Capitulo 62 — El diálogo incesante de la arena y el mar

 Capitulo 62

— El diálogo incesante de la arena y el mar

El destino no está escrito en piedra.
Respira, más bien, en la arena tibia, donde cada trazo aguarda —con paciencia — la llegada de una ola que lo borre, lo desfigure o, con un gesto inesperado, lo transforme en otra cosa.

A veces siento que mi vida entera ha sido eso: una escritura precaria, obstinada, sobre una playa que nunca terminó de reconocerme como suya. He dejado ciudades como quien abandona habitaciones todavía tibias; he soltado nombres que antes me sostenían y que hoy apenas sobreviven como un eco distante; he habitado casas que fueron refugio y luego se volvieron silencio. Todo queda así, insinuado apenas, como si la memoria misma supiera que no conviene aferrarse demasiado, porque siempre hay una ola al acecho, dispuesta a deshacer lo que creímos permanente.

Y, sin embargo, sigo escribiendo.

Hay en ese gesto una terquedad que no me pertenece del todo, como si viniera de más lejos, de otras voces, de otras vidas. Sigo inclinándome sobre la arena de mis días, dibujando líneas que sé efímeras, como quien deja señales para nadie o para sí mismo en un futuro incierto. Porque aunque el mar no negocia y su lenguaje es el del despojo, también guarda una promesa secreta: en su vaivén, nada se pierde del todo, solo cambia de forma, de lugar, de sentido.

Quizá por eso no temo tanto a lo que se borra.

En la fragilidad he descubierto una libertad que antes me estaba vedada. Nada está sellado, nada es definitivo, nada me condena a repetir lo que fui. Cada borrón abre una posibilidad, cada ausencia despeja un espacio donde algo nuevo —a veces tímido, a veces feroz— puede nacer sin pedir permiso.

El exilio me enseñó esa lección con la severidad de lo inevitable. Me arrancó de certezas que creía firmes y, al hacerlo, me reveló otra verdad más honda: uno no es la piedra que resiste hasta agrietarse, sino la arena que, aun dispersa, encuentra la manera de rehacerse. Y comprendí, no sin dolor, que la ola no siempre llega para destruir. A veces limpia lo que estorbaba, a veces abre caminos invisibles, a veces devuelve, con una delicadeza inesperada, aquello que creíamos perdido para siempre.

Tal vez el destino no sea un camino trazado de antemano, sino una conversación interminable entre la orilla y el agua.

Y uno, en medio de ese diálogo antiguo, aprende —con miedo, sí, pero también con una forma callada de coraje— a aceptar el borrón, la reescritura, la incertidumbre. Aprende a no aferrarse demasiado al dibujo que fue, ni a temerle al que vendrá.

Porque ya se escucha, en la distancia, el rumor de la próxima ola.

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