Capítulo 40 - El día en que me fui sin regreso

 Capítulo 40

-El día en que me fui sin regreso

Hay decisiones que no se anuncian: se revelan en silencio, como una grieta que un día deja pasar la luz.

La mía tuvo fecha —aunque su raíz venía de mucho antes—: el 26 de julio de 1988.

Ese día salí de Colombia.

Pero lo que nunca dije —ni siquiera a los que me abrazaron en el aeropuerto— fue que no pensaba regresar. Lo supe sin palabras, con esa certeza íntima que no necesita explicación. Crucé el aeropuerto como quien cruza un umbral sin retorno y en algún lugar invisible, muy dentro de mí, escuché el crujido de algo que empezaba a arder.

No era solo la despedida. Era la vida que dejaba atrás, consumiéndose sin ruido.

No hubo gestos dramáticos. Nadie sospechó que aquel viaje no tenía regreso. Yo mismo disimulé bien. Sonreí, asentí, abracé como se abrazan las ausencias temporales. Pero en el fondo —en ese lugar donde uno no puede mentirse— ya había tomado la decisión más definitiva de mi vida.

Llegué a Montreal con el frío aún ajeno y las manos llenas de pasado. No hubo ceremonia, ni bienvenida que borrara lo anterior. Solo una frase sencilla, casi seca, que me dije como quien se dicta una sentencia necesaria:

—Aquí me voy a quedar.

Esa noche sentí que algo en mí tomaba una decisión irreversible: quemar el barco. No el de madera, sino ese otro, invisible, hecho de recuerdos, de promesas, de caminos que ya no iba a recorrer. Lo incendié sin testigos. Y, sin embargo, me quedé mirando. Porque uno no abandona así como así lo que fue su vida. Hay una parte que se queda contemplando cómo todo se hunde despacio: los sueños intactos de juventud, las historias que uno creyó eternas, la versión de sí mismo que habría sido si se quedaba.

Todo eso ardió. Todo eso se hundió.


Ahora tengo más de setenta años y las tardes de invierno en Montreal duran lo que dura una vida entera. La luz se retira temprano, como un huésped que no quiere molestar, y yo me quedo aquí, en este apartamento que huele a café frío y a libros que han sido leídos más de una vez, mirando la ventana sin ver realmente la calle.

A veces pienso en aquel hombre que fui antes de partir.

No lo juzgo. Lo miro con una especie de ternura distante, como se mira una fotografía encontrada entre papeles viejos — ese desconocido que, sin embargo, nos pertenece. Él no sabía todo lo que iba a perder. Tampoco sabía que años después, en una ciudad del desierto mexicano que entonces ni conocía, nacería alguien que llevaría su sangre y que con el tiempo convertiría su nombre formal en un diminutivo cariñoso, como quien domestica algo que parecía solemne.

Eso él no lo sabía.

Yo, que soy él y ya no lo soy, tampoco lo supe hasta que ocurrió.

Hay cosas que la vida te da precisamente porque quemaste el barco. Porque cuando ya no hay retorno posible, la existencia tiene que inventar hacia adelante. Y a veces lo que inventa te deja sin palabras.


Hoy el barco lleva décadas en el fondo. No lo imagino como un naufragio sino como algo que el mar fue convirtiendo lentamente en otra cosa: en coral, en refugio de peces, en parte del fondo que sostiene la superficie. Lo que ardió no desapareció — se transformó en la materia silenciosa de lo que vine a ser.

No sé si eso es consuelo o simplemente la verdad.

Pero hay algo que sí sé, desde esta altura de años desde la que ya no se discute sino que se contempla: aquel hombre que cruzó el aeropuerto en julio del 88 sin decirle a nadie que no volvería —ese hombre estaba lanzando también una botella. No lo sabía. Creía que estaba huyendo, o salvándose, o simplemente partiendo. Pero estaba lanzando al mar algo que tardaría décadas en llegar a alguna orilla.

Estas páginas, quizás, son esa orilla.

Y yo, desde aquí, desde este apartamento donde el invierno golpea los vidrios con una paciencia que me resulta familiar, sigo mirando el agua.

Todavía hay algo que navega.

— En este punto del viaje

A quienes llegaron hasta aquí conmigo, gracias por acompañarme en este recorrido hecho de silencios, pérdidas, pequeñas victorias y jardines que solo florecen cuando uno se atreve a mirarlos de cerca. Si algo queda de estas páginas, ojalá sea la certeza de que toda vida, incluso la más herida, guarda un resplandor que insiste. Sigo aprendiendo a habitar mis días, a reconciliarme con mis sombras y a honrar los lugares que me hicieron y los que me deshicieron. El exilio continúa, es cierto, pero también continúa la ternura, la memoria y la posibilidad de volver a empezar. Gracias por leerme. Gracias por caminar conmigo un tramo de este viaje.

Abelardo Salazar S.

Comentarios

Entradas populares de este blog

* Prólogo - Antes de entrar al jardín

^Capítulo I - El jardín de lo vivido

^ Capítulo 2 - Carta a quien llega cuando yo me vaya