Capítulo 59 — El desconocido que aún me habita


Capítulo 59

— El desconocido que aún me habita


 A esta altura de la vida, cuando el silencio ya no incomoda y más bien se instala como un huésped que conoce la casa mejor que uno mismo, he empezado a entender que no existe una ruptura real con lo que fuimos. Uno no se despoja de su pasado: apenas aprende a coexistir con ese extraño que lo habita y que, de vez en cuando, asoma la cabeza para recordarle que sigue ahí.

Hoy, mientras el café humeaba con una paciencia antigua y la ventana devolvía un reflejo que no termino de reconocer, pensé en ese hombre que fui alguna vez. No lo miré con ternura ni con dolor, sino con la distancia respetuosa que se le concede a quien sobrevivió a algo que no sabemos nombrar. Ese otro salió adelante como pudo, con la ropa intacta y la mirada cambiada, y yo lo observo ahora como se observa a un desconocido que, sin quererlo, nos abrió el camino.

Hay algo que no nos dicen cuando somos jóvenes: no somos uno solo. Somos una multitud que avanza en fila, empujándose suavemente hacia el olvido. El niño que todavía corre descalzo por algún rincón que no sabe de inviernos. El joven que aún cree que el mundo es una puerta entreabierta. El hombre que cargó responsabilidades como quien lleva agua en un cántaro agrietado —ese sigue respirando en mis decisiones más silenciosas—. Y sin embargo, ninguno de ellos soy yo del todo. O quizás lo soy apenas en fragmentos, como un espejo roto que aún devuelve imagen.

He intentado, como todos, desprenderme de ciertas versiones de mí mismo. No por desprecio, sino por cansancio. Hay recuerdos que pesan como abrigos mojados, y uno quisiera dejarlos colgados en algún lugar del tiempo —olvidarlos allí, como se olvida una bufanda en el respaldo de una silla—. Pero no ocurre. El pasado tiene una forma obstinada de quedarse. No grita. No exige. Simplemente permanece: a veces en un gesto, a veces en una palabra que uno repite sin darse cuenta, a veces en una mirada que no ha aprendido a cambiar.

Hoy, al ver a un niño cruzar la calle de la mano de su padre, sentí algo leve, casi imperceptible —una punzada breve, como si alguien tocara una cuerda antigua dentro de mí—. No fue tristeza. Tampoco alegría. Fue más bien un reconocimiento: ese hombre que fui, el que dudó, el que se equivocó, el que amó a su manera imperfecta, estaba allí, observando conmigo desde el mismo silencio.

Existe una distancia —mínima, sutil— entre recordar y ser arrastrado por lo recordado. Esa distancia es la que he venido aprendiendo a habitar.

En las noches, cuando el edificio guarda silencio y la ciudad parece respirar más despacio, suelo sentarme sin encender la luz. Dejo que la penumbra haga su trabajo. En esa media sombra, las versiones antiguas de mí mismo se vuelven menos nítidas, menos exigentes. Ya no me reclaman. Se limitan a estar. Y yo, por primera vez, también me permito estar sin intentar corregirlos, sin pedirles explicaciones que nunca sabrán dar.

Tal vez eso sea envejecer: no volverse sabio, como algunos aseguran, sino aprender a caminar entre ramas secas y ramas que, contra toda lógica, siguen dando fruto —sin perturbar demasiado lo que aún respira—.

A veces me pregunto si, en algún lugar del tiempo, ese hombre que fui también me imagina. Si sospechó que terminaría aquí, en este apartamento, conversando con sombras que ya no duelen. Quisiera decirle que no todo fue como esperaba. Pero tampoco fue en vano. Que sobrevivimos. Que algo dentro de nosotros aprendió a permanecer.

El café se enfría mientras pienso en esto. Afuera, la tarde se inclina lentamente, como si también ella cargara sus propias memorias.

No siento urgencia de concluir nada.

Hay pensamientos que no necesitan cerrarse. Como ciertas heridas. Como ciertos amores. Como ciertas versiones de uno mismo que, aunque ya no gobiernan, siguen caminando a nuestro lado —un paso detrás, en silencio, mirando lo mismo que nosotros miramos—.

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