Capítulo 50 — Donde el viento aprende a quedarse

 Capítulo 50

—Donde el viento aprende a quedarse

A veces siento que he vivido como el viento: no ese que arranca techos ni ese que se anuncia con furia, sino el otro, el que pasa sin pedir permiso y deja vibración apenas visible en las cortinas. Así he cruzado los años —con una maleta que nunca termina de vaciarse—, recogiendo nombres, estaciones, silencios. Y sin embargo, hay días en que descubro, con una sorpresa casi infantil, que incluso el viento se cansa de irse… y aprende, poco a poco, a quedarse.

Esta mañana, mientras el invierno se demoraba en los bordes de la ventana, dejé enfriar el café más de la cuenta. No por descuido, sino por esa costumbre que uno adquiere con los años: dejar que las cosas reposen, como si en esa pausa se revelara algo que antes no supimos escuchar. Afuera, un hombre caminaba con prisa —quizá hacia un trabajo, quizá hacia una vida que todavía le exige respuestas—. Yo lo observaba desde este lado del tiempo, donde las preguntas ya no se persiguen: se contemplan.

Pensé entonces en mis pasos de antes, en ese hombre que fui cuando todo parecía urgente. Caminaba con el corazón adelantado, como si la vida estuviera siempre a punto de escaparse. No sabía —no podía saber— que lo que se pierde no es lo que se va, sino lo que no se mira mientras ocurre.

He cargado soledades, sí. Algunas llegaron como castigo, otras como refugio. Las primeras dolían; las segundas enseñaban. Con los años, aprendí a no distinguirlas demasiado. Porque la soledad —esa palabra que tantos esquivan— no siempre es ausencia: a veces es una forma de presencia más honda, una conversación sin ruido con aquello que somos cuando nadie nos nombra.

Recuerdo una tarde lejana, en otra ciudad, en otro clima, cuando aún creía que la compañía bastaba para espantar el vacío. Éramos varios en una mesa —risas, vasos, palabras que se cruzaban como pájaros—, y sin embargo, dentro de mí había un silencio espeso, como si algo no terminara de llegar. No lo dije. Uno aprende pronto que ciertas verdades no encuentran lugar en la conversación ajena.

Hoy lo entiendo mejor: no estaba solo por falta de otros, sino por distancia de mí mismo.

Con el tiempo —ese maestro que no repite la lección—, fui acercándome a ese hombre que habitaba en mis márgenes. No fue un encuentro luminoso, ni una revelación súbita. Fue más bien un reconocimiento lento, como cuando uno vuelve a una casa antigua y descubre que aún sabe dónde cruje el piso. Me fui aceptando en mis grietas, en mis contradicciones, en mis silencios torpes con quienes más amaba.

Ahí, en ese territorio sin testigos, comprendí algo que nunca supe decirte del todo: hay amores que no se pronuncian bien. No porque falten palabras, sino porque sobran temores.

A veces pienso en ti —no como eras, sino como fuiste para mí en ciertos instantes precisos—: una risa breve, una pregunta inesperada, una mirada que buscaba algo que yo no siempre supe ofrecer. La memoria no guarda los días completos; guarda destellos. Y en esos destellos, uno descubre lo que verdaderamente fue importante.

No te escribo para explicarme. Tampoco para corregir lo que ya pertenece al tiempo. Escribo porque hay cosas que solo encuentran su forma cuando se dejan ir en silencio, como una botella que uno lanza al mar sin saber quién la encontrará.

He sido sombra de lo que fui, sí, pero también he sido huella de lo que aún soy. Y en esa mezcla —imperfecta, humana— hay una paz que no conocí en mis años de prisa. Ya no me interesa ser coherente con el pasado. Me basta con ser honesto con este instante que respira.

Afuera, la luz ha cambiado sin que yo lo notara. Siempre ocurre así: el día avanza sin pedir permiso, igual que la vida. Y uno, desde este borde donde las cosas adquieren otro peso, aprende a mirar sin apresurar el significado.

Soy, todavía, parte de lo que se perdió. Pero también —y esto me sorprende cada vez que lo pienso— soy parte de lo que aún me espera.

Quizá la vida nunca dejó de insistir.

Quizá siempre hubo un lugar para mí, incluso cuando yo no sabía habitarlo.

Ahora lo presiento en lo simple: en el vapor que asciende de una taza, en el crujido leve de la madera al anochecer, en esta manera nueva de no huir de mí mismo.

Y mientras la tarde se inclina suavemente hacia su propia memoria, me quedo aquí —sin rumbo, pero no perdido— escuchando cómo algo en mi interior, muy despacio, empieza a acomodarse.

Como si el viento, al fin, hubiera encontrado una forma de quedarse…

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— Donde la voz encuentra su propia compañía

A veces deseo algo tan simple —y, sin embargo, tan esquivo—
como poder hablar con alguien del mismo modo en que hablo conmigo.

Sin medir las palabras.
Sin ordenar los recuerdos como si fueran muebles que deben lucir presentables.
Sin esa necesidad absurda de fingir que todo está en su sitio,
cuando uno sabe —en lo más hondo— que la vida nunca lo está del todo.

No busco un confidente perfecto.
A mi edad, uno deja de creer en esas perfecciones que solo existen en la imaginación de los jóvenes.
Me bastaría una presencia serena, alguien capaz de quedarse —sin prisa—
y sostener mis silencios como quien sostiene una taza caliente en invierno.

Alguien que entienda que, detrás de cada frase,
no hay solo palabras,
sino un hombre que aprendió a escucharse
porque durante demasiados años no tuvo a quién decirle nada.

—Y no lo digo con amargura—
lo digo como quien reconoce el camino que le tocó andar.

Recuerdo, a veces, aquellas noches en que la ciudad era apenas un murmullo lejano
y yo conversaba conmigo mismo como si hablara con un viejo amigo.
No había testigos, ni interrupciones, ni juicios.
Solo esa voz interior —torpe al principio, luego más clara—
que poco a poco fue enseñándome a nombrar lo que dolía,
y también lo que aún estaba vivo.

Quizá por eso ahora entiendo —tarde, como casi todo lo importante—
que la verdadera intimidad no consiste en ser comprendido,
sino en poder pensar en voz alta junto a alguien
sin sentir que uno se expone…
sin sentir que se pierde.

Como si el alma pudiera quedarse en su sitio
aunque las palabras salgan a caminar.

Pero esas presencias no abundan.
Y uno aprende —con una mezcla de resignación y gratitud—
a habitar su propio eco.

Así que sigo conversando conmigo,
no por falta de mundo,
sino porque en ese diálogo silencioso he encontrado algo que no supe reconocer antes:

una forma humilde de compañía,
una lealtad que no exige explicaciones,
una voz que —a pesar de todo— nunca me ha abandonado.

A veces pienso que no es tan poco.

Y mientras la tarde se desliza lenta detrás de la ventana,
y el día se recoge como un animal cansado,
me digo —casi en secreto—
que tal vez esta conversación que sostengo conmigo mismo
no sea el final de algo,
sino apenas otra manera de seguir hablando…

aunque nadie responda todavía.

sin dejar de ser viento.

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