Capítulo 36 — Inventario de lo que se desvanece

 Capítulo 36

— Inventario de lo que se desvanece

Hay días en que despierto con la sensación de estar haciendo cuentas.

No de lo que tengo —eso ya lo aprendí hace tiempo—, sino de lo que se ha ido quedando atrás, como si la vida llevara un registro secreto donde cada pérdida se anota con tinta que no se borra. Y yo, desde este apartamento en silencio, apenas alcanzo a descifrar algunas líneas sueltas de ese inventario.

Lo comprendo ahora con una claridad que antes me habría asustado: la existencia es una lenta contabilidad de ausencias. No llegamos a la vejez acumulando, como nos hicieron creer, sino soltando. Todo lo que alguna vez consideramos propio —el cuerpo, los afectos, las certezas— comienza a desprenderse con una delicadeza casi cruel, como si alguien, en algún lugar, fuera desmontando la vida pieza por pieza, sin prisa, sin ruido.

La salud no se marcha de golpe. Se retira como un huésped que empieza a empacar en silencio. Un día es el cansancio; otro, esa torpeza nueva en las manos que antes obedecían sin que uno tuviera que pedirles nada. Luego ese olvido pequeño que se instala sin pedir permiso —el nombre de alguien, la palabra exacta que estaba aquí, justo aquí, un segundo antes. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya no está. Solo queda su eco, como el de una casa que alguna vez estuvo habitada y ahora conserva el rumor de los pasos en el piso de madera.

Los amigos. Ah, los amigos.

No siempre mueren. A veces es peor: se dispersan. Se diluyen en otras geografías, en otras urgencias, en otros silencios que uno ya no puede interpretar. Sus voces se vuelven remotas, llegan desde una habitación cuya puerta hemos ido perdiendo de vista. Y uno aprende —sin que nadie se lo enseñe— que también la amistad tiene estaciones, y que no todas regresan.

La juventud, en cambio, no se despide. Se evapora.

Es un perfume que creímos eterno y que un día deja de percibirse. Solo entonces comprendemos que nos acompañó todo el tiempo, y que nunca supimos agradecerle su presencia.

El cuerpo, mientras tanto, empieza a narrar su propio deterioro con una paciencia que da miedo. El cabello cae como hojas en un otoño que no termina. La piel se vuelve más delgada, más traslúcida, como si quisiera recordar su origen. Y la memoria se comporta como un espejo roto: devuelve imágenes, sí, pero nunca completas. Fragmentos. Destellos. La cara de alguien a quien quise y cuyo nombre tarda ahora en aparecer, y cuando lo hace, ya no sé si es el nombre correcto o apenas la sombra de otro.

Entonces me asalta una pregunta que no sé si es filosófica o simplemente honesta: ¿estamos conformados de tal manera que necesitamos, a diario, minúsculas dosis de muerte para ejercer el oficio de vivir? No la muerte grande, la del final —esa ya tiene su hora y no necesita anunciarse—, sino estas otras muertes pequeñas que ocurren sin testigos: el olvido de un nombre, el último día que uno corre sin saberlo, la tarde en que se pronuncia por última vez el nombre de alguien que ya no está. Muertes en miniatura que el cuerpo y la memoria van administrando, con una sabiduría oscura, para que el peso de la totalidad no nos aplaste de golpe.

Quizás vivir sea eso: aprender a morir en dosis.

Esta mañana me senté junto a la ventana con el café en la mano y miré el cielo blanco de marzo. Pensé en las cosas que ya no tengo pero que todavía ocupan espacio dentro de mí: el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente de Medellín, la voz de mi madre llamándome desde el patio, la sensación de creer que el tiempo era un territorio sin bordes. Cada una de esas cosas fue, en algún momento, el centro del mundo. Ahora son vestigios que flotan, livianos, como polvo en la luz de la tarde.

Pasé años creyendo que la pérdida era una forma de fracaso.

Hoy sospecho que es, más bien, una forma de revelación. Porque en medio de ese despojo —cuando ya no queda mucho a lo cual aferrarse— aparece algo que no esperaba: una quietud. No la quietud del resignado, sino la de quien ha aprendido a mirar sin miedo lo que se va. Somos criaturas que avanzan hacia el final, sí, pero que en ese trayecto inventan sentido con una obstinación que me conmueve. Nombramos lo que se va. Lo escribimos. Lo guardamos en gestos, en palabras, en silencios que alguien —quizás un hijo, quizás un desconocido que todavía no ha nacido— encontrará algún día en alguna orilla que yo no podré imaginar.

No es un festín de conquistas lo que veo desde aquí. Nunca lo fue. Es una ceremonia callada de despedidas. Pero hay algo en ese rito —una especie de belleza oscura— que no termino de comprender del todo. Cada adiós, si uno sabe mirarlo sin apresurarse a tapar el dolor, contiene algo diminuto y casi invisible que ilumina lo que todavía permanece.

Porque lo que se va no desaparece del todo.

Cambia de forma. Se instala en otro lugar dentro de uno, un lugar sin nombre preciso, y desde ahí sigue hablando con una voz que ya no es exactamente la de antes.

Lo que también he aprendido —y esto me tomó más tiempo que cualquier otra cosa— es que la eternidad no vive en los objetos ni en los cuerpos. Vive, si acaso, en la intensidad de ciertos instantes. Un abrazo que desafió la distancia. Una palabra dicha en el momento justo que todavía vibra, años después, en algún recoveco de la memoria. Una mirada que se convirtió, sin que nadie lo hubiera planeado, en refugio. Esos momentos no se pueden sostener —nada se puede sostener para siempre— pero justifican, a su manera silenciosa, la obstinación de haber seguido intentando.

A veces pienso que ahí reside lo más extraño de ser humano: que conocemos la fugacidad de todo y aun así nos entregamos. Que sabemos que el tiempo terminará por deshacer lo que construimos y aun así construimos. Hay una belleza perturbadora en esa voluntad —en transformar lo efímero en gesto, en convertir lo que inevitablemente se acaba en un destello que alcanza, contra toda lógica, más allá de su propia desaparición.

Yo, que he ido soltando tanto —rostros, ciudades, versiones de mí mismo que ya no reconocería si las encontrara en la calle—, descubro que aún queda algo que resiste: una manera de mirar el mundo que todavía se parece a la gratitud. Incluso cuando el mundo comienza a retirarse lentamente. Incluso cuando la mañana llega y uno no sabe bien qué hacer con todo ese silencio.

En este apartamento, a veces, escucho el crujido del piso bajo mis pies y pienso que también los materiales tienen memoria. Que la madera recuerda el peso de los años, el paso de quienes vivieron aquí antes que yo, las conversaciones que se quedaron atrapadas en las paredes. Y me pregunto qué dejará este cuerpo mío, este hombre que escribe junto a la ventana, cuando también él aprenda a irse.

Esa pregunta no me angustia ya.

Me acompaña, nada más. Como acompañan ciertas músicas que uno no sabe de dónde vienen pero que reconoce, en algún lugar del pecho, como propias.

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