Capítulo 43 - El temblor que me habita
Capítulo 43
-El temblor que me habita
Hay días en que despierto con la sensación de haber dejado el corazón fuera del cuerpo, como si durante la noche hubiera salido a caminar solo por las calles frías de esta ciudad y regresara cansado, húmedo de mundo, demasiado lleno de lo que no le pertenece.
Mi hermana Leticia solía decirlo sin rodeos, con esa claridad que solo tienen los afectos antiguos:
—Usted tiene corazón de pollo.
Y yo, que entonces fingía una fortaleza que no tenía, me reía para no darle la razón. Pero los años —que son los únicos que desnudan sin prisa— han venido a confirmarlo: tenía razón. La sigue teniendo.
He vivido con un corazón que no sabe defenderse.
No aprendió a endurecerse cuando debía, ni a mirar hacia otro lado cuando el dolor ajeno se volvía insoportable. Se quedó abierto, como una puerta que nadie cierra del todo, dejando pasar el frío, el ruido, las noticias que llegan como cuchillos desde lugares que uno nunca pisó pero que, sin embargo, duelen como propios. Y sin embargo —y esto me ha costado años entenderlo— no tengo nada que olvidar de mi pasado. Solo espero que el olvido no se olvide de quien fui. He dado más de lo que algunos me han quitado, y aun así he seguido adelante, sin rencores que me aten ni sombras que me reclamen. También aprendí a aceptar a la que se olvidó de mí —porque hay despedidas silenciosas que pesan menos que una mentira, y porque uno termina comprendiendo que perder, a veces, es la única forma de volver a ser uno mismo.
Me conmueve todo.
La miseria que no tiene nombre. Las guerras que repiten siempre la misma escena con distintos actores. Mi país —ese que todavía llevo como una herida tibia— que no termina de encontrar descanso en medio de su propia violencia.
Y hay algo peor que el dolor: la impotencia.
Esa sensación de estar vivo en un mundo que se desmorona sin pedir permiso, de ser testigo inútil de lo que no se puede cambiar. Uno envejece creyendo que el tiempo trae respuestas, pero hay preguntas que solo se vuelven más hondas. ¿Para qué sentir tanto si no se puede aliviar casi nada?
A veces me descubro cansado de este latido.
No del vivir —eso sería ingratitud—, sino de esta manera de vivirlo todo como si cada cosa me atravesara. Como si el mundo no ocurriera afuera, sino dentro de mí.
Pero luego —siempre hay un luego— algo se acomoda en silencio.
Tal vez es la luz que entra por la ventana sin hacer ruido. Tal vez es el vapor de un café que se eleva como una plegaria mínima. Tal vez es el recuerdo de mi hijo, pequeño, corriendo detrás de un barquito de papel en medio de una lluvia torrencial, creyendo que aquel frágil navío podía vencer cualquier corriente.
Y entonces comprendo.
Que este corazón —débil, torpe, desbordado— no ha sido una condena, sino una forma de permanecer humano en medio de tanto endurecimiento.
He sufrido, sí. Me he angustiado más de la cuenta. He cargado dolores que no eran míos. He amado a quien no supo quedarse, y he aprendido a sostener esa ausencia sin convertirla en herida permanente —porque hay pérdidas que, una vez aceptadas, devuelven algo esencial: la propia forma, el propio nombre, el territorio interior que uno había cedido sin darse cuenta.
Pero también —y esto lo digo en voz baja, casi con pudor— he amado con una intensidad que no todos conocen.
He sabido estremecerme ante lo pequeño. He sentido el peso de una lágrima ajena como si fuera propia. He vivido, en fin, sin anestesia.
Y quizá no había otra manera.
Porque endurecerse del todo es otra forma de morir en vida. Es dejar de escuchar ese rumor secreto que nos recuerda que todavía pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
Hoy, en este tiempo lento en que los días ya no corren sino que se posan, he dejado de culparme.
Mi corazón no necesita corrección. Necesita comprensión. Lo dejo latir como sabe: a veces desordenado, a veces excesivo, a veces cansado. Y cuando ya no puede más, lo suelto un instante —como quien abre la mano para que un pájaro descanse en el aire— y lo dejo ir hacia ese lugar invisible donde todo lo sentido encuentra, de algún modo, su descanso.
No sé si el mundo mejorará. No sé si la violencia cesará algún día. No sé si las preguntas encontrarán respuesta antes de que el silencio me alcance.
Pero hay algo que sí sé.
Mientras este temblor me habite, mientras algo en mí se estremezca ante la vida, mientras el dolor ajeno encuentre eco en mi pecho,
seguiré aquí,
no como quien entiende, sino como quien siente —
y acaso, en ese gesto inútil y necesario, en ese latido que no aprende a callar,
todavía haya una forma secreta de esperanza…
como si el corazón, aun cansado, siguiera escribiendo en la sombra lo que todavía no termina de decir.
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