Capítulo 24 - Bajo la lámpara del tiempo
Capítulo 24
—Bajo la lámpara del tiempo
La noche cae sobre Montreal como un párpado pesado. Bajo esta lámpara vieja, que apenas sostiene una luz débil y temblorosa, el tiempo se sienta frente a mí. No tiene cara ni habla con palabras, pero lo reconozco en su manera de respirar: en el tic-tac del reloj que suena sobre el silencio, en el crujido de mis huesos cuando me muevo —ramas secas que se quejan del viento—, en los recuerdos que llegan con más fuerza que lo que sucede ahora mismo.
La memoria es frágil. Se empaña con el aliento del tiempo como ese cristal de la ventana que cada mañana amanece opaco y hay que limpiar con el puño de la manga para ver la calle. La vida transcurre con tal premura que apenas alcanzamos a entrelazar los hilos invisibles que unen los acontecimientos. Todo sucede como un río desbordado: nos arrastra sin darnos tregua, y solo en el silencio posterior, mucho después, descubrimos que cada instante estaba cosido con los anteriores de maneras que no supimos ver en su momento. He entendido que el tiempo no se cuenta con relojes, sino con esas memorias que uno lleva debajo de la piel arrugada: páginas que nadie más leerá, escritas con tinta que solo se descifra en la quietud de la noche.
El tiempo no es un verdugo que golpea fuerte. Lima despacio, acaricia, insiste gota a gota. Va moldeando la cara hasta dejarla como un mapa de caminos andados: surcos que cuentan viajes largos, amores que se fueron, silencios compartidos. Las manos ya no aprietan con fuerza de joven; ahora tocan el aire con una especie de calma que antes confundía con resignación y que ahora, con más años encima, reconozco como otra cosa: algo parecido al agradecimiento, aunque no del todo. Yo, viejo solo en este apartamento del 413, me dejo moldear sin pelear. En cada marca hay una historia que no se borra: el peso de la maleta con la que crucé el mar, el roce de una mano de niño que se alejó muy pronto, el frío de esta ciudad que al principio me rechazó y después me fue aceptando, despacio, a regañadientes, como se acepta a alguien que llega sin ser invitado y termina quedándose.
Envejecer es aprender a soltar. No con discursos ni con la serenidad que uno finge a veces frente al espejo. Con una tranquilidad más rara, más irregular, que llega por momentos y se va también. Lo que antes era urgencia —correr contra el mundo, gritarle al destino— ahora es un eco que se pierde en la penumbra, como humo de un fuego que ya nadie recuerda por qué empezó.
Con los años, el tiempo deja de ser una línea y se vuelve un cuarto en penumbra donde todo lo vivido respira conmigo. El futuro ya no es una avenida interminable, sino un pequeño claro al final del pasillo, suficiente para sentarse un momento y escuchar cómo cae la luz. Descubro que no hace falta perseguir cada novedad, ni abrir todas las puertas. Hay una serenidad inesperada en aceptar que lo esencial ya pasó por mis manos, que lo que queda por venir cabe en el bolsillo interior del abrigo. Y aun así, ese espacio pequeño basta: allí también puede florecer algo.
Hay noches en que miro pasar los trenes que antes corría a alcanzar con el corazón agitado. Ya no corro detrás. Los veo irse con una paz que no tenía cuando era joven y Medellín ardía en mi pecho, mientras Montreal era apenas un nombre en un papel de permiso que alguien firmó sin mirarme a los ojos. Agradezco haber subido a algunos vagones —no a todos—, y haber aprendido, a fuerza de equivocarme, que un momento vivido de verdad pesa más que un año atravesado sin sentir nada. Como una chispa que alumbra más que una bombilla vieja titilando en la noche fría.
El invierno de Montreal, con su nieve que lo tapa todo, me ha enseñado a encontrar calor en cosas pequeñas: el vapor de un café que pido en francés torpe, el brillo del río que parece no importarle el desarraigo de nadie.
Converso con Sombra. No sé si el gato es de verdad o solo imaginación mía; a estas alturas tampoco me parece que importe mucho saberlo. Nunca maúlla, nunca pide nada; se queda ahí, mirándome con esos ojos que parecen entenderlo todo sin necesidad de que yo explique. A veces siento que me aconseja sin hablar: que espere, que no me apure, que mire lo que tengo cerca. Sombra ha visto el orgullo herido del que llegó de exiliado y la culpa callada por haber dejado un país que sufría. Sabe que uno va cambiando de formas, que la pasión que casi me quemó en noches sin dormir se vuelve con los años una brasa tibia. Que lo que parece pérdida es a veces solo un cambio de forma: el cuerpo que envejece hablando otra lengua, el lazo con el hijo que se estira en la distancia sin romperse del todo.
Bajo esta lámpara que zumba como un insecto cansado, la soledad no es lo que creía que era. No es un pozo oscuro. Es otra forma de compañía: alguien que escucha sin interrumpir. El silencio no me asusta; me acompaña con paciencia, como los ríos que esperan la primavera sin saber exactamente cuándo llegará. En ese silencio las cosas se van acomodando solas, los años encuentran su lugar en algún estante invisible que nadie ve pero que existe. Este edificio de diecisiete pisos, con pasillos que tragan los pasos, es mi mundo ahora: vecinos que se van sin ruido, luces que se apagan en ventanas lejanas. Vi partir a Douglas McWilliams, el ingeniero irlandés de mirada esquiva; cayó en su apartamento un martes sin anuncio previo. Su ausencia pesa más que las charlas que teníamos en el mercado los sábados.
Así estoy esta noche: viejo pero vivo, solo pero acompañado por este huésped que no se va nunca —el tiempo que me mira sin ojos, y yo le respondo sin voz, en una tregua que no necesita testigos.
Algo me sacó de la tierra caliente y me plantó en esta tierra fría, y en el camino me mostró cosas que no termino de entender: el orgullo del que se fue, la identidad partida que ya no cabe entera en ningún lugar. En todo lo que no se dice —las cartas que no abrí, los regresos que fui dejando para después— hay algo que no sé nombrar bien.
En cada noche que me queda, mientras la ciudad duerme bajo la nieve y las sombras respiran conmigo, trato de agradecer el milagro de seguir aquí, aunque sea un rato más, en el borde del silencio donde la vida todavía murmura algo que no siempre entiendo.
La lámpara titila otra vez. Cierro los ojos y recuerdo mañanas de luz en Medellín que todavía busco, sin encontrarlas, en el techo blanco de este cuarto.
Sombra se acurruca en mi mente, sin ruido, y espero el alba.
Comentarios
Publicar un comentario