Capitulo 25 - Aguzando los oídos al susurro del tiempo

 

Capitulo 25

Aguzando los oídos al susurro del tiempo

Y en ese mismo gesto siento cómo el tiempo desciende por mi nuca como una respiración antigua —no para asustarme, sino para susurrarme aquello que he tardado toda una vida en comprender: que casi todo lo que creí mío no era más que un murmullo prestado por la eternidad.

ENVEJECER

Las bagatelas que la juventud veneraba —lo descubro ahora con una sonrisa leve— también yo las veneré con devoción casi sagrada.
Hubo un tiempo en que mis manos alisaban la camisa recién planchada como si en ese gesto pudiera ordenar el destino; en que el brillo de los zapatos era una declaración de principios, una pequeña victoria contra el polvo del mundo; en que el perfume barato y la loción bien aplicada parecían abrirme puertas invisibles.

Medellín vibraba entonces como una guitarra tensada al borde del llanto, y yo caminaba por sus calles con la sensación de portar una armadura hecha de sueños y temeridades.

Y sí… estaban las muchachas.
Con sus risas que prometían eternidades breves y sus ojos capaces de incendiar ciudades enteras dentro de mi pecho.

Vivía convencido de que la vida era una conquista, un escenario donde uno debía brillar antes de que el telón cayera sin aviso.

Hoy, en cambio, contemplo a ese antiguo muchacho como se contempla una fotografía hallada en el fondo de una gaveta: con ternura, con asombro, con una gratitud que no necesita explicación.

Nada queda ya —o casi nada— de aquel fervor.

Pero sólo ahora comprendo lo sabio de aquella ambición.

Porque no era la camisa impecable ni el zapato reluciente lo que yo perseguía.
Era el deseo de pertenecer al mundo.
Era el hambre silenciosa de ser visto.
Era el impulso secreto de dejar una huella, aunque entonces no supiera nombrarlo.

La juventud es un fuego hermoso…
pero no enseña a calentarse.
Sólo enseña a arder.

Con los años uno aprende otra alquimia.
Aprende que la vida no se sostiene con heroísmos visibles sino con pequeñas fidelidades: levantarse cuando nadie mira, amar cuando nadie aplaude, continuar cuando todo parece ya decidido.

Cierto que la elegancia, el vértigo y la magia pasan pronto.
El aplauso se vuelve eco.
La fuerza se convierte en recuerdo.
La prisa se transforma en pregunta.

Pero lo que otrora gané —creía yo— tampoco fue permanente.

La sabiduría, la virtud, los calcetines calientes…
¡Ah, también eso desapareció pronto!
La sabiduría se vuelve duda.
La virtud aprende a pedir perdón.
Los calcetines se agujerean sin previo aviso, como si el frío tuviera su propia paciencia.

Y sobre la tierra —sobre esta vida que creímos tan firme— comienza a cernirse el invierno.

No sólo el invierno que muerde los huesos con dientes de nieve.
Hay otro frío más hondo: el de las ausencias acumuladas, el de los nombres que ya nadie pronuncia en voz alta, el de las habitaciones que conservan la forma de quienes partieron, como si la memoria fuese un mueble que se niega a ser movido.

Sin embargo —y lo digo sin dramatismo— envejecer no es sólo perder.
Es también una revelación lenta, como el deshielo.

Magníficos para la gente vieja son la estufa encendida al anochecer y un café colombiano humeante que desata con dulzura los nudos del día.
Magnífica es la rutina humilde de preparar la taza, ordenar los papeles, mirar caer la nieve como si fuera la primera vez.
Magnífico es descubrir que el silencio no es enemigo, sino compañero.

Uno aprende a conversar con él.

Y sí… también lo sería una muerte dulce.
Sería hermoso irse como se apaga una lámpara al amanecer, sin estrépito, sin deuda, sin miedo.

Pero más tarde.

Hoy todavía no.

Hoy todavía escucho pasos en el pasillo de la memoria.
Hoy todavía el corazón insiste en latir como si tuviera asuntos pendientes.
Hoy todavía el mundo —con su ruido, sus luces y sus heridas— me parece un lugar digno de ser contemplado.

Porque mientras exista un recuerdo que quiera regresar, mientras una palabra pida ser escrita, mientras el amor continúe germinando en algún rincón invisible del alma… seguiré aguzando los oídos.

Acaso despierte ahora mi bisabuelo, dormido en la hondura de mil años, y al pronunciar mi nombre se encienda su sangre en la mía, como si el linaje fuera un espejo donde otra vida intenta reconocerme.
Acaso afuera aguarde un mensajero, y en cualquier instante irrumpa en mi estancia con una noticia que ya estaba escrita en el aire mucho antes de que yo aprendiera a temerla.

Acaso, incluso antes de que el día concluya, descubra por fin mi verdadera casa:
esa que no se construye con piedra ni madera,
esa que no tiene puertas ni ventanas,
esa que se levanta —silenciosa— con la certeza de que el destino, como un huésped antiguo, ya ha cruzado el umbral y me espera sentado en la penumbra.

Y mientras el recuerdo no se canse de volver,
mientras la palabra continúe tocando a mi puerta como lluvia leve,
mientras el amor siga germinando —terco y luminoso— en ese rincón invisible del alma…

seguiré aguzando los oídos.
Como quien aún presiente que la vida, en su último susurro, guarda una revelación que todavía no ha terminado de pronunciar.

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