Capitulo 27 - El reloj de las ausencias

Capítulo 27

El reloj de las ausencias

A veces me parece que envejecer es simplemente esto: entrar en un jardín cuando ya está oscureciendo. Las flores se han cerrado, los pájaros se han ido a saber dónde, pero queda en el aire un rastro, un perfume denso que solo se deja sentir cuando la luz escasea. Mi cuerpo se ha vuelto un mapa de ruinas que acepto sin demasiada queja. Cada arruga es un sedimento, y estos dolores que me visitan por las mañanas no son más que el eco de haber estado vivo con demasiada fuerza. Ahora me muevo con una lentitud que se me pega a la ropa, como esa niebla que baja del San Lorenzo y lo borra todo, convirtiendo mi vieja urgencia en esta quietud que a veces me asusta y otras me consuela.

Hoy, mientras miraba por la ventana, apareció esa mariposa amarilla. Venía dando tumbos, borracha de un sol que no le toca a esta altura del año. Me quedé observándola, con los ojos ya cansados de tanto buscar en el pasado, viéndola bailar frente a mis párpados caídos. Hay algo en su aleteo que me arrastra. Me recordé a mí mismo, hace una eternidad, canturreando entre los arbustos cuando todavía sentía que la tierra me pertenecía. El polvo de aquellos caminos se me quedó pegado al pelo para siempre, un sello que no se quita con los años. La luz aquí en el norte se ha vuelto fría, dura, como si el mundo se hubiera puesto de acuerdo para decirme, sin palabras, que las cosas se acaban.

Es una alegría extraña esta de la vejez, un poco como un animal que ya no quiere correr. Miro la fuente del patio y solo veo hojas secas, recuerdos que han perdido el color. El dolor ahora me llega así, maduro, desprendiéndose solo, y me digo que ya pasará, que es como esas tormentas que dejan las calles de Montreal extrañamente brillantes, llenas de reflejos que no comprendo. A veces, mis manos tiemblan y me traicionan; todavía tienen esa memoria terca de querer agarrar la herramienta, de querer arar una tierra que ya no me espera.

Pero por dentro, la cosa es distinta. El alma no se entera del calendario. Sigue suspirando por esos patios invisibles donde imagino a mis muertos charlando con los pájaros, sin prisa alguna. Siento la muerte cerca, pero no como un final, sino con esa misma paciencia de la mariposa amarilla que se mete en mi cuarto sin pedir permiso. La respiro. Es un aire nuevo, una promesa de que por fin podré soltar el peso. Las fiestas, los amores que me quitaron el sueño, las derrotas que me dejaron seco... ahora veo que todo fue un ensayo para este momento de claridad. Me miro en los cristales y veo al muchacho descalzo que fui, mientras la salud se retira como un invitado que ya cumplió su hora.

Tengo una tristeza que me nace de muy adentro, una especie de nieve que cae en silencio y lo apaga todo. En estas tardes de luz larga, las verdades se quedan ahí, desnudas, sin adornos. Mi vida no ha sido una gran epopeya; ha sido más bien el ruido de gotas golpeando la piedra, año tras año. Y el amor... ese cristal que siempre llevé en manos inseguras. Lo rompí tantas veces por puro silencio, por llegar tarde a las palabras. Siento todavía los pedazos bajo la piel, recordándome que el tiempo no perdona, pero tampoco olvida.

En esta soledad, que es afilada como el invierno de fuera, me he hecho amigo de la Memoria y del Tiempo. Son dos tipos graves que me llevan del brazo cuando el camino se pone pesado y me empujan suavemente hacia lo que viene. Ya no peleo con ellos. Me dejo llevar por los pasillos de este apartamento donde los objetos parecen saber más que yo. Quizás solo sea eso: llegar a un punto donde el silencio dice más que cualquier frase que yo pueda escribir.

La vida no se apaga de un solo golpe. Es más bien como un teatro que va bajando las luces poco a poco. Pero en esa penumbra queda un brillo, una certeza de que los milagros ocurren aunque nadie los mire. Mi reloj ya no cuenta minutos, cuenta ausencias. Y aquí sigo, a los setenta y tres, caminando encorvado entre lo que recuerdo y lo que me espera, convencido de que este instante, con su sol pálido y sus dolores, es lo único que de verdad tengo. He soltado las tonterías, las ganas de impresionar a nadie. Recibo mis achaques como quien recibe una herencia: es lo que me queda de haber vivido, y no me parece un mal trato.

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