*** Capítulo 15- El hombre que fui
Capítulo 15
El hombre que fui
En la penumbra tibia de la tarde, cuando el sol se deshilacha contra los cristales y el tiempo parece detenerse a escuchar su propio latido, me descubro habitando los ecos de lo que fui. Hay en el aire un perfume antiguo —mezcla de madera, café y silencios— que me devuelve, sin prisa, a aquellos días en que la vida no se medía en años sino en intensidades. Recuerdo las manos que sostuve, las palabras que nunca dije y las que aún resuenan, obstinadas, en algún rincón de la memoria. Y entonces comprendo que no somos más que eso: una colección de instantes que se niegan a desaparecer del todo, una luz tenue que persiste incluso cuando la noche parece definitiva.
Hay noches en que el tiempo se sienta conmigo como un viejo amigo que regresa sin aviso. No golpea la puerta ni pronuncia mi nombre; simplemente aparece, se acomoda en la silla frente a la ventana y deja que mi memoria abra su archivo de luces y sombras. Es entonces cuando reaparezco frente a mí mismo, cuando vuelve a visitarme el hombre que fui.
No llego con reproches ni con estrépito. Surjo despacio, como una sombra domesticada por la lámpara, y me quedo de pie, mirándome desde unos pasos más allá, observando este cuerpo fatigado que ahora me habita. Durante años temí ese encuentro. Imaginaba que tendría que rendirme cuentas por todo lo que no fui, por los caminos que dejé perderse entre la maleza del tiempo. Pero la vejez tiene una manera curiosa de apagar las sentencias: vuelve lo severo en ternura, lo intransigente en comprensión.
El hombre que fui aún camina con prisa, convencido de que la vida se gana a punta de valentía. Lleva en los ojos esa fiebre luminosa de quien confunde el horizonte con una meta. En sus bolsillos guarda proyectos; en su pecho arde la obstinación del que cree poder moldear el destino con las manos desnudas. Lo observo y reconozco en él algo que el tiempo no logró arrebatarme del todo: la fe. No una fe teológica, sino esa certeza ingenua de que el mañana existe y que basta empujar una puerta para que todo vuelva a comenzar.
Pero aquel joven no sabía que las puertas más decisivas no se abren hacia adelante. Se abren hacia adentro.
Recuerdo mi urgencia, mi deseo de dejar huella, esa forma impaciente de correr detrás de cada promesa. Me veo atravesando calles que ya no existen, buscando rincones donde el mundo parecía esperarme, tomando decisiones que entonces creía definitivas y que hoy apenas entiendo como torpes esfuerzos por descubrir quién era. No me juzgo. Lo hice durante mucho tiempo. Me reproché mis trampas, mis decisiones ciegas, mis silencios. Creí que, si hubiera sabido esperar, mi historia habría sido más justa. Pero la juventud nunca tiene el mapa completo: uno camina con la linterna de lo que alcanza a comprender, y esa luz —parpadeante, imperfecta— fue suficiente para traerme hasta aquí.
A veces imagino que me siento a conversar conmigo mismo. Digo poco. Los hombres de mi tiempo no aprendimos el arte de la confesión. Pero aquel silencio compartido tiene algo de reconciliación. Me observo con mezcla de asombro y desconfianza; quizá intento descubrir en qué momento mi rostro comenzó a volverse el de ahora. Y yo, en cambio, quisiera decirme que sí, que valió la pena todo —incluso lo que no salió bien—. Que los sueños truncos también construyen destino. Que el exilio, tan amargo en su hora, terminó siendo un aula donde aprendí a reconocerme sin adornos. Que los errores, al final, fueron mis maestros más fieles.
Pero no lo digo. Hay cosas que el tiempo traduce mejor que las palabras.
La vida también se mide por lo que resistimos: por las veces que el alma se agrietó y aun así siguió respirando; por las noches en que creí haberlo perdido todo y, sin embargo, amanecí vivo. Jamás imaginé que acabaría viviendo en una ciudad cubierta de nieve, escribiendo en la quietud de este apartamento donde el mundo parece ir más despacio. Tampoco sabía que un día aprendería a mirar atrás sin rabia.
Hay algo profundamente liberador en comprender que hice lo que pude con lo que tenía. Esa aceptación no borra los errores, pero les quita el veneno. Hoy puedo mirar al joven que fui como se mira a un hijo obstinado: con paciencia, con una ternura que se parece al perdón, con una sonrisa que ya no duele.
El hombre que fui se levanta por fin. No sé si vuelve al pasado o simplemente se disuelve en la penumbra de la memoria. Antes de irse, me mira por última vez. En sus ojos ya no hay reproche. Tampoco hay respuesta. Solo esa mirada que tienen los que parten sin saber del todo adónde van, y que reconocemos porque alguna vez también fue la nuestra.
Cierro los ojos.
Afuera, la noche de Montreal respira su frío sereno. El viento roza las ramas desnudas. Sobre la nieve, una luz se refleja —quieta, sin origen visible— como si alguien hubiera olvidado encender una lámpara y la lámpara hubiera decidido encenderse sola.
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