Capitulo 58 ' El tiempo
Capitulo 58
El tiempo
El tiempo, he llegado a entenderlo tarde, no es la flecha que me enseñaron en la escuela ni la línea dócil que los relojes pretenden domesticar. Es un río con humor propio: se acelera cuando uno quisiera demorarse, se enrosca cuando uno busca claridad, se detiene en remolinos donde ciertos recuerdos insisten en quedarse girando, como hojas atrapadas en un mismo punto del agua.
A veces pienso que Einstein no hablaba de ecuaciones, sino de nosotros. De esta vida que se dobla, se retuerce, se bifurca sin pedir permiso. Hay días en que siento que mi historia pudo haber seguido otro cauce, que un gesto mínimo —una palabra dicha a destiempo, una puerta que no crucé— abrió un río paralelo donde camina un hombre que se parece a mí, pero no soy yo. Y en esa sospecha hay algo de vértigo y algo de consuelo.
Porque si el tiempo puede curvarse como un pretzel, si puede formar nudos y desatarse, si puede dividirse en dos ríos sin romperse, entonces quizá tampoco sea imposible volver a ciertos lugares. No hablo de máquinas ni de paradojas: hablo de esos instantes en que la memoria se abre como una compuerta y uno regresa, sin moverse, a la casa donde fue niño, al rostro que ya no está, al olor de una tarde que parecía perdida.
Tal vez el viaje en el tiempo sea eso: un modo de escuchar los pliegues del río, de reconocer que no todo lo vivido se ha ido del todo, que hay remolinos donde el pasado sigue respirando. Y que, si uno se acerca con cuidado, puede asomarse a ellos sin romper nada, como quien mira un pez dorado suspendido en el agua quieta.
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