Capitulo 44 - Lo que el llanto no pudo salvar
Capítulo 44
-Lo que el llanto no pudo salvar
He llorado —sí, lo confieso sin ese pudor inútil que uno abandona con los años—, pero no como lloran las tormentas que buscan espectáculo, sino como llueve la memoria: hacia adentro, en silencio, con una persistencia que no hace ruido pero desgasta.
He llorado por las vidas que no llegaron a ser, por esos destinos que quedaron a medio trazo como dibujos interrumpidos por una mano invisible. Por la infancia que caminó descalza sobre un mundo demasiado áspero, como si el suelo hubiera sido pensado para otros pies. He llorado por la voz mutilada del que canta —esa garganta que quiso ser pájaro y terminó aprendiendo el idioma del silencio—.
He llorado por la mujer que, desnuda en su empeño, enfrentó la vida con la única armadura de su dignidad; por la huella oscura que el dolor deja en la piel, como si la ternura también tuviera su forma de sangrar.
He llorado, también, por las bondades que se tuercen en el camino, por esos gestos nobles que nacen limpios y se extravían en manos equivocadas; por el hombre que creyó en la justicia antes de que la justicia dejara de creer en él; por el alma que buscó alas en el vicio —no por debilidad, sino por ignorancia del vuelo verdadero—.
Y he llorado por las heridas que no cierran. Esas que no solo duelen, sino que recuerdan. Esas que, de tanto permanecer abiertas, terminan volviéndose una forma de identidad.
Mis lágrimas —tan humanas, tan honestas— nunca llegaron a ser río.
Caían una a una, con la esperanza de encontrar cauce, de volverse corriente que arrastrara el peso de lo vivido… pero se quedaban suspendidas en algún lugar incierto, como palabras que uno nunca pronuncia y que, por no decirse, terminan pesando más que cualquier verdad dicha a tiempo.
Agua y sal. Apenas eso.
Insuficientes para sanar lo que el tiempo ha decidido conservar como huella.
Lo intenté —no voy a negarlo—.
Quise creer que el dolor, nombrado con suficiente paciencia, podía transformarse en otra cosa: en alivio, en una memoria más dócil, en una forma discreta de redención.
Pero no todo en la vida está hecho para resolverse.
Hay dolores que no buscan cura.
Solo buscan ser reconocidos.
Hoy lo entiendo —con esa claridad tardía que suele llegar cuando ya no hace falta—: no todas las lágrimas nacen para salvar. Algunas existen únicamente para recordarnos que no nos volvimos piedra.
Y, sin embargo…
Aquí sigo.
Con el corazón abierto —tal vez demasiado—, como una casa sin puertas donde el viento entra sin pedir permiso y se queda el tiempo que quiere. A estas alturas, uno ya no intenta cerrarlo todo. Aprende, más bien, a convivir con las corrientes, con los ecos, con ciertas ausencias que se sientan a la mesa sin ser invitadas.
Porque hay algo que no cambia, ni siquiera con los años: ese temblor íntimo que no pide permiso. Esa forma de sentir que a veces se parece a una condena… y otras, a un milagro discreto.
No elegí esta manera de mirar el mundo.
Pero tampoco la cambiaría.
Tal vez mis lágrimas no encontraron el mar.
Tal vez se quedaron flotando en ese territorio invisible donde habitan las cosas que no terminan de ser ni de desaparecer.
Pero me gusta pensar —con la obstinación serena de los que ya no necesitan certezas— que algo de ellas sigue moviéndose, muy adentro, como un río subterráneo que no se ve… pero que sostiene.
Porque incluso lo que no sana, sostiene.
Incluso lo que no salva, acompaña.
Y a veces, en las noches más calladas, cuando todo parece en su sitio y el pasado respira con menos urgencia, tengo la impresión —leve, casi imperceptible— de que esas lágrimas, las mismas que nunca llegaron al mar…
siguen buscando su camino.
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