Capitulo 47 — El poeta en el umbral

 

Capitulo 47

— El poeta en el umbral

A esta edad —cuando los días ya no se apresuran y el silencio ha aprendido a sentarse conmigo sin incomodidad— he llegado a sospechar que el ser poeta no es un oficio, sino una forma de estar en el mundo. Una manera de habitarlo sin pertenecerle del todo.

Lo descubro en gestos pequeños.

Esta mañana, por ejemplo, mientras el vapor del café dibujaba figuras inciertas frente a la ventana, tuve la impresión de que alguien —quizás el hombre que fui— se detenía a observarme desde el otro lado del tiempo. No dijo nada. Nunca lo hace. Pero en su mirada había una pregunta que aún no sé responder del todo: ¿en qué momento comenzamos a mirar la vida desde afuera, como si ya no fuera completamente nuestra?

Tal vez allí comienza todo.

El poeta —si es que puedo llamarlo así— nace cuando uno deja de atravesar los días como quien cumple un trámite, y empieza, en cambio, a rozarlos con una atención casi reverente. Como si cada instante pudiera romperse si se le aprieta demasiado.

He vivido lo suficiente para saber que no hay épica en esto.
Nadie aplaude a quien se detiene.

Pero hay una verdad silenciosa en esa pausa.

Recuerdo, sin esfuerzo, ciertos momentos que en su hora parecieron insignificantes: una tarde cualquiera viendo dormir a mi hijo, el sonido de sus pasos pequeños en un pasillo que ya no existe, la manera en que la luz se posaba sobre su rostro como si quisiera memorizarlo antes que yo. No sabía entonces que aquello —tan simple, tan cotidiano— era una forma de eternidad.

Ahora lo sé.

Y lo sé tarde, como casi todo lo importante en la vida.

A veces pienso que he pasado buena parte de mis años aprendiendo a nombrar lo que ya había perdido. Y sin embargo, no hay amargura en esa constatación. Hay, más bien, una ternura serena, como la que se siente al encontrar una fotografía olvidada en un cajón: no devuelve lo vivido, pero lo ilumina con una claridad que antes no teníamos.

Quizás por eso el poeta no embellece el mundo.

Lo desnuda.

Le quita las capas de prisa, de ruido, de certezas inútiles… hasta que queda lo esencial: ese temblor leve que habita en todo lo que existe. Lo he sentido en el crujido de la madera bajo mis pasos, en el murmullo distante de la ciudad al anochecer, en el silencio que queda después de recordar un nombre.

También en la cercanía de la muerte.

No como amenaza, sino como una presencia que afina la mirada. Desde que la siento más próxima —como quien escucha un tren lejano que tarde o temprano llegará—, todo parece adquirir un peso distinto. No más grave, sino más verdadero.

Uno empieza a amar sin aplazamientos.

Agradece lo que antes pasaba inadvertido.
Perdona —a veces en silencio— lo que ya no tiene sentido sostener.
Y se permite, por fin, mirar sus propias heridas sin la urgencia de curarlas.

He comprendido que no se trata de vencer el dolor, sino de acompañarlo con dignidad. Como se acompaña a un viejo amigo que no se irá nunca, pero que ya no necesita explicaciones.

En ese acompañar, curiosamente, nace algo parecido a la paz.

No la paz grandilocuente que prometen los discursos, sino una más humilde: la que cabe en una tarde sin sobresaltos, en una taza de café compartida con la memoria, en la certeza —leve pero suficiente— de que, a pesar de todo, uno ha amado.

Y tal vez eso sea lo único que permanece.

No las palabras, aunque uno insista en escribirlas.
No los días, que pasan con una disciplina implacable.
Sino ese hilo invisible que une lo vivido con lo sentido, lo perdido con lo comprendido.

Escribo estas líneas sin la intención de enseñar nada.

Más bien como quien deja una botella en el mar —sin saber si alguien la encontrará, ni cuándo—. Dentro de ella no hay respuestas, apenas fragmentos: un hombre que mira hacia atrás sin rencor, que acepta sus errores como parte de su forma de amar, que reconoce en su propia fragilidad una especie de verdad.

Si hay en mí algo de poeta, no está en lo que digo.

Está en esta obstinación de permanecer atento.

En no dejar que la vida —por humilde que sea— pase sin ser mirada con cierta delicadeza. En comprender, aunque sea tarde, que lo sagrado no estaba en los grandes momentos, sino en aquellos que no supimos retener.

Y ahora, mientras la tarde comienza a cerrarse como un libro que nadie se apura en terminar, me quedo aquí, escuchando el leve rumor del tiempo.

Como si aún quedara algo por decir.
O quizá —más sencillamente— algo por seguir sintiendo.

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