Capitulo 33 El teatro sin ensayo del tiempo

Capítulo 33

Manual de uso para una sola vida

Siempre he caminado con la sensación de pisar un mapa dibujado a lápiz sobre hielo, un croquis tímido que se borra a mi espalda apenas apoyo el pie siguiente. No tuve nunca esa seguridad cuadrada de los que avanzan como si llevaran brújula suiza en el pecho y GPS incrustado en la frente; lo mío ha sido más bien un arte marcial del titubeo: dar un paso, esperar que el suelo no proteste y seguir fingiendo que sé a dónde voy.

Después de tantos años sigo convencido de que nacemos con un defecto de fábrica bastante serio: una sola vida en el inventario, sin manual de uso, sin opción de “versión beta” ni tutorial en YouTube para principiantes en humanidad. Me habría gustado poder llamar a un centro de soporte técnico de vidas anteriores, marcar la extensión adecuada y preguntar en qué siglo cometí este mismo error y cómo lo resolví entonces, pero el sistema operativo humano viene sin historial, sin botón de “deshacer” y, para completar la faena, con servicio al cliente permanentemente “ocupado”.

Camino por este mundo como un actor que entra a escena antes de tiempo: todavía con el guion doblado en el bolsillo, los lentes empañados y la camisa medio por dentro, medio por fuera del pantalón, mientras la luz ya cae sobre mí como un interrogatorio. El Tiempo, allá arriba en la cabina, es un técnico de iluminación que no sonríe nunca: sube y baja los focos con seriedad de cirujano, me empuja a escena sin preguntar si estoy listo y, para colmo, jamás se detiene a aplaudir mis improvisaciones. Uno hace lo que puede con esa platea invisible mirándolo desde la oscuridad, esperando coherencia de un hombre que apenas tiene bosquejos y letra mala.

A veces, cuando la tarde se espesa sobre Montreal y la nieve en la ventana parece papel cebolla pegado al cristal, me entra la tentación de creer que todo esto es apenas un ensayo general, una prueba de vestuario antes de la función verdadera. Me digo: tranquilo, esta vida es borrador, ya en la próxima corregimos las torpezas, afinamos las entradas, ajustamos los silencios, mejoramos el acento en francés. Ahí es cuando aparece ella, la Memoria, con su puntualidad de parienta incómoda: entra en mi cocina sin tocar la puerta, se sienta a mi lado con sus manos frías que huelen a naftalina, café recalentado y papel viejo, y me susurra, con ese humor suyo que roza la crueldad cariñosa:

—No te engañes, muchacho. No hay otra sala esperándote en la galería. Lo que dibujas hoy es el cuadro entero, aunque esté chueco. Es tinta china en papel de arroz: el viento se lo lleva igual, pero no hay segunda versión.

La escucho mientras el olor del café se mezcla con el del invierno que se cuela por la rendija de la ventana. Afuera, el viento arrastra pequeños remolinos de nieve como si borrara pizarras, y yo entiendo que mi mapa se está deshaciendo en tiempo real. No habrá copia de seguridad ni respaldo en la nube; a lo sumo, un par de anécdotas que alguien contará mal dentro de unos años.

Sin embargo, mis pies continúan. Hay en ellos una terquedad que no consultó conmigo: avanzan por puro instinto, como esos perros callejeros de barrio popular que siempre encuentran una esquina donde dormir, aunque les hayan cambiado de ciudad y de idioma. Camino por las aceras heladas de Montreal con esa dignidad un poco maltrecha de los que nunca se aprendieron del todo la coreografía, mientras el Tiempo me empuja por los hombros con una prisa que no comprendo, como un acomodador malhumorado que quiere vaciar la sala para la siguiente función.

A mi lado va la Memoria, fiel como una sombra que no ha leído el contrato. Recolecta mis suspiros como si fueran botones extraviados: un olor a sopa en invierno, una risa de mi hijo en el pasillo, una palabra en francés pronunciada a medias por una cajera del metro, el eco remoto de un “¿qué hubo pues, mijo?” oído en la fila del supermercado. Los guarda en su costurero invisible, junto con trocitos de Colombia que aún crujen cuando los toco por dentro: el polvo rojo de una carretera en temporada de verano, el mango maduro goteando sobre mis manos de adolescente, el acento de mi madre diciendo mi nombre completo solo cuando estaba en problemas de verdad, no cuando era solo travesura menor.

Entre los dos —Memoria y Tiempo— manejan la tramoya de esta obra. Yo solo salgo cuando me levantan el telón, repito mi parlamento lo mejor que puedo y procuro no tropezar con los muebles, que en mi caso suelen ser decisiones mal tomadas. A veces siento que me entregaron el papel cuando la función ya llevaba varios actos y tuve que aplaudir como si entendiera la trama; hay días en que sigo sin entenderla, pero ya es tarde para pedir sinopsis o cambio de elenco.

Quizás la belleza, si es que la hay, reside precisamente ahí: en que cada jornada huele a fruta que no volverá a colgar del mismo árbol, a pan recién horneado que se enfría mientras uno duda si comerlo ahora o guardarlo para después. Las mañanas saben a aire recién estrenado cuando abro la ventana y el frío me golpea la cara con la sinceridad brutal de los pocos amigos que se atreven a decirme la verdad.

Escribo mi vida con una pluma que no permite tachaduras: los errores quedan impresos con la misma obstinación que los aciertos, y ambos se secan al mismo ritmo sobre el papel de los días. Mientras tanto, el Destino —ese caballero silencioso que imagino sentado al fondo de la sala, con abrigo oscuro y bufanda, oliendo a lluvia vieja, a tabaco apagado y, de vez en cuando, a tinto de estación de bus— hojea el programa de mi obra, ya sabiendo el final. Me parece que sonríe a ratos, no con malicia, sino con la paciencia de quien sabe que, por más vueltas que dé el actor, terminará diciendo la última frase aunque no la recuerde.

Otras veces lo imagino menos elegante y más funcionario: un archivista distraído en un sótano administrativo del universo, lleno de carpetas grises. En una de ellas, con mi nombre mal escrito y un número de cédula que no es exactamente el mío, guardó mis días en hojas sueltas, mezcladas con documentos de otra vida. Tal vez por eso mi existencia avanza con la lógica de un expediente mal clasificado: amores que llegan en la página equivocada, trabajos que aparecen cuando el protagonista ya se ha dormido, despedidas que se cuelan en medio de un capítulo que parecía alegre, y una que otra alegría que se filtra por error en el renglón donde iban las malas noticias.

Y, sin embargo, hay cierto consuelo en esa torpeza celestial. Si el Destino fuera demasiado prolijo, la vida sería una oficina con fluorescentes eternos, turnos numerados y nadie soporta tantos formularios seguidos. Prefiero pensar que, en algún piso alto donde archivan los futuros, funciona una pequeña ventanilla de errores humanos: allí, un asistente cansado se equivoca con mis papeles y, sin querer, me regala una tarde de sol en pleno invierno o un encuentro inesperado con mi hijo en la esquina de una calle cualquiera. Uno firma recibido sin hacer muchas preguntas, no vaya a ser que revisen el expediente.

Mientras tanto, la Memoria sigue acumulando pruebas de mi paso por esta geografía prestada. Las guarda como objetos perdidos: un boleto arrugado del metro, una frase en español escuchada al vuelo en un café de la calle Saint-Denis, el olor del pan de queso que alguna vez logré preparar sin quemarlo —milagro doméstico que ni el propio Destino habrá logrado registrar correctamente en sus actas—. El Tiempo, siempre impaciente, barre todo hacia adelante como un conserje nocturno que empuja la escoba sin mirar, limpiando el pasillo antes del cierre.

Así transcurre este diálogo silencioso entre los tres:

—Yo, que intento escribir con buena letra sobre un papel que tiembla.
—La Memoria, que se empeña en conservar hasta mis borradores.
—Y el Tiempo, que pasa por encima con su rodillo de imprenta, fijando lo que soy y borrando lo que quise ser.

A veces me digo que todo es un borrador sin proyecto, un mapa esbozado por alguien que nunca aprendió a orientarse ni en su propio barrio. Pero luego, en alguna esquina de Montreal, la luz se inclina de cierta manera sobre la nieve, un niño se ríe en un idioma que no entiendo, su risa me recuerda otra risa de otro patio, en otro país, con balón de cuero y mango mordido, y por un instante siento que el cuadro existe, aunque yo solo esté pintando una esquina.

Tal vez de eso se trate, al final: de caminar sabiendo que el mapa se borra detrás de uno, pero seguir avanzando igual, como quien cruza un lago helado escuchando cada crujido, con el corazón en la boca y una extraña confianza en que, mientras la Memoria y el Tiempo discuten mi final en voz baja y el Destino rellena formularios con mi nombre mal acentuado, yo todavía puedo elegir, al menos, la manera en que doy el próximo paso. Que no es gran cosa, pero es lo único que no han sabido todavía cómo archivar.

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