce el camino de la casa. Se echaba a los pies de mi cama y me susurraba opciones que parecían definitivas. Yo fingía dormir.

Con cada amanecer despertaba más iracundo. La luz del día me parecía un insulto educado: los buses pasaban, la nieve se derretía lentamente, la ciudad cumplía con su rutina impecable… y, aun así, algo en mí se desmoronaba sin hacer ruido. Los demonios interiores —esos que aquí aprendieron a caminar sobre hielo sin resbalar— ganaban terreno en los mapas de mi mente. Me hablaban en español, en francés mal pronunciado y, a veces, en el silencio más puro, que es el idioma al que más temo.

Fue entonces cuando entendí que escribir no era una elección, sino un naufragio necesario. Cada palabra sobre el papel era una brazada torpe para no hundirme. Hay confesiones que no sabía que me habitaban hasta que las escribí. No llegaron como ideas, sino como un temblor. Como un murmullo que llevaba años buscando una grieta para salir.

Al comenzar a trazar estas líneas, rudas y carentes de artificio, tropecé con una verdad inquietante: el hombre es un ser que lleva en su pecho dos vidas enfrentadas. He descubierto que el mundo está poblado por almas que, como la mía, transitan por la selva de cemento ocultando bajo una máscara de normalidad el fragor de una batalla interna. Todos forzamos la cordura hasta sus límites más extremos para no ser devorados por la maquinaria de la existencia exterior. Hay que responder que todo bien. Hay que agradecer en los dos idiomas. Hay que planchar la camisa sobre la tormenta y cuidar que no se note el naufragio en la mirada.

Cuando me atreví a mostrar esas letras desiguales, esas frases que yo mismo llamaba amateurs para protegerlas del juicio ajeno, descubrí que no estaba solo en aquella oscuridad. Éramos muchos los que habitábamos una doble existencia.

Sería una falta de honestidad espiritual afirmar que he alcanzado la paz o que mis sombras se han disipado. Nada de eso ha ocurrido. El camino hacia uno mismo es solitario y a menudo doloroso. Mis demonios no se han ido. Siguen aquí, sentados conmigo a la mesa de los días. Pero ahora les he asignado un lugar en el banquete de mi soledad. Ya no gritan. Observan. Y en esa convivencia extraña he descubierto una forma inesperada de paz.

A veces la escritura te muestra lo que escondiste incluso de ti. Te desnuda con una frase, con una imagen que no sabías que recordabas, con un dolor que creías superado. Me sorprende descubrir que algunas verdades no estaban enterradas: estaban esperando. Esperando que yo tuviera el valor —o el cansancio suficiente— para mirarlas de frente. Cuando la tinta se vuelve espejo, uno entiende que escribir no es un acto de valentía, sino de rendición. Rendirse a lo que uno es. A lo que fue. A lo que todavía duele.

En el límite de lo visible, aparece Sombra. Un gato negro de humo que se acurruca sobre mis piernas mientras la tarde se desvanece tras los edificios. Con él sostengo diálogos que no necesitan voz. Él entiende el lenguaje de mis silencios.

La soledad también ha cambiado de rostro. Antes era un cuarto oscuro. Ahora es una lámpara tenue. Se sienta conmigo en los cafés, observa el desfile manso de abrigos y bufandas, y me recuerda que hay una parte de mí que se quedó en otra ciudad, en otro idioma, en otro tiempo que ya no existe. He tenido que aprender a vivir como un árbol trasplantado: con raíces viejas en una tierra nueva, aceptando que ninguna pertenencia será completa.

En este crepúsculo de mi vida, aguardo el encuentro con la muerte no con el terror del ignorante, sino con la serena curiosidad de quien espera a una vieja conocida. La imagino paciente, casi comprensiva, capaz de encontrarme un día escribiendo una frase a medio terminar. Me gustaría que me viera así: ocupado en hacer un poco más habitable la oscuridad, aunque sea con la luz tenue de un párrafo.

Sigo escribiendo para no caer. Para honrar lo que he sido. Para decirme, con esta serenidad aprendida a fuerza de inviernos, que no he vivido en vano.

Y si alguna mano del futuro encuentra estas líneas —o si nadie las lee jamás— ya no importa tanto. Lo que importa es que la penumbra sigue saliendo en forma de palabras. Y que mientras ocurra, algo en mí permanece encendido, aunque sea apenas: una vela pequeña en un cuarto grande, parpadeando sin apagarse del todo.

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