Capítulo 14 - El diálogo de las sombras


Capítulo 14 


El diálogo de las sombras

Hay una edad en que el alma comienza a soltar las cosas sin que nadie se lo ordene. No es una decisión heroica ni una filosofía encontrada en los libros. Es algo más parecido a un cansancio natural, como cuando el árbol deja caer las hojas porque entiende que el invierno no se negocia y que resistirlo sería una forma de ingenuidad.

Durante muchos años creí que vivir consistía en sostener: los sueños, los amores, las promesas que uno hace cuando todavía no conoce la fragilidad de los días. Con el tiempo llegué a entender algo distinto. La vida no se sostiene, se atraviesa. Y en ese cruce silencioso vamos dejando cosas en la orilla, no por abandono, sino porque hay un momento en que el cuerpo ya sabe lo que la mente tarda en aceptar: que cargar con todo no es fortaleza sino una forma costosa de miedo.

Esta mañana el frío ha pintado finas venas de escarcha sobre el cristal de la ventana. Afuera, los árboles de la rue De Rigaud sostienen la nieve con una quietud que parece ensayada. Me sirvo el café, me siento en el sillón de siempre y por un momento no pienso en nada concreto. Solo observo. Es en estos instantes cuando emerge con mayor claridad algo que tardé décadas en nombrar: ya no necesito perseguir.

No lo digo como quien proclama una victoria. Lo digo como quien constata, un poco sorprendido, que la urgencia de demostrarse ha ido cediendo sin aviso. Hubo un tiempo en que necesitaba que mis palabras convencieran, que mis decisiones resistieran el juicio ajeno, que la suma de mis años tuviera la coherencia de un argumento bien construido. Ya no. La vida no se justifica con argumentos. Ocurre, y esa ocurrencia —con sus errores y sus tardes luminosas— es el único testimonio que vale.

Recuerdo a mi padre guardando silencio en la penumbra del corredor de la casa en Antioquia. Era un hombre que no hablaba mucho, pero tenía una manera de mirar las cosas —las herramientas en el patio, los árboles del fondo, el cielo antes de la lluvia— que entonces me parecía distancia y ahora reconozco como contemplación. Quizás él también llegó, a su manera, al mismo lugar al que yo estoy llegando ahora: ese lugar donde las cosas se ven sin la urgencia de cambiarlas.

He perdido mucho. No lo digo como queja; lo digo porque forma parte de lo que soy. Las personas que amé han tomado distancias diversas —algunas voluntarias, otras definitivas—, y los lugares que me vieron crecer los llevo en algún repliegue del cuerpo, no como herida sino como costumbre antigua, como el acento que uno no pierde aunque lo intente. Incluso las versiones de mí mismo que construí con tanto esfuerzo —el hombre que quería demostrar algo, el que alimentó sus orgullos más tiempo del necesario— se han ido desprendiendo solos, como capas que el invierno disuelve sin pedirle permiso a nadie.

Pero hay cosas que permanecen de otra manera. No con la solidez de los monumentos, sino con la constancia de lo que realmente importó: lo que fuimos capaces de amar, lo que aprendimos del dolor —no como lección sino como marca—, la memoria de ciertos rostros que pronunciaron nuestro nombre con cariño y que ahora viven en ese territorio sin geografía donde habitan los que ya no están.

El desapego del que hablo no es indiferencia. No es la frialdad de quien ya no espera nada. Es más bien una forma de mirar sin aferrar, de recibir sin exigirle a lo recibido que permanezca. Como cuando se sostiene agua en las manos —unos segundos, nada más— y uno siente todo su peso antes de que se vaya.

Hay días en que salgo a caminar por estas calles y me sorprende la ligereza con que ahora observo el mundo. Los jóvenes pasan hablando de futuros que todavía creen ilimitados. Los viejos caminamos más despacio, no porque hayamos perdido el sentido de la urgencia, sino porque aprendimos que la urgencia fue durante mucho tiempo una respuesta al miedo, y que el miedo, con los años, ha ido perdiendo parte de su poder sobre nosotros.

Esta tarde el cielo adquirió ese azul profundo que solo existe en los inviernos del norte, justo antes de que la oscuridad se instale. Me quedé mirándolo desde la ventana hasta que las farolas comenzaron a encenderse, una a una, como si la ciudad se recordara a sí misma. Y pensé que así funciona también la memoria: no como un archivo ordenado sino como esas luces que se encienden solas cuando la oscuridad llega, sin que nadie les pida que alumbren.

Todavía hay preguntas que no sé responder. Todavía hay cosas que duelen si las toco demasiado directamente. Pero ya no necesito resolverlo todo para seguir viviendo. He aceptado —o quizás simplemente aprendido a habitar— que la vida no se entiende de una vez y para siempre. Se vive como se vive este apartamento: con sus corrientes de aire y su luz de invierno, con sus silencios que a veces parecen llenos de algo que no tiene nombre.

Escribo estas líneas y afuera la nieve ha vuelto a caer. Mañana las calles estarán cubiertas otra vez, y la ciudad tendrá esa pausa blanca que me recuerda, cada vez, que el mundo sabe reiniciarse solo. Yo también he aprendido algo de eso. No sé si es suficiente. Pero es lo que hay, y por ahora es más que bastante. 

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