Capítulo 22- La esperanza: huésped sin permiso

Capítulo 22

La esperanza: huésped sin permiso

Hoy me miro al espejo y encuentro un mapa de sequías. Las arrugas surcan mi rostro como lechos de ríos antiguos que, aunque olvidaron el agua hace tiempo, custodian en su cauce el sedimento de todo lo vivido. Afuera, el frío golpea el vidrio con la insistencia de un cobrador paciente. Y yo, quieto en esta penumbra de Montreal, he terminado por comprender algo que me tomó setenta años entender: la esperanza nunca me perteneció. Ella simplemente decidió habitarme.

Se instaló sin pedir permiso, como se instalan las cosas verdaderas. La he sentido respirar en las noches en que la vida parecía haberse quedado sin adjetivos, y he visto cómo se ponía de pie entre las ruinas de mis naufragios cuando solo quedaba el polvo y ese silencio espeso que dejan los adioses que no admiten respuesta. No es un sentimiento que uno cultiva ni una virtud que se ejercita. Es más parecida a la raíz: trabaja bajo tierra, invisible, sin necesitar del sol para seguir empujando.

La vida defendiéndose de sí misma. Una fiera mansa, pero invencible.

En su terquedad me reconozco. Soy este hombre que tropezó hasta gastar el suelo, que perdió jirones de alma en cada frontera cruzada, en cada idioma aprendido a costa del primero, en cada invierno que llegó sin avisar. Y sin embargo, sigo arrastrando los pies por el pasillo hacia la cocina, hiervo el agua, espero. No por valentía —esa palabra me suena hoy a metal hueco— sino por algo más profundo y menos glorioso: porque la esperanza insiste en empujarme las vértebras. Ella no entiende de estadísticas. Es un fuego clandestino que no busca el aplauso, una brasa que arde sin testigos en el centro del pecho.

Hay tardes en que el cansancio pesa como si cargara todas las piedras del camino andado. Tardes en que siento que el mundo zarpó mientras yo miraba por la ventana, dejándome en el muelle de los rezagados. Pero entonces algo me toma del brazo —sin nombre, sin forma— y me recuerda con una ternura sin origen que todavía hay palabras que esperan en la punta de la pluma. Que hay pasos que aún no han probado ningún suelo conocido. Que el tiempo, ese río que creí haber comprendido, sigue corriendo por debajo de mis pies aunque yo permanezca quieto.

No es mía, ni tuya. Es un río subterráneo que nos atraviesa y nos arrastra hacia adelante incluso cuando juramos, con toda la convicción del agotamiento, que ya no podemos más. El hilo de Ariadna que tejemos con manos temblorosas, sin saber muy bien hacia dónde conduce el laberinto.

Quizás por eso persisto en este oficio de escribir. Porque en cada trazo descubro que mi historia no es más que un intento de honrar ese don que nunca pedí. La tarde se posa sobre la mesa como un pájaro que pliega las alas buscando su rama, y yo comprendo —con la lentitud apacible que solo da la vejez— que la esperanza no promete la orilla. No asegura el sol. Solo nos invita, con una voz más tenue que el roce de la seda, a dar un paso más sobre la nieve.

Me quedo quieto con la pluma suspendida. El último rayo de luz se retira de la mesa con la discreción de quien no quiere hacer ruido al irse.

Entonces, Sombra.

Aparece como siempre aparecen las cosas que uno ha inventado para no estar tan solo: sin anuncio, con una certeza que desafía toda lógica. Se materializa junto al estante de los libros viejos y avanza con ese caminar de humo que tienen los gatos nacidos de la meditación. Salta sobre la mesa, y su peso —tibio, extrañamente real— se asienta sobre mis manuscritos. Sobre las palabras que acabo de escribir.

No maúlla. Los gatos que uno inventa no necesitan de sonidos terrenales.

Me mira con sus ojos de ámbar encendido: dos faros pequeños en la penumbra del apartamento 413. En su mirada hay algo que reconozco como sabiduría antigua, la de quien sabe que la oscuridad no es lo contrario de la luz, sino el vientre donde esta se gesta.

Sombra no viene a consolarme.
Viene a vigilar.

Cuando percibe que mi mano se detiene demasiado tiempo sobre el papel, avanza con la lentitud ceremonial de los seres que conocen su misión. Empuja la pluma con la cabeza. La desplaza apenas. Pero ese gesto mínimo basta para recordarme que la esperanza no llega para aliviar el cansancio: llega para impedir la rendición.

A veces borra con su cola una frase que me parecía definitiva.
O se instala sobre la página en blanco como si custodiara un territorio sagrado.

Entonces comprendo —con una claridad que no sabría explicar— que mientras ella permanezca aquí, no me será permitido clausurar la historia.

La esperanza no promete finales felices.
Solo vigila que uno no abandone la tarea de seguir viviendo.

Acomodo los anteojos. Afuera, Montreal se cubre despacio de blanco, y el tiempo sigue su marcha hacia ningún lado en particular. Pero aquí adentro, entre un gato de humo y un hombre que no termina de despedirse de nada, algo permanece: no la certeza, no la promesa, sino ese pulso secreto que se niega a callarse.

Cierro el cuaderno…
aunque no del todo.

La lámpara sigue encendida.
La pluma descansa, pero no se rinde.

Y Sombra, inmóvil sobre la mesa, parece esperar la próxima frase.

Comentarios

Entradas populares de este blog

* Prólogo - Antes de entrar al jardín

^Capítulo I - El jardín de lo vivido

^ Capítulo 2 - Carta a quien llega cuando yo me vaya