64 - La patria del olvido

La patria del olvido

Hay nostalgias que no piden regreso, sino resguardo.

He aprendido —no de golpe, sino a través de esas pequeñas grietas que deja el tiempo— que hay lugares que sólo existen intactos en la memoria. Volver a ellos no es un viaje: es una confrontación. Como abrir una casa cerrada durante años y descubrir que el polvo no sólo cubrió los muebles, sino también las voces, las risas, los gestos que uno creía a salvo.

Donde fui feliz… no sé si fue un lugar o una forma de estar en el mundo. Y esa forma —lo sospecho ahora— ya no existe. No porque el país haya cambiado solamente, ni porque las noticias lleguen con ese tono agrio que desgasta el ánimo, sino porque yo mismo ya no soy el que caminaba esas calles con la ligereza de entonces.

Colombia, en mi recuerdo, todavía huele a tierra mojada después de la lluvia, a café recién hecho en la madrugada, a voces que decían mi nombre sin distancia. Pero ese país —el mío— no coincide del todo con el que hoy se nombra en los periódicos, ni con el que habitan los que se han ido quedando allá, transformándose sin que yo lo vea. La familia, se va volviendo horizonte: cada vez más lejana, más difusa, como si el tiempo hubiera soplado sobre sus rostros hasta volverlos casi transparentes.

Y sin embargo siento que… no hay traición en no volver.

A veces no regresar es una forma de fidelidad. Una manera silenciosa de proteger lo que fue, de no exponerlo a la intemperie de lo que ya no es. Porque uno no vuelve a los lugares: vuelve —si acaso— a las ruinas de lo que recuerda. Y hay recuerdos que merecen quedarse sin escombros, suspendidos, intactos en su fragilidad.

No creo que la solución esté en regresar. Ni siquiera creo que haya una solución en el sentido que antes entendíamos. Hay, más bien, una forma de aprender a habitar lo que queda: este presente donde el pasado respira sin imponerse, donde la ausencia no es vacío sino otra forma de presencia.

Quizás la vida —vista desde esta orilla— no consiste en recuperar lo perdido, sino en aprender a sostenerlo sin tocarlo demasiado, como quien guarda entre las manos una luz pequeña que podría apagarse con el menor descuido.

Y así uno sigue…
no avanzando del todo, no regresando nunca,
sino quedándose en ese punto intermedio
donde la memoria ya no duele como herida,
sino como una música lejana
que aún sabe el camino de regreso,
aunque uno ya no la siga.

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