Capitulo 45 - La soledad escogida

Capitulo 45

- La soledad escogida

Hay frases que no se escriben: se revelan, como esas grietas en la madera vieja que solo aparecen cuando la luz entra en cierto ángulo. Esta —que la soledad verdadera no es ausencia sino una distancia interior— me encontró una tarde cualquiera mientras el silencio se sentaba a mi lado sin pedir permiso, como alguien que ya conoce el camino hasta la silla.

He vivido solo, sigo solo y así seguiré. Eso ya no me inquieta como antes. Lo verdaderamente difícil no ha sido la soledad en sí, sino aprender a habitarme dentro de ella.

Porque la soledad más honda —la que no se dice en voz alta— no es la falta de gente ni el eco de pasos en un pasillo vacío. Es esa fractura discreta entre lo que uno es y lo que logra acompañar de sí mismo. Como si dentro de uno hubiera habitaciones cerradas con llave y el propio dueño ya no recordara dónde las dejó. Y eso duele, aunque rara vez sepamos nombrarlo con precisión.

Recuerdo una tarde en que la luz caía oblicua sobre el escritorio, dividiendo el cuarto en dos zonas —una iluminada, otra en sombra— como si el espacio mismo reprodujera algo que ocurría también dentro de mí. En ese instante cotidiano, tan repetido, tan silencioso, sentí de pronto una distancia inexplicable. No entre el mundo y yo, sino entre mis propias manos y aquello que tocaban. Como si mi vida, por un instante, se hubiera vuelto ajena a quien la vivía.

Fue ahí cuando comprendí —o creí comprender— que uno puede estar entero por fuera y sin embargo incompleto por dentro.

La imagen del árbol me persiguió desde entonces.

Un árbol solo en medio de una llanura no está necesariamente solo. Tiene el viento, la tierra, el cielo, la lluvia que lo nombra. Su soledad es aparente, casi digna. Pero cuando la savia deja de dialogar con la corteza, cuando la raíz olvida el lenguaje secreto de la hoja, entonces sí hay ruptura. Una soledad más silenciosa y más profunda: la de lo que se ha separado de sí mismo sin advertirlo.

Uno, con los años, aprende a reconocer esas grietas.

Las he sentido —no lo niego— en los días en que fui padre desde la distancia, cuando la voz de mi hijo viajaba por cables y no por abrazos. También en las noches en que el pasado regresaba sin avisar, trayendo consigo versiones mías que ya no sabía si me pertenecían o eran apenas sombras persistentes que el tiempo aún no había recogido.

¿En qué momento dejamos de acompañarnos?, me pregunto a veces.

No siempre hay respuesta.

Pero la soledad escogida —y aquí está lo que he tardado décadas en entender— no nace de la renuncia ni del destierro. Nace de un pacto íntimo con la propia alma, ese acuerdo callado en el que, por fin, uno deja de huir de sí mismo. En ese territorio que nadie ve desde afuera, el mundo pierde su urgencia. Ya no exige respuestas ni máscaras. Las heridas antiguas, que alguna vez ardieron como brasas, se enfrían lentamente hasta volverse memoria tibia. Y las penas —esas viejas compañeras obstinadas— se adelgazan como niebla al primer gesto del amanecer.

Entonces el corazón, libre al fin de testigos y de juicios, se reconoce. No como héroe ni como víctima, sino como lo que siempre fue: un espacio vasto, capaz de sostener sus propias contradicciones sin quebrarse.

He empezado, tarde pero a tiempo, a sentarme conmigo mismo sin exigencias. A escuchar mis propias contradicciones sin intentar corregirlas de inmediato. A aceptar que dentro de mí conviven el hombre que fui, el que quise ser y el que apenas estoy entendiendo. No siempre se ponen de acuerdo. Pero ya no se desconocen del todo.

A veces basta un gesto pequeño —una canción que regresa de improviso, una luz que cambia de ángulo sobre la tarde, la presencia quieta de Sombra al pie de la silla— para que algo dentro vuelva a enlazarse. Como si la savia recordara, de pronto, su camino hacia las ramas más altas.

No es una reconciliación completa. No es un milagro.

Es apenas un hilo. Pero los hilos —lo sé ahora— también sostienen.

Mientras escribo estas líneas, sin destinatario claro, siento que algo en mí se aproxima despacio, como quien vuelve a casa después de un largo extravío. No con certezas ni con respuestas, sino con una forma más amable de habitar el propio silencio.

Afuera, en la calle De Rigaud, alguien camina bajo la nevada fina y no levanta la vista. Quizás tampoco él sabe todavía que la distancia entre la raíz y la hoja puede, con paciencia, dejar de doler.

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