Capítulo 28: El asfalto con memoria

Capítulo 28

El asfalto con memoria


A mis años he comprendido que envejecer es como entrar en un jardín justo cuando el sol decide retirarse. Las flores se cierran, los pájaros callan, pero queda en el aire un perfume denso, un secreto que solo se revela en la luz menguante.

La luz de Montreal entra hoy por la ventana con una timidez de cristal, filtrada por ese cielo color ceniza que parece presagiar una nevada tardía o, quizás, solo el peso del olvido. Me he quedado quieto en el sillón de terciopelo gastado —ese que conserva la forma de mi cuerpo como si fuera un molde de mi propia ausencia— y el vapor de la taza de té se eleva en espirales caprichosas, recordándome que la vida no es más que ese hálito fugaz que se disipa contra el frío del mundo.

Entonces apareció la mariposa.

Venía dando tumbos por el otro lado del vidrio, borracha de un sol precoz que no le toca a esta altura del marzo canadiense. Me quedé observándola con los ojos cansados, viéndola bailar frente a mis párpados mientras el sueño me arrastraba hacia pasados que se resisten a morir. Afuera, la ciudad respira con una prisa que ya no me pertenece; escucho el rumor de los neumáticos sobre el pavimento húmedo y el eco lejano de voces que persiguen destinos urgentes. Pero aquí dentro, el reloj de pared marca un tiempo distinto, un tiempo circular donde los minutos no avanzan sino que se acumulan como hojas secas en el fondo de un patio.

Me invade esa melancolía mansa que llega con los años: una tristeza que no duele, sino que abriga, como una manta de lana vieja que uno se echa sobre los hombros para protegerse de las verdades desnudas.

No emigré a este norte. Me deslicé. Fue como cambiar de piel sin saberlo. Montreal no fue un destino, fue una pausa larga donde aprendí a nombrar lo que antes solo dolía. El exilio no me quitó la tierra; me dio raíces nuevas: invisibles, pero profundas. Ahora, cuando camino por estas calles, siento que hasta el asfalto tiene memoria y que el exilio es, después de todo, la única patria de los que no tenemos patria.

Se nace en cualquier parte, ese es el primer misterio inapelable. Pero se ama una tierra como propia y se quiere volver a sus entrañas. Allí donde el barro es más fuerte que el deseo de seguir caminando, donde mirar el cielo es un acto de soberbia desesperada, allí está la patria. La mía es un murmullo de casas cuyas paredes ya no existen pero siguen intactas en mi pecho. Mis raíces, expuestas al aire frío de este continente, sufrieron al principio, pero luego entendieron que podían nutrirse también de este suelo distinto. Aun así, en las noches de silencio elocuente, esas raíces tiemblan recordando la tierra roja de Antioquia, cálida como una matriz primordial.

El exilio, lo sé ahora, no empezó el día que el avión despegó. Empezó cuando la ciudad dejó de pronunciar correctamente mi nombre. Desde entonces camino como pasajero de barco en tierra firme, con el cuerpo acostumbrado al vaivén de otra geografía. He aprendido que partir es partirse: una mitad se quedó detenida en una esquina de Envigado o de Medellín, y la otra aprendió a decir «nosotros» en una lengua que no le pertenece del todo.

Siento que el tiempo ya no corre frente a mis ojos sino que camina a mi lado, un compañero silencioso y algo burlón que me toma del brazo para obligarme a mirar lo que antes ignoraba. A ratos el pasado regresa con tal nitidez que puedo tocar el frío de los metales y el calor de las pieles que amé, pero luego la bruma de la memoria lo envuelve todo de nuevo. Envejecer, comprendo ahora, es el arte de ir soltando lastre: despojarse de las pesadas armaduras del orgullo para quedar así, a la intemperie, con el alma desnuda y los sentidos alerta.

Mis ojos, cansados de buscar respuestas en el horizonte gris, terminan siempre refugiándose en la repisa. Allí, entre libros de lomo cuajado y frascos de botica vacíos, habita el único sobreviviente de mi naufragio personal: un pequeño caballo de plástico, con las patas firmes y una sonrisa pintada que el tiempo no ha logrado borrar. El legado de mi hijo. Un tesoro que me entregó con la solemnidad de quien cede un reino cuando apenas levantaba un palmo del suelo.

Al rozar el lomo frío de ese juguete, la habitación se llena de un galope invisible. Recuerdo el peso de aquel niño en mis hombros, su risa estallando contra el techo como una bandada de pájaros, en esos días en que yo me sentía invencible. El caballito de juguete parece ser el único que conserva la energía de aquel entonces: sigue listo para la aventura, mientras yo negocio con mis articulaciones cada movimiento. Es una ironía dulce y amarga a la vez. El plástico, tan inerte y humilde, ha vencido al tiempo, mientras que mi cuerpo, que se creía eterno, se ha ido desmoronando en silencio.

No me atrevo a llamarme escritor. Soy más bien un médium, un canal imperfecto para las voces que me habitan y exigen ser liberadas. No soy yo quien escribe: son ellas las que me utilizan para tender puentes entre los mundos que he habitado. En ese puente transitan fantasmas y esperanzas, el polvo de las tolvaneras del norte y los acordes menores de canciones oídas en cantinas donde el tiempo se detiene.

Escribo para no disolverme en la niebla del olvido, para que mi soledad conecte con otra soledad en una comunión que trascienda el mapa.

La tarde termina de desplomarse sobre los tejados de la ciudad y las sombras se alargan por el suelo como dedos que buscan el calor de la estufa. Aprieto el pequeño caballo contra la palma de mi mano, sintiendo sus bordes de plástico grabarse en mi piel como un sello de pertenencia. La salud se habrá ido y la juventud será un eco lejano, pero en la penumbra de este apartamento comprendo que la vida no fue una epopeya de conquistas, sino esta pequeña y luminosa colección de instantes rescatados del incendio.

No cierro estas notas con un punto final, que implica una certeza que no tengo. Prefiero dejarlas suspendidas, como una nota musical que sigue vibrando después de que el músico ha retirado los dedos. A los setenta y tres, recibo mis achaques como una herencia digna. No es una pérdida: es la ganancia de quien ha caminado lo suficiente para saber que el presente, con su sol pálido y sus cenizas, es la única eternidad que nos está permitida.

Y mientras alguien recuerde el galope, el caballo nunca dejará de correr.

Comentarios

Entradas populares de este blog

* Prólogo - Antes de entrar al jardín

^Capítulo I - El jardín de lo vivido

^ Capítulo 2 - Carta a quien llega cuando yo me vaya