Capitulo 35_ Las tres heridas del alma
Capítulo 35
— Las tres heridas del alma
«Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida.
Con tres heridas vienen: la de la vida, la del amor, la de la muerte.
Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor.»
— Miguel Hernández
Esta mañana el radiador del 413 volvió a hablar.
No es una queja, sino una costumbre: ese golpeteo sordo que atraviesa la pared a las siete y cuarto, como si el edificio tomara conciencia de sí mismo antes que sus habitantes. Me he acostumbrado a ese sonido como se acostumbra uno a los rituales que nadie eligió. Me levanto. Preparo el café. Me siento junto a la ventana donde la calle De Rigaud duerme todavía bajo una luz que aún no decide si es día o si es apenas la prolongación de la noche.
Y fue en ese intervalo —ese filo breve entre la oscuridad que se retira y la claridad que no ha llegado— cuando me encontré pensando en las heridas.
No como metáfora. Como memoria.
Porque hay cosas que no cicatrizan, y uno aprende, con los años, que tampoco deben hacerlo. Las cicatrices perfectas olvidan. Las heridas que permanecen abiertas —apenas, como una costura que respira— son las que guardan el nombre de lo que fuimos.
La primera fue la vida.
Llegó sin anunciarse, como llegan las lluvias en los pueblos de Antioquia, donde el cielo no consulta ni avisa. Durante décadas creí que vivir era avanzar —sumar días como quien acumula distancias en un mapa que nunca se completa—. Creí que el sentido estaba más adelante, siempre en la línea del horizonte que cede ante cada paso sin nunca entregarse.
El tiempo, que observa estas confusiones con paciencia de maestro viejo, callaba.
Ahora entiendo su silencio.
La vida era ese temblor que sentía en el pecho cuando algo —sin nombre preciso, sin forma reconocible— me atravesaba de parte a parte: el olor a tierra mojada en una calle de Medellín, la voz de alguien que ya no está pronunciando mi nombre por primera vez, el instante exacto en que un cielo de Montreal —este cielo improbable, tan distinto al que me crió— se volvió, sin pedirlo, también mío.
La vida era eso. Era el instante ocurriendo.
Y uno llegaba siempre tarde a comprenderlo.
Esta mañana, mientras el café enfriaba en la taza —porque a esta edad uno olvida que lo preparó; porque la memoria tiene sus propias urgencias y no siempre coinciden con las del cuerpo—, sentí algo que no sabría llamar de otro modo: gratitud. No la ruidosa que se declama. La otra. La que se instala en silencio, como el polvo sobre los libros, como la luz oblicua que entra por el cristal y no pide ser vista.
Gracias a la vida aprendí, finalmente, a estar.
La segunda herida fue el amor.
Ese huésped que no golpea la puerta. Que entra, se sienta en la mesa, cambia la disposición de todo lo que uno creía ordenado —y sonríe, apenas, sabiendo que el desorden también es una forma de habitarlo.
Amé. Eso sí.
Pero no siempre supe cómo.
Amé con la torpeza característica de los hombres que sienten demasiado y pronuncian poco. Amé con silencios que ahora reconozco como pasillos largos donde alguien esperó, tal vez, que yo llegara desde el otro extremo. Amé creyendo que bastaba con estar —sin entender que amar también es decir, es pronunciar el nombre del otro como si fuera un territorio que uno decide conocer de memoria.
Hay palabras que llegan tarde. Hay gestos que solo adquieren sentido cuando ya no pueden repetirse.
A veces, en tardes como esta —cuando el invierno afuera convierte la calle en un grabado de grises y el apartamento se cierra sobre sí mismo como un puño suave—, el amor regresa. No como fantasma. Como presencia. Se sienta frente a mí y pregunta, sin reproche pero sin indulgencia tampoco:
¿Por qué no dijiste más?
No tengo respuesta completa.
Pero sí sé esto: el amor, a su manera particular y a veces oblicua, me enseñó a mirar más allá del borde de mí mismo. Me mostró que la vida no se mide por lo que uno alcanza, sino por lo que logra sostener en otro. Y aunque fallé —porque fallé, y más de lo que me resulta cómodo admitir a esta hora tranquila del día— hubo también instantes en que algo floreció sin ruido, como esas plantas que crecen en la sombra y nadie documenta, pero que sostienen la humedad secreta del bosque.
Esos instantes también ocurrieron.
Y el tiempo los guarda con la misma fidelidad que guarda el resto.
La tercera herida fue la muerte.
Que no llegó de golpe.
Fue llegando.
En los nombres que dejaron de pronunciarse en las conversaciones. En las sillas que un día quedaron vacías sin que nadie se atreviera a explicarlo del todo. En los silencios que comenzaron a ocupar más espacio que las palabras, como si el aire mismo aprendiera a guardar la forma de los que se fueron.
Recuerdo el primer vacío verdadero —ese instante en que uno comprende que hay ausencias que no se negocian, que no se sustituyen, que no aceptan la lógica del consuelo—. Algo cambia en ese momento. El mundo pierde cierta solidez que uno no sabía que tenía. Las certezas, que parecían mampostería, revelan ser apenas madera. Y uno comienza a mirar la vida desde otro lugar: un poco más atrás, un poco más alto, como quien sube a una colina no para alejarse sino para ver el conjunto.
Durante años le temí.
La imaginaba como una interrupción. Como una puerta cerrándose sin aviso.
Hoy ya no.
Hoy la percibo diferente. A veces —y esto todavía me sorprende al escribirlo, aquí, en este cuarto que huele a café frío y a libros que llevan décadas esperando ser releídos— la siento como una presencia paciente, casi compasiva. No viene a arrebatar: viene a recoger. Como si supiera que todo lo que hemos sido necesita, en algún momento, descansar de su propio peso.
He pasado buena parte de esta tarde conversando con las tres heridas.
No reclamando. Entendiendo.
La vida se me presentó como una niña que nunca dejó de hacer preguntas. El amor, como alguien que aún guarda secretos que tal vez ya no importa revelar. La muerte, como una anciana que observa desde el rincón con una serenidad que desarmó, hace tiempo ya, todo mi miedo.
Les pregunté qué quedaba por decir.
Y ninguna respondió con palabras.
Pero el silencio que dejaron no era vacío. Era claro. Era de esa clase de claridad que no ilumina todo, pero sí lo suficiente para moverse.
Comprendí entonces que no se trata de cerrar nada. La vida no exige conclusiones —solo presencias. El amor no se agota en lo que no fue dicho. Y la muerte no es el final de la música, sino apenas un cambio de tono: algo que se apaga en un registro y sigue, quizás, en otro que el oído todavía no conoce.
A esta altura del camino —cuando el cuerpo empieza a soltar sus ladrillos más antiguos, como una casa que se despide de sí misma sin derrumbarse— he dejado de preguntarme cuánto tiempo queda.
El tiempo habla, y he aprendido a escucharlo.
No con palabras —nunca con palabras—, sino con pequeñas insistencias: el crujido de esta silla al levantarme, la luz que entra más oblicua por la ventana en estos meses, ciertos recuerdos que regresan sin ser convocados, empujados desde adentro con la misma delicadeza con que el viento mueve las ramas sin que uno lo escuche.
He sido muchas versiones de mí mismo. El que ignoraba. El que insistía creyendo tener razón. El que llegó a esta ciudad con menos de lo necesario y aprendió a llamarle hogar. Y este, que escribe ahora con la calma de quien ha entendido que no hay a dónde llegar que no esté ya, de algún modo, aquí.
No hay orgullo en ello. Tampoco culpa entera. Hay algo más honesto: una aceptación que no absuelve, pero que tampoco condena. Una forma de paz que no es resignación sino reconocimiento.
Esta noche, mientras la luz se retira sobre la calle De Rigaud con la delicadeza de quien no quiere interrumpir lo que está ocurriendo en los cuartos, siento que esas tres heridas no fueron castigo.
Fueron lenguaje.
El único que, al final, importa: el escrito en el cuerpo, en la memoria, en los errores que todavía reconozco como míos aunque ya no me pesen de la misma manera.
Dejo estas palabras aquí, en este papel que nadie me pidió llenar, lanzadas al mar sin conocer al destinatario ni la orilla donde llegarán.
Tal vez nadie las encuentre.
Tal vez alguien —en algún tiempo que aún no tiene nombre, en alguna lengua que el futuro todavía está componiendo— las abra y reconozca en ellas algo propio.
Y si eso ocurre, espero que entienda que no se trata de sanar las heridas.
Se trata de aprender a vivir con su luz.
Afuera, la nieve que cayó esta tarde cubre la calle con esa silenciosa exactitud con que lo cubre todo por igual: el auto abandonado, la raíz del árbol que levanta el pavimento, las huellas del último que pasó antes que anocheciera.
El radiador vuelve a hablar.
Son las siete y cuarto de la mañana siguiente, y algo en mí —no sé si llamarlo ánimo, si llamarlo costumbre, si llamarlo simplemente vida— ya está despierto, ya mira por la ventana, ya espera.
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