Capitulo ..61 La gravedad interior

Capitulo 61

La gravedad interior 

Tres días sin bajar a la calle. El termómetro dice menos doce y yo le creo, pero lo que me mantiene adentro no es el frío sino algo más difícil de nombrar: una suerte de gravedad interior que en ciertos días de invierno me amarra a este piso con una fuerza gentil, casi maternal.

No siempre fue así.

Hubo años en que el movimiento era una forma de respirar. Desplazarme de ciudad en ciudad, de vida en vida, como si creyera que en algún otro lugar me esperaba una versión más completa de mí mismo. Colombia, Montreal, México, de nuevo Montreal. La maleta conoce esa historia mejor que nadie: no solo cargó ropa y documentos, sino también silencios que no cabían en ninguna conversación, miedos todavía sin nombre, la fotografía de mi madre que cruzó tres fronteras sin romperse.

Ahora la maleta duerme en el clóset del corredor. Siento su presencia como se siente la de los objetos que alguna vez fueron vitales. Ellos no olvidan, aunque finjan quietud.

Afuera, la nieve cae con esa obstinada serenidad que tiene aquí: despacio, casi con pudor, como si supiera que va a quedarse mucho tiempo y no quisiera hacer ruido al llegar.

La miro desde la ventana y pienso en otra blancura —imposible, imaginada— que nunca conocí en mi infancia en San Carlos. Allá el frío era de otro tipo: húmedo, vegetal, perfumado de helechos y tierra mojada. No esta blancura insonora, sino una oscuridad verde y densa que de vez en cuando se convertía en niebla y borraba los cerros como si el mundo tuviera, ocasionalmente, necesidad de olvidarse de sí mismo.

La nieve de aquí y la niebla de allá parecen, a veces, distintas formas del mismo olvido.

El muchacho que salió de Colombia despues de los treinta no puede ser —del todo— este hombre que ahora cuenta los días de invierno como quien cuenta las páginas que le quedan en un libro llegando a su fin: no con angustia, sino con la atención cuidadosa de quien no quiere saltarse nada.

Lo que persiste entre uno y otro es más difícil de nombrar que un nombre.

Me levanto, preparo un té. El ritual cotidiano tiene algo de oración laica: el agua que hierve, el vapor que sube, la espera breve antes de que el calor encuentre las manos. No sé desde cuándo me volví un hombre de rituales. Tal vez la vejez no los inventa: los revela. Como la nieve, que no crea el silencio sino que lo descubre.

Vuelvo a la ventana con la taza entre las manos. Todavía me asombra la nieve —que después de todos estos años siga siendo una novedad para la parte de mí que nació entre helechos y ceibas. Me sigue asombrando que el francés haya encontrado, con los años, un lugar cómodo en mi boca. Y a veces me asombra simplemente estar aquí, habiendo sobrevivido lo que creí que no podría, habiendo perdido lo que creí que nunca perdería.

Mi hijo —que ahora vive su propia historia en un lugar que no es este— aprendió a hablar antes de que yo entendiera lo que significaba enseñarle a hablar. Hay padres que son maestros. Yo fui, en el mejor de los casos, un testigo intermitente. Estuve cuando pude. No siempre pude.

Eso también lo cargo.

No como culpa —eso ya lo trabajé, o así me gusta creer—, sino como una textura particular de la memoria. Como cuando pones la mano en una pared vieja y reconoces su irregularidad sin necesidad de mirarla. El tacto sabe lo que los ojos a veces prefieren no ver.

Hay una soledad que no se resuelve con compañía. Tengo amigos —pocos, pero de esos que llaman sin pretexto cuando intuyen algo— y hay gente que me quiere a su manera, desde lejos. Con eso basta para saber que uno pertenece a algún lugar del mundo.

Pero hay otra soledad más al fondo, que no pide ser curada sino habitada. Y para eso está el cuaderno sobre la mesa, la lámpara encendida a deshoras, la letra avanzando sin testigos. No importa si lo que escribo es bueno o mediocre —esas etiquetas se las dejo a otros—; lo que sé es que mientras las palabras se mueven, algo en mí encuentra dónde sentarse.

Un cuarto que no aparece en el plano del apartamento.

La nieve sigue cayendo con su paciencia blanca e infinita.

Pienso —no por primera vez, ni tampoco por la última— en lo extraño que es envejecer en un país que no fue el tuyo al nacer. Hay una soledad específica en eso: no la ausencia de compañía, sino la distancia entre el paisaje que te formó y el que te sostiene. Entre los cerros verdes que persisten en algún pliegue del sueño y esta planicie nevada que me ha enseñado, con los años, una forma distinta de la belleza. Una que no pedí, pero que aprendí a recibir.

Esta botella que lanzo al mar —estas palabras, esta letra que aún tiembla un poco en las mañanas de frío— no busca ningún destinatario en particular. Pero si alguien la encuentra algún día, quisiera que supiera que aquí hubo un hombre que aprendió a habitar el frío sin endurecerse. Que quedarse quieto —después de tanto moverse— fue, quizás, el gesto más inesperado de toda una vida.

Afuera, la nieve cubre con paciencia las huellas de quienes pasaron antes.

Adentro, en la taza que se enfría lentamente entre mis manos, el vapor sigue subiendo un momento más.

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