Capítulo 16 El día en que uno empieza a caminar
Capítulo 16
El día en que uno empieza a caminar
Nunca imaginé que el exilio comenzaría con una calma tan honda. Yo había fantaseado, como suelen hacerlo los hombres ingenuos o vanidosos, con una despedida más ruidosa, con palabras solemnes, con algún gesto capaz de darle a la partida la gravedad de una ceremonia. Pero la vida casi nunca anuncia sus fracturas con trompetas: apenas inclina un poco el suelo bajo los pies, y entonces uno comprende que ya está marchándose.
Aquel 26 de julio de 1988, Medellín amaneció con una luz extraña, limpia y frágil, como si por un instante la ciudad hubiera olvidado su propia sombra. Había en el aire una tensión difícil de nombrar: rumores que corrían más rápido que los buses, silencios que se instalaban de pronto cuando alguien encendía la radio, nombres que se pronunciaban apenas, como si la voz pudiera delatarlos. Todos sabíamos que la ciudad atravesaba una de sus horas más oscuras, aunque el sol, obstinado, se empeñara en vestirla de belleza.
Yo miraba la maleta sobre la cama y me parecía más liviana de lo que esperaba. No por falta de cosas. Dentro había camisas dobladas, un par de libros, papeles que entonces creía indispensables. Pero lo verdaderamente pesado no cabía en el equipaje. Pesaban las calles recorridas sin pensar. Las esquinas donde uno había aprendido a ser quien era. Los rincones donde también había descubierto, con dolor y con pudor, quién ya no quería seguir siendo.
Durante años había vivido entre aquellas montañas como si el tiempo fuera a concederme raíces eternas. Las ventanas de los vecinos se encendían cada noche a la misma hora, los vendedores ambulantes subían por las calles con sus pregones y su música elemental, y uno terminaba creyendo que esa costumbre humilde era una forma de eternidad. Por eso me costó tanto irme. Pensaba que partir era arrancarse de la tierra, pero no entendía todavía que hay raíces que se desprenden antes que el cuerpo, como si algo dentro de uno supiera primero lo que la razón apenas alcanzará a admitir después.
Salí de casa despacio. Las fachadas parecían inclinarse apenas, como si también ellas participaran de la despedida. En una ventana alta vi mi reflejo por un segundo: el hombre que se iba y el que se quedaba, superpuestos, mirándose con una gratitud muda. No sentí dramatismo. Sentí otra cosa, más serena y más difícil de explicar: la certeza de que todo lo vivido allí —las alegrías, los tropiezos, incluso los silencios— ya me pertenecía para siempre. Las ciudades no se dejan atrás del todo; se quedan adentro, como mapas invisibles que la memoria sigue recorriendo cuando el cuerpo ya ha cruzado otra frontera.
Hoy, tantos años después, desde este apartamento en Montreal donde el invierno cubre la ciudad con su silencio blanco, vuelvo a aquella mañana y la miro con una ternura que entonces no tenía. Comprendo que ese primer caminar no fue una huida, sino el comienzo de otra manera de estar en el mundo. No estaba escapando de mi vida. Estaba entrando, sin saberlo, en una versión más honda de ella.
Hay lugares que son hogar solo por un tiempo. Y hay partidas que, sin hacer ruido, nos devuelven a nosotros mismos.
Aquel día salí con la maleta en la mano y el corazón en esa mezcla de temblor y sosiego que solo conocen quienes han aprendido a perder sin estruendo. No hubo trompetas. No hubo señales de fuego en el cielo. Solo el viento, el peso breve del equipaje, y la certeza, todavía tímida, de que a veces la vida no se rompe: simplemente nos llama a caminar.
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