63 — Lo que la noche sabe

 Capitulo 63

 — Lo que la noche sabe

Poco sé de la noche, y sin embargo hay en ella una forma de reconocimiento que me inquieta. Es como si me hubiera estado esperando desde siempre, como si supiera mi nombre antes de que yo mismo lo aprendiera. Cuando llega, no lo hace con estruendo, sino con una delicadeza antigua: apaga los contornos del mundo, suaviza las heridas del día y me cubre con una penumbra que no asusta, sino que abriga. Bajo su amparo, la conciencia se vuelve más honda, como si cada estrella fuese una pequeña lámpara encendida para alumbrar lo que en la claridad se esconde.

A veces me atrevo a pensar que hemos entendido todo al revés. Que la vida no ocurre bajo el sol, sino en esta respiración oscura donde los pensamientos se desnudan y las certezas pierden su rigidez. Quizás el sol, con su luz implacable, sea apenas una pausa luminosa, y la noche, en cambio, el verdadero territorio donde existimos sin máscaras. O tal vez no haya nada de eso y todo sea una ilusión tejida por nuestra necesidad de sentido: la noche, nosotros, las preguntas que repetimos como si al insistirlas fueran a responderse solas.

Y, sin embargo, hay algo que persiste.

Porque aunque todo parezca desvanecerse en ese vasto silencio, las palabras quedan flotando como restos de un naufragio antiguo. Son ellas las que nos sostienen cuando el vacío se abre bajo los pies, las que inventan una forma de permanencia en medio de lo incierto. Con ellas nombramos lo que amamos, lo que perdimos, lo que aún duele. Con ellas intentamos, inútilmente tal vez, dejar una huella en el tiempo.

Pero la noche también conoce lo que evitamos mirar. Sabe de la miseria que nos atraviesa, de esa sed oscura que a veces enturbia nuestras ideas y vuelve ásperas nuestras miradas. Hay en ella una lucidez implacable que no juzga, pero tampoco consuela del todo. Nos expone, nos desnuda, nos obliga a reconocer las grietas que el día disimula con su ruido.

Y entonces ocurre algo extraño: en medio de ese despojo, la noche deja de ser ajena y empieza a doler. La siento en los huesos, como un lamento antiguo que no logro traducir. Es un llanto sin lágrimas visibles, una vibración que recorre la memoria y se instala allí donde las pérdidas han echado raíz. Hay algo que la noche sabe y yo apenas intuyo: que una parte de nosotros se ha ido para siempre, sin despedirse, sin promesa de regreso.

Pero incluso en esa certeza hay una semilla.

Porque si algo se pierde, también algo insiste en permanecer. Quizás no volvamos a ser quienes fuimos, ni habitemos de nuevo los mismos nombres o los mismos sueños. Pero en algún lugar, en una forma que todavía no comprendemos, algo de nosotros se rehace lentamente, como la oscuridad que cada noche vuelve a cubrir el mundo sin pedir permiso.

Y tal vez —solo tal vez— en ese retorno silencioso, aprendamos otra manera de ser.

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