FIN_Capítulo 53— Memoria de un camino sin destino

 Capítulo 53

Memoria de un camino sin destino

Esta mañana encontré, en el bolsillo de un abrigo viejo, una tarjeta de embarque. No recuerdo el vuelo. La tinta ha cedido ante el tiempo hasta volverse casi silencio: apenas una consonante, tal vez una vocal, resistiendo como un náufrago en la orilla del papel. La sostuve frente a la luz de la ventana durante un largo rato, como si aún guardara el eco de algún aeropuerto a medianoche —ese rumor de ruedas sobre el mosaico, ese murmullo de despedidas que nunca terminan de decirse—, y la sensación inquietante de tener el mundo delante sin saber si aquello era miedo… o libertad.

Probablemente era ambas cosas. Siempre lo fue.

He pasado buena parte de mi vida en los umbrales. No en los lugares de llegada, sino en ese territorio incierto entre partir y quedarse: la habitación donde uno desempaca lo justo, el barrio que todavía no reconoce la silueta de uno al pasar, la lengua que se pronuncia con cautela, como quien cruza un río pisando piedras inestables.

Viví así en Medellín, convencido de que me quedaba.
Viví así en Montreal, aprendiendo a leer el invierno como si fuera un idioma sin alfabeto.
Viví así en México, cuando Mauricio nació una tarde de lluvia tenue y por un instante —breve, luminoso— creí haber llegado.

Pero el camino tiene sus propias maneras de desmentirnos.
Ofrece treguas, no destinos.

Y sin embargo, no lo digo con amargura.
Lo digo con una forma de gratitud que solo aparece cuando uno ha dejado de exigirle permanencia a la vida.

Hay quienes necesitan raíces. Los comprendo. He visto la serenidad en quienes repiten los mismos gestos —el café de los martes, la misma esquina, el saludo idéntico del vecino— como si en esa repetición se sostuviera el mundo.

Yo, en cambio, pertenezco a otra estirpe: la de los que han perdido demasiadas veces lo que creían definitivo como para seguir apostando por lo inmóvil.

He terminado por aceptar —no sin resistencia— que mi manera de estar en el mundo es el tránsito.
Ese no llegar del todo que algunos llamarían fracaso, y que yo, ahora, desde esta quietud tardía, reconozco como una forma discreta de plenitud.

Ser el eterno forastero.
El eterno aprendiz.
El eterno postulante.

Hay una humildad secreta en esa condición. La de saber que siempre falta algo: una palabra, un gesto, un tramo por recorrer. Y esa incompletud —que antes me inquietaba— hoy me parece lo más honesto que puedo decir de mi vida.

Nunca terminé de llegar porque nunca dejé de buscar.
Porque el siguiente trecho siempre prometía algo que el anterior no alcanzó a decir.
Porque el corazón —terco, indisciplinado— se niega a declararse satisfecho mientras perciba, aunque sea a lo lejos, la posibilidad de otro horizonte.

La tarde cae sobre De Rigaud con una lentitud que parece pensada. El autobús pasa —puntual, casi ceremonial— y alguien sube, alguien baja. La ciudad respira sin preguntarme nada.

Yo sigo aquí, con esta tarjeta de embarque entre los dedos, pensando que toda mi vida ha sido un poco eso: un billete hacia un destino cuya escritura se fue borrando a medida que avanzaba… y que, sin embargo, me trajo hasta este instante.

Hasta esta silla.
Esta luz.
Este silencio que no es vacío, sino acumulación.

He sido extranjero en todas partes —incluso en mí mismo, algunas veces— y en esa intemperie aprendí algo que no estaba en ningún mapa: que la felicidad no siempre tiene la forma de un hogar.

A veces se parece más a un estado de viaje.

Una mezcla extraña de incertidumbre y esperanza que sostiene al caminante mientras cruza, mientras duda, mientras sigue.
Una manera de habitar sin poseer.
De amar sin encadenar.

Quizás por eso la vida no es un monumento, como creí de joven, sino algo más leve: el trazo efímero de un ala en el aire.

En esa levedad —en ese no pertenecer del todo— hay una forma de libertad que no supe nombrar a tiempo. El mundo conserva, para quien no se aferra, un aroma a lo recién nacido. Como pan tibio. Como lluvia temprana.

Y uno aprende, casi sin darse cuenta, que la quietud absoluta también puede ser una forma de asfixia.
Que la felicidad no es un lugar al que se llega, sino la vibración de algo que sigue en movimiento.

Guardo la tarjeta otra vez en el bolsillo del abrigo.
El papel ya no huele a nada.

Pero yo sé —aunque no pueda probarlo— que alguna vez tuvo un destino escrito.

Camino hacia la cocina. El piso cruje bajo mis pasos como si recordara conmigo. Pongo el agua a calentar. Afuera, alguien pasa cantando en voz baja una melodía que no reconozco, pero que suena lejana… como si viniera de otro tiempo.

Siempre hay alguien que viene de lejos.

Y a veces —solo a veces— sospecho que ese alguien aún no ha terminado de llegar.


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