CAPÍTULO 23
Los que se van sin irse
EEl frío de febrero fue lo primero que me golpeó. No fue el paisaje, ni el idioma, ni siquiera el olor a café viejo del vagón. Fue ese aire helado que entró de golpe cuando se abrieron las puertas del metro y me apretó la garganta hasta dejarme sin aliento.
En ese momento yo ya era uno de ellos, aunque todavía no lo entendía. Caminaba con la misma prisa torpe que llevan ahora tantos recién llegados, apretando los dientes para sostener una decisión que, en el fondo, nunca fue realmente una decisión.
Muchos años después —esta misma hora, este mismo andén, otra piel— los veo llegar. Emergen del metro como si la ciudad los escupiera a la superficie, parpadeando frente a la claridad indecisa de la mañana. El día aún no se ha terminado de encender y sin embargo el frío ya ha puesto su firma sobre las aceras; febrero recorre los bordes de la calle con paso de viejo inspector, comprobando que todo esté en su sitio antes de permitir que el sol se arriesgue a aparecer.
Ellos avanzan encorvados, los hombros hundidos en abrigos que todavía no les pertenecen del todo, como si la tela los estuviera probando a ellos y no al revés. Llevan mochilas hinchadas de ropa con olor a otra latitud, bolsas de tela que crujen con el peso de lo imprescindible y de lo que creyeron prescindible y al final trajeron por puro miedo a perderlo. Ese olor —mezcla de jabón barato, café reciente y humedad de aeropuerto— se me adelanta unos segundos, llega antes que sus cuerpos, como un perro fiel que anunciara la entrada de sus dueños. Yo también llegué envuelto en esa nube, y durante años, ya instalado en esta vida de nieve domesticada, todavía me sorprendí hundiendo la cara en las fundas de las almohadas, buscando allí un rastro mínimo de país.
Los observo desde el bordillo, las manos enterradas en mis propios bolsillos —estos sí, domesticados por la costumbre—, y lo que siento no es lástima ni compasión. Es otra cosa, algo más cercano a lo que experimenta un idioma cuando se escucha a sí mismo en la boca de un extranjero: una mezcla de ternura y desajuste, de reconocimiento y desamparo. No necesito preguntarles adónde van; el cuerpo tiene su propia cartografía de urgencias.
Los que se van, se van sin querer irse. Si creen que se van por voluntad, bastan unas semanas bajo un cielo ajeno para que descubran la trampa: uno no abandona un país, uno se lo trasplanta. Irse por obligación —económica, política, o por esa mezcla sin nombre que casi siempre manda más que cualquier ideología— es caminar en contravía de un río que ya te había asignado su corriente. Los que se van se llevan la tierra por dentro, como un órgano de más que nadie puede extirparles. Esa presencia a quemarropa no se ve, pero arruina de a poco el equilibrio de todo lo demás.
Yo también anduve así, con esa manera de caminar que solo reconoce quien la ha practicado. Hubo una mañana —no sabría decir si fue enero o marzo, aquel primer invierno era una sola muralla de hielo donde los meses no tenían frontera— en que salí a una calle sin nombre. El mapa en el bolsillo decía letras precisas, coordenadas impecables, pero para mí era solo una línea recta sin historia. Caminé con los hombros encogidos y la certidumbre simple de que nadie, en ninguna parte de esa ciudad, estaba pendiente de mi llegada.
Medellín había empezado a doler distinto. Dejó de ser un dolor punzante, localizado, y se volvió una especie de niebla interna sin geografía. Ya no era la nostalgia del paisaje concreto, de la esquina, del café de siempre; era el peso de un país entero plegado dentro del pecho, comprimido hasta caber en la cavidad mínima de la memoria. Uno aprende entonces que hay cosas que no se pueden mostrar sin que parezcan exageradas: ¿cómo exhibir un país entero adentro del cuerpo sin que el gesto resulte ridículo?
Los que llegan tienen que aprender de nuevo a dormir. Pasan semanas —a veces meses— despertando de sobresalto, tanteando la oscuridad con la mano, buscando con los dedos un interruptor que ya no está donde solía, tratando de escuchar, entre el silencio disciplinado del edificio, el viejo concierto de motos, radios y perros que los acompañó desde siempre. Los sueños, testarudos, insisten en hablar en castellano. Se demora mucho en llegar la primera noche en que uno sueña en otra lengua, y cuando llega, trae consigo una culpa que no se le confiesa a nadie.
Es curioso: en este país todo parece funcionar con una eficiencia aséptica. Las puertas se abren donde deben, los semáforos respetan su propia lógica, los autobuses llegan a la hora prometida con una especie de obstinación cortés. Y sin embargo, en medio de ese orden, el sencillo acto de ser se complica. Ser hombre, o mujer, o simplemente ser sin adjetivos ni papeles que lo acrediten, se vuelve una tarea sin manual de instrucciones. Uno aprende a mostrar documentos como si mostrara la propia respiración.
Los que se van no pueden llevarse casi nada. Irse es una pequeña muerte, sí, pero es una muerte sin velorio: una noche que se prolonga más de lo previsto mientras las sábanas nuevas crujen bajo un cuerpo que todavía no las reconoce. Todo queda en casa: los zapatos moldeados al pie, el cepillo de dientes deshilachado, la camiseta con olor propio, los discos viejos, la libreta de teléfonos que ya nadie contesta. Yo también dejé esas cosas. Algunas las olvidé sin querer, otras las dejé a propósito, como quien entierra algo para aligerar el equipaje y luego descubre que el peso era precisamente eso que decidió enterrar.
Y sin embargo, los que se van nunca terminan de irse. Siempre conservan medio pie en el barrio, un trozo invisible del cuero cabelludo enganchado en algún alambre de púas, la mano extendida hacia una puerta que ya no se abrirá. Viven en gerundio: se están yendo y se están volviendo al mismo tiempo. A ratos avanzan, a ratos retroceden, pero la sensación general es de estar suspendidos en un pasillo sin principio claro ni final conocido.
Después de tantas décadas en esta ciudad, después de aprender a llamar al frío por su nombre en otra lengua y de caminar sobre el hielo sin besarlo con la cara, todavía hay mañanas en que me despierto buscando en el techo blanco del apartamento una luz que no pertenece a este hemisferio. Me toma un segundo —solo un segundo, pero entero— reconocer dónde estoy. Ese instante diminuto, casi imperceptible, es mi patria todavía en disputa.
Eso también lo veo en ellos. No en sus ojos, porque han aprendido pronto la disciplina de la mirada baja —esa forma de invisibilidad cortés que consiste en no encontrar otras pupilas para no correr el riesgo de ser visto demasiado—, sino en la manera en que sostienen el peso. Hay una forma particular de cargar las cosas que solo conocen quienes han dejado atrás algo irreparable. No es el gesto ligero del turista, que arrastra su maleta con la despreocupación de quien tiene fecha de regreso. Es más bien un modo de inclinar el cuerpo hacia adelante, de abrazar las correas como si fueran cinturones de seguridad en plena turbulencia.
Los que se van empiezan, sin darse cuenta, a llevar la cuenta de la ausencia como quien marca en la pared los días de una condena. Al principio calculan en semanas, luego en meses, más tarde en navidades. Imaginan un horizonte posible —ese regreso hipotético que se va moviendo hacia adelante, siempre dos o tres años más lejos— y mientras tanto se instalan en una vida a media vida: cambian de calle, de idioma y de oficio cuando pensaban que ya habían respondido algunas de sus preguntas esenciales.
En cada colombiano que camina estas calles ondea una bandera invisible hecha de todos los colores al mismo tiempo. Está a salvo del plomo y, la mayoría de las veces, del hambre, pero a cambio lleva encima otro tipo de despojo: el de la generosidad sin cálculo, la fiesta que no necesita motivo, la risa que brota de la desgracia y consigue redimirla por unos minutos, el follaje húmedo, el agua con olor a monte, los viejos que aman sencillamente porque sí y sin explicación. Eso no se recupera en ninguna oficina de inmigración. Eso se lleva como una herida que con los años se vuelve cicatriz, y con más años todavía, textura, relieve discreto sobre la piel de la memoria.
Esta mañana, uno de ellos levantó la cara. Fue apenas un gesto mínimo —un parpadeo alto, un vistazo fugaz para asegurarse de que el autobús que se acercaba era el correcto—, pero alcanzó para que nuestras miradas se rozaran. Durante ese brevísimo cruce, entre su pupila cargada de cansancio y la mía saturada de retrospectiva, nos reconocimos sin palabras. Él bajó la vista enseguida. Yo también la aparté, obediente a esa etiqueta tácita que dice que aquí nadie se mira demasiado.
No le dije nada. Él tampoco. Pero yo sabía algo que él todavía no puede saber: que va a resistir. Que un día, dentro de veinte años —o treinta, qué importa la exactitud cuando se habla del tiempo— va a estar parado en otra acera de esta misma ciudad, con la nieve rumiando en silencio sobre los bordes de la calle, mirando a otro recién llegado que camina encogido como si el cielo pudiera desplomarse en cualquier momento. Lo va a mirar desde el bordillo, con las manos hundidas en bolsillos ya acostumbrados, y va a sentir este mismo reconocimiento que hoy me atraviesa. Eso es lo que no le dije. Eso es lo que nadie te dice cuando llegas.
Seguí andando. El frío apretaba la mañana con un puño paciente, como quien sabe que al final siempre termina venciendo. La ciudad respiraba despacio, exhalando por las alcantarillas un vapor tímido que se elevaba unos segundos y luego desaparecía, como ciertas promesas que uno se hace cuando es joven y que el tiempo se encarga de deshilachar.
Mientras caminaba, pensé que mi país no es un territorio: es un gesto en la madrugada, una manera de servir el café, un modo de decir “ahorita” que jamás termina de aclarar si se habla del pasado o del futuro. En cada uno de nosotros —los que cruzamos alguna vez una frontera sin fecha escrita en el reverso del pasaje— vive una patria en miniatura que exige ser reproducida a distancia: el olor de los fríjoles, el eco de los tambores, la insolencia luminosa de los niños que se ríen en medio de la escasez como si supieran algo que nosotros, los mayores, hemos olvidado.
El exilio no es un accidente; es la consecuencia de muchas cosas que nadie termina de nombrar del todo. Y, sin embargo, lo más extraño, lo más verdadero, es descubrir un día que en realidad uno nunca se fue del todo. Irse por completo es imposible. Siempre queda algo —una palabra, un gesto, un modo de mirar la mañana— que sigue habitando allá, aunque nuestros pies aprendan rutas nuevas sobre esta nieve.
La luz gris fue subiendo poco a poco sobre los techos, como un telón que se abre sin prisa. En algún lugar de esta ciudad, casi a la misma hora, alguien se despertaba preguntándose —como yo me lo pregunté aquella primera vez— dónde estaba realmente. Yo seguí caminando, dejando que la mañana me negara y me adoptara a la vez, mientras el día, tercamente, comenzaba de nuevo.
Seguí caminando, dejando que la mañana me negara y me adoptara a la vez, mientras el día, tercamente, comenzaba de nuevo.
A veces, cuando la nieve cubre la ciudad y el silencio se vuelve sólido, me siento frente a la ventana y converso con ellos. El muchacho que se fue, el hombre que llegó, el anciano que espera. Nos miramos en el reflejo del vidrio y asentimos, cómplices de esta única verdad: el exilio no termina nunca. Se transforma. Se vuelve parte de uno, como una segunda piel, como un idioma que solo nosotros hablamos.
Y entonces comprendo que ya no busco regresar. Porque no hay un lugar al que volver: el país que dejé también se fue, también cambió, también es otro. Lo que queda es esto: el oficio de habitar la propia vida sabiendo que siempre seremos, de algún modo, extranjeros.
Incluso —quizás sobre todo— para nosotros mismos.
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