Capitulo 34 - Manual Incompleto para Sobrevivir

Capítulo 34

Manual incompleto para sobrevivir

Nadie se repone del todo de la condición de nacer. Al principio, la huella es silenciosa: no duele, apenas existe. Estamos demasiado ocupados aprendiendo a respirar sin instrucciones, a llorar sin traducción, a exigir calor y brazos como emperadores recién coronados sobre una cuna de madera barata.

Pero los años, artesanos pacientes, comienzan a tallar su forma. Entonces la huella se revela: a veces arde como quemadura vieja al roce de una palabra; otras late como tambor lejano bajo la costilla izquierda, marcando un ritmo que nunca coincide con el de los relojes.

Intento olvidarla. Me distraigo con trabajos, amores y pequeñas derrotas. Sin embargo, ella regresa siempre, fiel como un perro viejo que conoce el camino de vuelta incluso con los ojos nublados.

El Tiempo me mira desde su silla intacta.

Lo imagino apoyado en un respaldo que jamás se desgasta, balanceándose con esa cadencia obstinada que tienen los viejos trenes, tomando notas en un cuaderno interminable. No se acerca; no lo necesita. Me observa tropezar con mis propias ilusiones como quien ve repetirse una obra que ya sabe de memoria. A veces juraría que sonríe con una ternura cruel, la de quien lo ha visto todo y ya no se sorprende de nada. A su lado, la Memoria es otra cosa: no anota, roba. Guarda lo que nunca le pedí, esconde lo que suplico, mezcla escenas como cartas de una baraja marcada. Un olor a hospital desplaza el rostro de un primer amor, una tarde de lluvia borra el nombre de un amigo muerto. Entre los dos administran mi existencia con la eficacia gris de un par de funcionarios eternos.

Cuando la grieta se ensancha y duele demasiado, quisiera interpelarlos.

Quisiera alzar la voz contra ese reloj que no retrocede y contra ese archivo que pierde precisamente los papeles que necesito. Pero el Tiempo se hace el sordo con la elegancia de los poderosos; sigue pasando, impasible, como un convoy de nieve arrastrado por el viento sobre el río helado. La Memoria, por su parte, finge estar ocupada, revuelve cajones que no existen, relee escenas equivocadas, me devuelve un paisaje cuando yo le he pedido un rostro. Y así gobiernan mis días: uno marcando el ritmo del desgaste, la otra dictando qué escenas sobrevivirán a la noche. Entre sus manos, mi vida avanza sellada, fechada, archivada con un orden que desconozco pero que me incluye.

Los años pasan; la herida no.

Se adapta. Cambia de disfraz. Aprende astucias que yo no sabía posibles. Hay mañanas en que se oculta como huésped educado, apenas un leve tirón en la espalda, una sombra en el ánimo que no llega a declararse tristeza. Otras veces avanza hacia el centro del pecho con la arrogancia de un inquilino que sabe que el desalojo es imposible, y coloca su mesa justo donde el corazón intenta trabajar. Entonces siento su carácter: la herida tiene humor, caprichos, temporadas altas y bajas, y no siempre se declara en huelga cuando más se le ruega.

Aun así, sigo caminando.

Camino con la herida abierta como quien lleva un amuleto que no escogió, pero que termina acariciando por costumbre. Negocio treguas con ella: un dolor menos a cambio de una renuncia más, una noche de sueño por un recuerdo que no volveré a tocar. Aprendo incluso a reírme de sus visitas inoportunas, de sus ataques a destiempo en medio de un café, de una calle cualquiera, de una estación de metro donde nadie sabe que, bajo mi abrigo, algo se está rompiendo sin ruido. Con el tiempo descubro su otra cara: la herida enseña. Me recuerda que todavía siento, que aún hay un punto en mi interior que se resiste a la anestesia completa, que no me he convertido del todo en estatua.

A veces, en la oscuridad, la grieta se ilumina.

Brilla con la obstinación de una luciérnaga encerrada, un punto mínimo de luz que insiste en no apagarse. Esas noches me guía a lugares que yo no tenía intención de visitar: la habitación donde un padre se muere en silencio, la esquina en que le mentí a un amigo, la carta que nunca envié. Me lleva allí con la paciencia de un carcelero que también es maestro. Y en ese recorrido entiendo, no sin resistencia, que vivir no es curarse, sino aprender a caminar con la cicatriz encendida, como quien atraviesa la nieve sabiendo que el frío no se irá, pero que igual vale el esfuerzo de cruzar la calle hasta el otro café, hasta otra conversación, hasta otra risa.

La esperanza es la más indisciplinada de las tres.

No tiene oficina ni horario. Entra sin tocar la puerta en mitad de una madrugada helada, en el olor de un café que de pronto me recuerda la cocina de mi madre, en una conversación improbable con un desconocido del metro, en una melodía en español que me asalta en una tienda donde nadie me conoce. Se burla de mí con cariño, como esos amigos que imitan mis manías para que yo también pueda reír de ellas. Me susurra que, aunque la vida sea esta herida siempre fresca, el escenario sigue cargado de milagros microscópicos: una mano que se posa en mi hombro en el momento exacto, una frase que me salva del precipicio, una mirada que me devuelve, por un segundo, la antigua confianza en el mundo.

Tal vez vivir consista simplemente en aceptar el trato.

Aceptar que la herida no cerrará pero que, a pesar de ello, el camino amerita ser andado. Que el dolor no ha venido como castigo, sino como recordatorio insistente de que sigo aquí, respirando de prestado, de que no he firmado todavía mi renuncia al asombro. Que el Tiempo, con su paso implacable, y la Memoria, con su torpe archivo, también me sostienen: uno me empuja hacia delante, la otra rescata, de entre las ruinas, las pocas escenas que bastan para justificar una vida. Que la esperanza, aunque a veces llegue tarde y empapada de lluvia, siempre aparece con un pequeño chiste en los bolsillos, un gesto mínimo que me invita a quedarme un día más.

Y así avanzo: terco, vulnerable, a ratos luminoso.

Con la herida abierta, con la espalda cansada, con las manos llenas de pérdidas, pero con el corazón todavía dispuesto al riesgo de seguir latiendo. Porque, al final, esta vida con todas sus grietas, con su humor negro, su arquitectura de pérdidas y hallazgos, sigue siendo el único milagro cercano que conozco. Y sería una descortesía imperdonable, a estas alturas, no seguirlo hasta su último suspiro.



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