*** 50 La manera en que la luz se retira

 Capitulo 50

-La manera en que la luz se retira


No le temo a la muerte. Lo que me inquieta es la manera en que pueda hallarme cuando llegue: si encontrará el cuarto en orden o en ese desorden áspero que he visto en otros cuerpos, cuando la vida se deshilacha sin elegancia y nadie alcanza a recoger los hilos.
La muerte, al fin y al cabo, es un gesto mínimo. Una puerta que se cierra sin estrépito. Pero el final es otra cosa. El final es un corredor donde la sombra se estira y el cuerpo comienza a desconocerse, como si olvidara, poco a poco, que alguna vez fue casa.

He visto despedidas mal resueltas. He visto lámparas que titilan antes de rendirse, respiraciones que se vuelven territorio hostil, manos que tantean el vacío buscando una orilla que no responde. He visto cuerpos rendidos antes de tiempo, rostros que se apagaban con esa lentitud que no debería pertenecerle a nadie. Y entonces uno comprende —sin palabras, porque para esto las palabras llegan tarde— que no es la muerte lo que hiere, sino la forma en que la vida se retira de nosotros. Si lo hace con la cortesía de quien apaga una lámpara al salir, o con ese desorden que deja todo a mitad.
Hay una diferencia secreta entre desaparecer y llegar al borde con el corazón todavía en orden. Esa diferencia la he aprendido mirando de cerca a los míos, a los amigos que se fueron con un dolor inútilmente largo, a las habitaciones donde la vida se quedaba sin voz mientras afuera el mundo seguía, imperturbable, con sus trámites y sus autobuses.

A veces pienso que nacemos como una chispa que salta del fuego sin que nadie la haya pedido: una luz breve arrojada al mundo por un azar que no entiende de destinos. La vida nos recibe sin instrucciones, sin propósito, como si fuéramos hojas que el viento deposita en un suelo que no eligió recibirnos. Y el dolor llega igual: sin aviso, sin justicia, sin el menor protocolo. Es el idioma secreto del universo, un lenguaje que nadie nos enseñó y que, sin embargo, todos terminamos hablando con torpeza, con el cuerpo, con los silencios que dejamos en los demás.

Y morimos así, también: sin que el universo tome nota. La muerte no nos espera con un balance ni con una explicación. Simplemente ocurre, como ocurre la noche sobre los campos, como ocurre el silencio cuando la última palabra se agota. Somos apenas un parpadeo en esa inmensidad que nunca supo de nosotros.

Pero en medio de esa insignificancia cósmica hay algo que se resiste. Una pequeña llama que encendemos unos en otros cuando amamos, cuando cuidamos, cuando recordamos. El universo no sabe que existimos. Nosotros sí. Y en esa conciencia frágil —en esa lucidez que duele y al mismo tiempo ilumina— hay algo que no necesita ser eterno para tener peso: un gesto que sobrevive, una voz que sostuvo a otra voz cuando temblaba, la memoria de un rostro que alguien guarda sin saber exactamente por qué.

Hay mundos que cargan demasiado peso, que nos aprietan los costados con esa nostalgia de lo que fuimos y no volveremos a ser, recordándonos a cada paso la fragilidad de lo que somos: tierra apenas, moldeada por las manos del tiempo. Nos asusta ver cómo la vida, en su andar, va soltando puñados de nuestro polvo aquí y allá, como si el tiempo nos desgranara en mitad del camino.
Y sin embargo, ese polvo no es olvido.

Aunque vayamos dejando fragmentos a lo largo de los años —mapas de la piel que se borran, hilos sueltos, rastros en casas que ya no habitamos—, no hay que temer a la dispersión. Cada pedazo que queda en el camino, cada gota derramada en el surco de los días, es también una forma de arraigo: nuestra esencia fundiéndose con las raíces de los árboles que nos vieron pasar, con el adobe de las paredes que nos conocieron, con la memoria de quienes algún día nos nombrarán sin que hayamos podido pedírselo.

Nadie desaparece del todo mientras haya alguien que recoja esos fragmentos y los devuelva, sin saberlo, a la vida.

Por eso, cuando pienso en mi propio final, no imagino un golpe ni una caída. Imagino una marea lenta que asciende con paciencia, probando la arena, midiendo mis pasos ya cansados. No me asusta su llegada. Me inquieta, más bien, la posibilidad de que me encuentre en un silencio demasiado pulcro, en una claridad sin memoria, donde nada confirme que estuve realmente aquí.

Hay noches en que reviso lo vivido como quien recorre un cuarto al anochecer, sin encender la luz. Sin prisa. Sin juicio severo. Miro lo que creció sin cuidado, lo que floreció a destiempo, lo que nunca llegó a abrirse del todo. Y, sin embargo, en medio de esa imperfección inevitable, reconozco una forma humilde de belleza: la de haber habitado este terreno con lo que tenía a mano —dudas, torpezas, pequeños aciertos—, como quien construye sin planos, guiado apenas por la intuición y la necesidad de seguir.

No es resignación lo que siento. Es lucidez. Uno aprende, con los años, que el fin no siempre asusta por sí mismo; asusta la forma en que nos prepara, o no nos prepara, para recibirlo. Y entender eso, aunque duela, también es una manera de no estar del todo solo.

La nieve cae afuera con su paciencia de siempre. Montreal sigue siendo esta ciudad donde el invierno enseña a los hombres a no hacerse ilusiones con el clima, pero sí con la resistencia. Yo me quedo aquí, en mi ventana del 413, conversando con el tiempo como quien habla con alguien que ya no necesita explicaciones.

Tal vez el final no sea más que eso: un último atardecer donde la luz se retira sin dramatismo, sin preguntas, dejando suspendido en el aire un resplandor tenue, casi misericordioso. Una lámpara encendida para quien todavía esté por llegar, sin saber bien desde dónde.

Y si la muerte llega de ese modo —sin exigencias, como una sombra que se sienta a mi lado y respira el mismo silencio—, entonces en este cuarto oscurecido quedará algo que no sabría nombrar del todo. Algo que no es exactamente luz, pero que tampoco es su ausencia.

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