Capítulo 52 — El guardián invisible

Capítulo 52

 — El guardián invisible


Hay una mañana que no termina de irse. La llevo conmigo como se lleva una piedra pequeña en el bolsillo: no pesa, pero la mano la encuentra cada vez que busca algo.

Era enero. O febrero. El año tenía ese color gris que tienen los años antes de que algo los rompa para siempre. Estaba sentado en una silla de la sala, con la maleta ya hecha junto a la puerta, y no podía levantarme. No era fatiga ni desgana: era otra cosa. Algo que se parecía al peso, pero que venía de adentro, como si el cuerpo supiera antes que la mente que ese gesto —ponerse de pie— iba a dividir la vida en dos.

El calendario, sin embargo, diría después otra cosa. Diría 26 de julio de 1988, Medellín, calor húmedo, visa por catorce días. Pero la memoria insiste en que todo empezó antes, en ese enero o febrero sin fecha precisa, cuando el año se quebró sin hacer ruido. Porque uno no se va el día que se va. Uno se va mucho antes, cuando empieza a entender que ya no cabe en el lugar donde nació.

Ahora sé que aquello tenía nombre. Entonces no lo sabía.

El miedo no llega siempre como lo pintan: con rugido, con filo, con urgencia. A veces llega despacio, se sienta a tu lado en la penumbra y te habla bajito, con una voz que podría ser la tuya propia. Espera un poco más. Todavía no. Qué vas a encontrar allá. Aquí al menos sabes dónde estás. Y uno escucha, porque la voz suena razonable. Porque suena a prudencia. Porque es más fácil quedarse que explicar por qué uno se va.

La maleta estaba ahí, muda, con esa indiferencia que tienen los objetos cuando han tomado partido antes que nosotros. No era sólo equipaje: era una frontera. Si la tomaba por la manija, si daba un solo paso hacia la puerta, algo en mí —algo esencial, algo sin nombre todavía— iba a quedarse atrás para siempre.

Me levanté. No sé bien por qué. Quizás porque la maleta esperaba con una paciencia que yo no tenía. Quizás porque algo más profundo que el miedo —una corriente que no tenía palabras todavía— me empujó sin que yo lo decidiera del todo.

Salí. Cerré la puerta.

Y el miedo salió conmigo.

Eso fue lo que nadie me había dicho: que el miedo no se queda atrás cuando uno cruza el umbral. Viene. Se instala en el asiento de al lado en el bus, en la fila del aeropuerto, en el cuarto prestado de la primera noche en un país que huele distinto. No desaparece porque uno haya tomado la decisión. Sólo cambia de forma: ya no habla bajito, ya no convence. Simplemente está, como el frío, como la distancia.

Pero uno aprende a moverse con él.

Catorce días, decía la visa. Casi cuarenta años, dice ahora mi vida.

Eso es lo que no entendí en aquel momento, y que sólo entiendo ahora, desde esta ventana de la rue De Rigaud donde el invierno vuelve cada año como vuelven ciertas memorias: sin anunciarse, sin pedir permiso. Que el miedo no era el enemigo. Era el guardián. Uno de esos guardianes ambiguos que custodian algo verdadero: el tamaño real de lo que uno está dejando. La magnitud de lo que uno está eligiendo.

Un perro que ladra no siempre anuncia peligro. A veces anuncia que hay algo al otro lado del cerco que vale la pena ver.

Recuerdo las calles de Medellín en esa última mañana. El ruido de la ciudad que ya no era mío. Una mujer vendiendo obleas en la esquina, la misma de siempre, como si el mundo no estuviera terminándose para mí. Un bus que pasó lleno, que siempre pasaba lleno. El olor a fritanga y a gasolina que es el olor de todas las ciudades latinoamericanas y que yo no sabría que extrañaría hasta muchos años después, cuando lo encontré de repente en una calle de México y tuve que detenerme porque algo dentro del pecho se me apretó sin razón aparente.

Uno no sabe lo que lleva hasta que lo pierde.

Aquella mañana no me despedí de la ciudad. Tal vez pensé que volvería pronto. Tal vez el miedo también cumplía esa función: hacerme creer que la distancia sería pequeña, que el tiempo sería corto, que las naves no se quemaban sino que se ponían a descansar un rato en la orilla.

Las naves se quemaron.

Y sin embargo aquí estoy. El fuego resultó ser también una forma de calor.

No diría que aprendí a no tener miedo. Aprendí que el miedo y yo podemos caminar por la misma acera sin que él decida adónde voy. Que hay una diferencia entre escucharlo y obedecerlo. Que el umbral que él custodia casi nunca guarda lo que él dice que guarda.

A veces pienso que sigo sentado en aquella silla, en ese enero o febrero sin fecha exacta, mirando la maleta y tratando de decidir. Que todo lo que vino después —este apartamento, este invierno, este idioma aprendido a fuerza de silencio— es simplemente la consecuencia de haberme puesto de pie una sola vez.

Una sola vez bastó para cambiarlo todo.

Hoy, cuando el invierno endurece el vidrio de la ventana y los gorriones vuelven al balcón con esa puntualidad suya que no se explica, pienso en aquel hombre con la maleta junto a la puerta. Lo pienso sin lástima. Con algo que quizás sea reconocimiento. Él no sabía adónde iba. Pero se levantó.

La ciudad de ese entonces ya no existe tal como la recuerdo. Yo tampoco soy el mismo. Pero entre ese hombre en la silla y este hombre en la ventana hay una línea que no se ha roto: la misma duda, el mismo paso hacia adelante, el mismo miedo que camina al lado sin que nadie le haya pedido permiso.

Hay una mañana que no termina de irse.

Y a veces, en la quietud de este apartamento donde los días se parecen entre sí con esa dulce monotonía que sólo la vejez enseña a amar, la dejo estar. La siento en el bolsillo. No pesa.

Pero me recuerda que estuve ahí.

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