Capitulo 41— La danza de la soledad y el tiempo

Capítulo 41

— La danza de la soledad y el tiempo

«Amamos apasionadamente lo que estamos condenados a perder. Eso, y no otra cosa, es ser humano.»

Hay tardes en que el cuerpo sabe cosas que la mente tarda en procesar.

Camino por la calle y de pronto algo —el olor del asfalto mojado después de una lluvia breve, el sonido de una puerta que alguien cierra en algún piso alto— me devuelve a un lugar que no existe ya en ningún mapa. No a Montreal. A otra parte. A ese territorio sin coordenadas que es la infancia cuando se la mira desde lejos.

Entonces aparece el muchacho.

Corre descalzo por la tierra roja de Antioquia, con los pies acostumbrados a leer el suelo como si fuera un idioma. No sabe que está siendo feliz. La felicidad, a esa edad, no necesita ser nombrada para existir. Existe sola, en el calor del mediodía, en el sabor metálico del agua del río, en esa sensación de que el cuerpo y el mundo son la misma cosa y ninguno de los dos tiene prisa.

Ese muchacho y yo somos el mismo hombre.

Y sin embargo nos separa un océano de tiempo que ninguno de los dos podría cruzar a nado.

He llegado a entender, en la quietud de estas tardes, que la vida es una sustancia de dos caras. Si la miro de cerca —en el pequeño reino de mis horas, en el incesante arrumaco de Sombra contra mis pies, en los caprichos del azar que insiste en chasquearme como bromas de un viejo pariente— parece una comedia de detalles ínfimos. Como si el mundo tuviera una inteligencia piadosa, despliega ante nosotros un velo de pequeñas comedias —el gato que reclama atención, el azar que bromea, el brote inesperado en la grieta del asfalto— para que la ruta sea soportable. Pequeñas risas distribuidas con generosidad a lo largo del camino, para que no advirtamos demasiado pronto lo que hay al fondo del mapa.

Porque cuando guardo silencio y permito que la mirada se eleve sobre el conjunto —desde aquel muchacho de tierra roja hasta este hombre que escribe en otro idioma del tiempo— la superficie cómica se rinde. Aparece entonces otra cosa: el rastro de los anhelos que los años fueron devorando sin escándalo, las esperanzas que la suerte pisoteó sin prisa, los esfuerzos que se disolvieron en la nada con la misma naturalidad con que la nieve de abril desaparece sin dejar ni siquiera el recuerdo del frío.

No es amargura lo que siento al reconocerlo.

Es algo más parecido a la comprensión. Una melancolía que ya no duele, que se ha vuelto parte del paisaje interior como se vuelven parte del paisaje las cicatrices antiguas: uno ya no las nota, salvo cuando alguien las toca sin querer.

La soledad y el tiempo llevan años bailando conmigo.

Al principio resistí. Creía que la soledad era una herida, que el tiempo era un enemigo, que ambos venían a quitarme algo. Con los años aprendí que no: bailan conmigo porque soy su pareja natural. Porque todo hombre que piensa, que recuerda, que escribe en la madrugada sin saber exactamente a quién le habla, es también un hombre que danza con su propia ausencia.

No lo elegí. Simplemente lo fui aceptando, como se acepta el acento de una lengua que al principio sonaba extranjera y un día, sin aviso, descubrimos que es la nuestra.

Recuerdo una noche en Torreón.

Mauricio dormía y el desierto afuera era un silencio tan vasto que uno podía oírse pensar. Sostuve su respiración con los oídos durante un rato largo, sin moverme, como si cualquier gesto pudiera romper algo. En ese momento no pensaba en el futuro ni en el pasado. Solo existía ese sonido: el aire entrando y saliendo de un cuerpo pequeño que dependía del mío para estar en el mundo. No sé si eso era la felicidad. Sé que era algo que la felicidad no alcanza a explicar del todo.

Somos, al final, actores de una farsa luminosa.

Creemos representar algo ligero —los pequeños enredos del día, las urgencias que a esta edad siguen presentándose solemnes como si fueran la primera vez— mientras en realidad protagonizamos, sin saberlo, la obra más ambiciosa que existe: la de ser hombres que aman apasionadamente lo que están condenados a perder. La de construir con las manos, sabiendo que las manos también se irán. La de recordar, sabiendo que la memoria es el archivo más frágil que existe y que, tarde o temprano, alguien apagará la luz.

Esa piedad del mundo —esa gracia discreta que nos ofrece la comedia del detalle— nos mantiene de pie.

La tragedia nos recuerda por qué vale la pena estarlo.

Y en esa tensión —entre la risa del detalle y el peso del conjunto, entre el muchacho descalzo de Antioquia y el hombre que escribe esta noche— vive lo único que puedo llamar, con honestidad, mi vida entera. No el resultado. No el balance. Sino el movimiento mismo: esa danza lenta, a veces torpe, siempre necesaria, entre lo que fui y lo que el tiempo hace con nosotros cuando nadie está mirando.

La música no se detiene.

Uno simplemente aprende a moverse con menos resistencia.

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