**Capítulo 12 - La ventana cerrada

 Capítulo 12

La ventana cerrada

Desde muy joven escuché una frase que parecía venir de un lugar más antiguo que mi propia memoria:

—Busca todo, menos el amor y la muerte. Ellos te encontrarán cuando llegue el momento.

Durante años la repetí sin comprenderla, como quien guarda una llave sin saber aún qué puerta abrirá.

Con el tiempo descubrí que la vida no se deja forzar. Cada vez que intenté apresarla, se me escapó entre los dedos como agua de un río que no reconoce dueño. Y sin embargo, cuando me rendía a su corriente, aparecían señales discretas: un pájaro posándose en el cristal justo cuando dudaba, un aroma antiguo despertando recuerdos que no sabía que tenía, la súbita certeza de que debía detenerme porque algo invisible me llamaba.

El mundo, comprendí, está hecho de símbolos que solo se revelan cuando uno deja de perseguirlos. Detrás de cada cosa hay un espíritu paciente que aguarda a que alguien lo mire con verdadera atención. No soy yo quien busca: es la vida la que me encuentra, la que me toca el hombro y me recuerda que todo llega cuando uno está dispuesto a recibirlo.

Así aprendí a caminar sin prisa.

En este momento no quiero casi nada. La ternura del recuerdo de un amor antiguo —no su regreso, sino su eco. La compañía de unos pocos. Algunas carcajadas que lleguen sin aviso. El recuerdo dulce de mis muertos, que a esta altura son ya una multitud callada que me acompaña a todas partes sin ocupar espacio. Un pedazo de cielo donde la luz y la noche hagan su trabajo. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas —no para poseerlos, sino para que pasen por mí como el viento pasa por las ramas.

Por lo demás, podría comer lo mínimo y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

Eso también es una forma de libertad.

He firmado sin temblor mi renuncia voluntaria al amor —al menos a la forma impetuosa y juvenil con que lo entendí durante tantos años. No ha sido un acto de amargura. Tampoco de derrota. Ha sido una aceptación silenciosa, como quien cierra una ventana en pleno invierno para que el frío no termine por instalarse en los huesos. Y el frío lo entendió. Se detuvo un instante en el cristal, observó el interior con esa curiosidad antigua que tienen las cosas que nunca envejecen, y siguió su camino sin insistir.

La desilusión llegó de la misma manera: como una brisa que empuja la puerta entreabierta del pecho. Entró sin pedir permiso, pero trajo consigo una claridad que ninguna alegría supo regalarme. No dolió tanto como imaginé. Más bien se abrió un espacio nuevo, un territorio donde el pasado dejó de pesar y los pasos recuperaron su sonido.

Tardé años —los necesarios, supongo— en comprender que la soledad no es ausencia. Es una presencia sin testigos. La más íntima. La que no exige nada porque ya lo contiene todo. El silencio me lo enseñó: noche tras noche fue posando su mano invisible sobre mis hombros hasta que dejé de resistirme. Me mostró que no era un vacío que debía llenar, sino un espacio donde podía escuchar por fin lo que el mundo nunca dice en voz alta.

Mi propia voz.

Mi alejamiento no fue desprecio. Fue necesidad, como cuando el árbol retira la savia hacia adentro antes del primer frío. Llegó el momento en que el alma, cansada de fachadas, pidió respirar sin muros. Dejé de buscar un hogar afuera y me convertí en mi propia casa.

Durante mucho tiempo creí que la hombría consistía en resistir, en sostener el orgullo como un escudo heredado de generaciones que nunca supieron pedir perdón. Pero el escudo siempre fue el problema: lo que me protegía era exactamente lo que impedía el contacto. A veces el verdadero coraje es soltar. Aceptar que no todo se repara, que no todo florece, que algunas semillas cumplieron su estación sin que hubiera nadie a quien culpar cuando la primavera no llegó. La tierra lo sabe. Guarda todo sin juicio: los frutos y los huesos.

Quiero echar de menos a los que tengan que irse, porque eso significará que tuve la suerte de haberlos tenido. Quiero seguir llorando cuando algo lo merezca. Pero no quejarme por tonterías. No desperdiciar el llanto.

No amo —en el sentido antiguo de desvelo y promesa— y no pretendo ya amar de ese modo. No porque el corazón se haya vuelto piedra. La piedra es dura y fría. Esto es otra cosa: más parecido al cristal de las iglesias viejas, translúcido, sostenido por cicatrices de plomo, capaz todavía de filtrar la luz en ángulos que nadie anticipó.

La luz de la tarde lo sabe. Llega puntual a visitarme. Se tiende sobre el piso de madera con la familiaridad de quienes ya no necesitan ser invitados. No habla. No exige. Solo está.

Me basta.

El té humea frente al cristal. El vapor sube y se disuelve como si practicara el arte del desapego que yo todavía estoy aprendiendo. Afuera nieva con esa determinación tranquila de lo que sabe exactamente adónde va. Cubre la ciudad como se cubren las cosas que merecen descanso.

El té ya se ha enfriado un poco. Lo bebo igual.

Hay cierta honestidad en las cosas que se enfrían y aun así permanecen. Que perdieron el calor del principio y decidieron quedarse. El amor, cuando deja de ser incendio, puede volverse brasa. Y la brasa sigue dando calor a quien sabe acercar las manos sin querer poseerla.

Y en eso, todavía, la frase de cuando era joven guarda su verdad: el amor y la muerte no necesitan ser buscados. Son los dos grandes viajeros que siempre saben dónde estamos.

Afuera, la nieve sigue cayendo.

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